Opinión

Pedro, Perico, Periquín

Eran las dos de la madrugada y, aunque no acostumbro a trasnochar tanto, era sábado y me había entretenido con mi ordenador preparando algunas tareas pendientes. De repente, oí a través de la televisión que me hacía compañía y a la que hasta entonces no había prestado casi atención, una voz que me resultaba familiar por su tono aragonés, por su apabullante espontaneidad y, también, por su tartamudeo inconfundible: se trataba de Perico Fernández.

Eran las dos de la madrugada y, aunque no acostumbro a trasnochar tanto, era sábado y me había entretenido con mi ordenador preparando algunas tareas pendientes. De repente, oí a través de la televisión que me hacía compañía y a la que hasta entonces no había prestado casi atención, una voz que me resultaba familiar por su tono aragonés, por su apabullante espontaneidad y, también, por su tartamudeo inconfundible: se trataba de Perico Fernández.

Conforme iban pasando los minutos de programa se fueron sucediendo en mí emociones contradictorias. Al principio me embargó una cierta alegría, luego enorme ternura, posteriormente una desagradable sorpresa que dio paso a una cierta tristeza, para acabar con una intensa pena que pronto se transformó en una gran indignación.

Perico Fernández, el que había sido ídolo del boxeo y campeón del mundo, aparecía ante la audiencia del conocido programa televisivo, como un “memo” y un “descerebrado”. El campeón del mundo se nos presentaba como un demente, como un sujeto vulgar, zafio y tosco. Con unas lagunas de memoria importantes y una labilidad emocional llamativa. El que había sido rey del boxeo reconocía  públicamente que estaba “sonao”, que se le olvidaban las cosas y que su vida era un desastre.

Poco después apareció su hija, una de sus hijas, quien a través de un video le lanzó una soflama cariñosa, adjetivos estimulantes y le animó a seguir luchando. Bonito mensaje, aunque a tenor de lo que estábamos viendo y oyendo, un tanto inconsecuente y contradictorio.

Perico Fernández era la viva imagen del ídolo caído, del árbol del que todos hacen leña, del muñeco roto al que se le ha exprimido y sacado todo el jugo y que ahora, como ya no sirve para nada, se le abandona a su suerte. Era toda una lección de lo que no se debe hacer, ni ser.

Sus contertulios (los que se autodenominan comentaristas y colaboradores) entre bromas y comentarios que intentaban ser laudatorios y que Perico no comprendía, pretendieron darle a la entrevista un toque compasivo, recabando de “las autoridades” una ayuda humanitaria para el que había sido un gran deportista y que ahora, repetían insistentemente, dormía en un puti-club zaragozano, cuando las rameras no ejercían su oficio.

Patético espectáculo a costa de un pobre hombre que a mí me inspira una gran ternura y una intensa lástima. Cruel show circense donde los genios televisivos llevan al “mono” para reírse de él, eso sí, so pretexto de ayudarle a conseguir un homenaje que lleva tiempo preparándose y que no acaba de llegar.

Cualquier médico que haya visto esa entrevista convendrá conmigo en que estábamos ante un enfermo con una posible demencia postraumática, también llamada “Punch syndrome”. Lo que necesita Perico Fernández no es un homenaje y un dinerillo para ir tirando. Perico Fernández no necesita caridad sino justicia. Lo que precisa, y con cierta urgencia, el que otrora fuera campeón mundial de boxeo es un tratamiento médico y psiquiátrico que le permita envejecer dignamente.