Opinión

La primavera, la sangre altera... y algo más también

“La primavera la sangre altera”, dice la sabiduría popular. La sangre y otros aspectos mucho más importantes y aunque no bien conocidos como son el ánimo, la afectividad y las emociones. La primavera es la época del año en donde una de las enfermedades más crueles, dolorosa e incomprendida que existe brota en todo su esplendor año tras año, y sin que sepamos todavía muy bien por qué: la depresión.

“La primavera la sangre altera”, dice la sabiduría popular. La sangre y otros aspectos mucho más importantes y aunque no bien conocidos como son el ánimo, la afectividad y las emociones. La primavera es la época del año en donde una de las enfermedades más crueles, dolorosa e incomprendida que existe brota en todo su esplendor año tras año, y sin que sepamos todavía muy bien por qué: la depresión.

Estar deprimido no es sólo estar triste, no es sólo tener problemas, no es sólo sufrir una apatía más o menos intensa, trastornos del sueño, del apetito, de la sexualidad, etc. La depresión es una enfermedad del cerebro que anula y deja en “fuera de juego” a la persona que la padece. La depresión es un enorme drama que la vida nos depara y que cualquier persona puede llegar a sufrir. La depresión es una alteración neuroquímica y hormonal. Su tratamiento es siempre farmacológico con antidepresivos, y por mucha y mala fama o prensa que estos medicamentos tengan, son absolutamente imprescindibles en el abordaje serio y científico de la enfermedad, que está en segundo lugar como causa de absentismo laboral y en tercero como causa de gasto sanitario.

Pero la primavera parece que está produciendo también un incremento en la llamada “violencia de género”, habiéndose superado con creces la cifra de años anteriores por estas fechas. Hace unos días saltaba la noticia que un matrimonio en Zaragoza y su bebé de 4 meses morían por este tipo de irracional y absurda violencia, en donde uno, el más fuerte, decide eliminar a su mujer, y en este caso posiblemente por aplastamiento también al bebe, que sólo llevaba unos pocos meses de estancia en este esperpéntico mundo.

La depresión es un trastorno, la violencia doméstica un delito, pero a veces hay una línea sutil que une ambas situaciones. Muchas de las muertes que estamos presenciando las producen sujetos desesperados, auténticos enfermos. En unos casos serán depresivos con ideas delirantes de ruina; en otros casos son paranoicos con ideas delirantes de celos; también podemos ver drogodependientes, bien bajo los efectos de la sustancia o en síndrome de abstinencia de la misma; a veces nos encontraremos con psicópatas fríos y calculadores sin escrúpulos o remordimientos; también podemos ver sujetos normales, que bajo la influencia de una droga poderosa, de fácil adquisición y de estimulado consumo, el alcohol, pasan de no “matar a una mosca” a ser unos cavernícolas truculentos capaces de cometer una tropelía mayúscula.

Y eso sí, como solución a estos dramas cada uno con su canción. Unos que si a endurecer las leyes; otros a que si a cumplir íntegramente las condenas, también los hay que preconizan aumentar el numero de mujeres que denuncian; algunos empeñados en bajar la edad penal; en fin, soluciones las hay para todos los gustos y colores. Pero a pocos les he oído hablar de modificar el sistema educativo, de hacer una prevención precoz de la enfermedad mental, de poner trabas mayores al consumo de drogas, de facilitar la integración en nuestra cultura a los inmigrantes, de obligar a tratamientos obligatorios ambulatorios a algunos tipos de enfermos; o de aumentar el número de psiquiátricos penitenciarios (en este momento dos para toda España).

Castigo, mano dura, peso de la ley, misión ejemplarizante, medidas punitivas, “el que la hace la paga”, ¡queremos justicia! (o sea venganza), cadena perpetua… Pero qué pocas veces he oído esa singular frase y excelente consejo que nos daba Pitágoras hace años: “Educad a los niños y no habrá que castigar a los hombres”. Quizá convenga tenerlo presente si queremos ir a la raíz del problema y no quedarnos en la superficie cómoda de un simple y facilón comentario de café.