Opinión

¡Papá, ven en tren!

Ése era un eslogan que seguro los más viejos recordarán y que se difundió hace unos años en nuestro país para publicitar los viajes en ferrocarril, cuando no disponíamos de AVE, ni de ALVIA, ni de AVANT, ni tampoco de EUROMED, sino solo del clásico, y hoy ya obsoleto, TALGO.

Ése era un eslogan que seguro los más viejos recordarán y que se difundió hace unos años en nuestro país para publicitar los viajes en ferrocarril, cuando no disponíamos de AVE, ni de ALVIA, ni de AVANT, ni tampoco de EUROMED, sino solo del clásico, y hoy ya obsoleto, TALGO.

El tren siempre ha sido un excelente y seguro medio de transporte, y mucho más desde el año 1992 cuando se inaugura la primera línea de AVE Madrid-Sevilla que tanto bienestar y satisfacción nos ha dado. Pero nuestra percepción sobre el ferrocarril ha dado un vuelco y nos hemos quedado conmocionados con el accidente ferroviario ocurrido en la “terruña gallega”. Todos los informativos se han hecho eco de la tragedia y nos han puesto, una vez más, delante una cruel realidad: la muerte está siempre a la vuelta de la esquina y donde menos se la espera.

Mi breve reflexión desde esta tribuna de opinión es, además de para solidarizarme con las víctimas de la tragedia, para recordar algo que con frecuencia olvidamos: "Vita brevis est". Esto es, la vida es breve, a veces fugaz, incluso despiadadamente efímera y en cualquier momento el impredecible destino puede poner el punto y final a nuestra existencia.

Ello, que debería ser excelente y suficiente argumento para vivir intensa y plácidamente el tiempo que el azar nos haya asignado, se nos olvida con excesiva frecuencia. Por eso nos peleamos sin sentido, nos preocupamos absurda e innecesariamente, corremos sin norte, invertimos mal ese preciado tesoro que es el tiempo, dejamos a un lado lo verdaderamente importante para ocuparnos de lo intrascendente, despreciamos las pequeñas cosas que son las que nos dan mayor bienestar y nos anticipamos inútilmente al futuro o vivimos cargados con lastre del pasado.

Por eso, porque no nos damos cuenta de lo breve que es nuestra existencia, somos con frecuencia presuntuosos, frívolos, torpemente egoístas, insulsos, insolidarios, soberbios, violentos, impacientes, creyendo que tenemos la verdad con mayúsculas, que nuestro criterio es siempre el más riguroso y que nuestra realidad es la única que importa.

En fin, por eso, estos golpes con los que el destino a veces nos castiga, nos deban servir para recordar, como dice Benjamin Franklin, que “las tres cosas más difíciles de esta vida son: guardar un secreto, perdonar un agravio y aprovechar el tiempo”. Saquemos pues partido a ese preciado tesoro que es el tiempo. Disfrutemos del momento, sin agobios, sin premuras, sin excesos; no en balde, como dice el insigne Gregorio Marañón: “La rapidez, que es una virtud, engendra un vicio que es la prisa”; pero sin olvidar tampoco que la vida está hecha de tiempo y que está en nuestra mano saber exprimirla al máximo.