Opinión

¡Pobres muchachos indefensos!

- ¿Te has enterado lo que dice la prensa hoy?, le comenta Andrés a su compañero de oficina. No, dime, ¿qué ha pasado?, le responde Pedro con avidez y curiosidad. ¡Pues una barbaridad! Resulta que según el Defensor del Pueblo hay colegios “especiales” en donde se maltrata a los muchachos que están allí, les encierran en cuarto sin ventilación, les pegan, les quitan la comida, les drogan, en fin, una vergüenza.

- ¿Te has enterado lo que dice la prensa hoy?, le comenta Andrés a su compañero de oficina. No, dime, ¿qué ha pasado?, le responde Pedro con avidez y curiosidad. ¡Pues una barbaridad! Resulta que según el Defensor del Pueblo hay colegios “especiales” en donde se maltrata a los muchachos que están allí, les encierran en cuarto sin ventilación, les pegan, les quitan la comida, les drogan, en fin, una vergüenza.

Curiosamente esta indignación, más mediática que popular, que ha saltado a los medios en estos días, es la misma que la que acontece cuando, por ejemplo, unos “menores” de edad matan cruelmente a una muchacha indefensa y deficiente mental, o, cuando otros “menores” agreden por simple placer a una indigente y la queman viva, o, cuando otros “menores”, pegan a un profesor y además lo graban y cuelgan la grabación en Internet para que su hazaña sea “ejemplo a seguir” y además ponerse una medalla a la brutalidad. Una vez mas la hipocresía y la ambigüedad son las reglas del juego, una vez más somos una sociedad paradójica e incoherente.

No estoy defendiendo el mal trato ni la violencia gratuita. Me indigna, ofende y repugna, como no puede ser de otra manera, la agresividad contra los más débiles. Tampoco cuestiono al Defensor del Pueblo, faltaría más. Pero si estoy en contra del sensacionalismo mediático imprudente y sobre todo de poner contra las cuerdas a unos profesionales y hacer un juicio sumarísimo sin entrar a fondo en el problema. Permítanme algunas matizaciones al respecto.

En primer lugar es preciso recordar que la violencia no es un fenómeno nuevo, sino que ha acompañado al ser humano desde sus más remotos orígenes. Es más, se puede afirmar científicamente que es una conducta consustancial con nuestra raza. Ahora bien, lo que sí es nuevo y ha cambiado radicalmente el panorama social, es que actualmente nos enteramos de todo lo que pasa ocurra donde ocurra, y, además, lo hacemos con enorme celeridad.

Hoy la violencia se nos sirve como postre en nuestras comidas y cenas sin salir de casa. Todo ello nos induce a pensar que hoy se asesina a mas gente, se infringen más malos tratos, sé agreden sexualmente a más mujeres y se explotan a mas niños con trabajos vejatorios y crueles. A veces da la impresión que toda la barbarie, crueldad y salvajismo que el ser humano es capaz de desarrollar se hubiera concentrado en estas últimas décadas, asistiendo impávidos desde el sofá de nuestro cuarto de estar a un sinfín de escenas truculentas, noticias desgarradoras y situaciones patéticas que, día a día, y con cierto morbo nos traen los llamados medios de comunicación de masas.
 
Pero no nos desviemos del objetivo del objetivo inicial de esta reflexión. Hoy, los ciudadanos por un lado pedimos severidad, autoridad y sobre todo “justicia” cuando somos testigos lejanos de una salvajada que nos llega a través del “realty” de turno o del informativo de guardia. Por otro lado nos rasgamos rápidamente las vestiduras cuando, al parecer, en centros de educación especial, autorizados y controlados por las comunidades autónomas y por el propio estado, donde se interna por orden administrativa cuando no judicial a adolescentes muy problemáticos, algunos de ellos auténticos psicópatas. Pues bien, ahora resulta que se enciende una mecha y se crea un incendio por que según los informes que han saltado a los medios, se les aplican castigos “presuntamente” delictivos para intentar gobernar lo ingobernable y corregir lo que ni las familias ni la sociedad ha podido hacer.

No defiendo la brutalidad ni muchos menos la barbarie. No soy partidario de la violencia en ninguna de sus formas. Defiendo a ultranza el aforismo atribuido a Pitágoras que dice: “Educad a los niños y no habrá que castigar a los hombres”. Creo en el respeto y la tolerancia como piezas básicas de la convivencia y de la sociedad. Pero me parece cuando menos frívolo el satanizar y culpabilizar solo por meras sospechas a unos profesionales de la docencia y de la salud, antes de que se pronuncien aquellos que, en un estado democrático y derecho, son los únicos encargados de velar por los derechos y libertades de todos los ciudadanos: Los Tribunales de Justicia.