Opinión

Nobleza baturra

España es un país ciertamente complejo, para algunos diferente (recordemos que fue un eslogan de una etapa de nuestra historia). Es un país peculiar lleno de filias y fobias intensas. Pero lo que nadie puede dudar es que es un país integrado, plenamente integrado en la Comunidad Europea, tanto para lo bueno como para lo malo. Y Aragón, Comunidad Autónoma desde la entrada en vigor de la Constitución, es un territorio que, con sus matices y peculiaridades diferenciales, está orgulloso de pertenecer a España y perfectamente adaptado al papel que le ha tocado jugar en el actual marco autonómico y constitucional.

España es un país ciertamente complejo, para algunos diferente (recordemos que fue un eslogan de una etapa de nuestra historia). Es un país peculiar lleno de filias y fobias intensas. Pero lo que nadie puede dudar es que es un país integrado, plenamente integrado en la Comunidad Europea, tanto para lo bueno como para lo malo. Y Aragón, Comunidad Autónoma desde la entrada en vigor de la Constitución, es un territorio que, con sus matices y peculiaridades diferenciales, está orgulloso de pertenecer a España y perfectamente adaptado al papel que le ha tocado jugar en el actual marco autonómico y constitucional.

Dicho esto, vengo observando con preocupación e impotencia cómo la sociedad española actual presenta una irritación generalizada, un cabreo permanente, una desilusión intensa, una desesperanza rayando lo enfermizo, y una baja autoestima colectiva. Y de esta manera una colectividad no puede funcionar o, mejor dicho, no puede funcionar razonablemente bien, y mucho menos salir de esta tediosa y triste etapa que nos atenaza desde hace unos años y que conocemos como “la crisis”.

No soy político, es obvio, si no nunca hubiera podido hacer afirmaciones tan radicales. Tampoco soy un gestor económico ya que justo me llega para regir mal que bien mi pequeña economía domestica. Por lo tanto, mi reflexión y mis palabras se fundamentan en mis estudios y observaciones de la conducta humana, campo de trabajo al que le vengo dedicando casi una treintena de años. Y precisamente desde esta perspectiva es desde la que observo cómo una gran parte de los ciudadanos de nuestro país, y también de nuestra Comunidad, van a la deriva, con rumbo incierto y a merced de las olas y de los vientos, como dirían los marinos. Percibo mucha tensión acumulada, un gran desánimo y una actitud a caballo entre la resignación y la indignación.

Los cambios económicos son incuestionables y han producido en todos nosotros una transformación en nuestro modelo de vida, que se han traducido a su vez en cambios de hábitos de consumo y de ciertos patrones de vida. Pero desde mi óptica privilegiada de información y observación, como es la consulta de psiquiátrica, lo que creo que más se ha modificado es la alegría vital y el buen humor que siempre han caracterizado a nuestro país.

De esta forma, cada vez es más frecuente ver que discusiones banales que se inician por pequeños contratiempos acaban tristemente en dramas absurdos; que cada día aparecen en los medios de comunicación más reacciones violentas y agresivas, tan inexplicables como injustificables; cómo los malos modos y la ausencia de las normas de cortesía imperan por doquier, y se han adueñado de la sociedad que lo observa con resignación; en suma, que la intolerancia ante la adversidad y la frustración, propia de una sociedad inmadura, cada vez se hace más patente entre todos nosotros.

Parece que no aguantamos ya casi nada, ni a casi nadie. Nos estamos convirtiendo en unos seres intransigentes, absurdamente egocéntricos y mal encarados. La desidia se está adueñando de muchos comportamientos y con la excusa de que “todo es un desastre” y de que “los que tienen que dar fe, son los que ciegan”, vamos lanzando un discurso triste, insolidario, lastimoso y enfermizo que se propaga como la pólvora.

Que los políticos fallen y que con frecuencia no den la talla, no puede ser una coartada para justificar nuestra indolencia y pasotismo. Que la corrupción esté tan ampliamente extendida que afecte a las más altas instituciones del Estado no justifica nuestra apatía vital y dejadez. Que existan problemas y sufrimiento en un amplio sector de la ciudadanía no nos puede servir como excusa para saltarnos las leyes y actuar por impulso aplicando  la antigua Ley del Talión. En fin, que es muy fácil echar balones fuera y que la culpa de nuestra desgracia la tengan siempre los demás, las circunstancias, el entorno, la crisis, o, cómo no, el gobierno de turno.

Cada uno es el dueño de su destino y si las cosas no van bien quizá nos debemos preguntar en qué medida hemos contribuido a ello. Es muy cómodo desplazar siempre la responsabilidad hacia lo que nos rodea, eso puede ser relajante momentáneamente, incluso comprensible humanamente, pero les aseguro que es inoperante y solo sirve para calmar durante breve tiempo la ansiedad y la angustia, que reaparecerán por sus fueros más pronto que tarde.

Los aragoneses siempre hemos sido considerados un pueblo noble, leal y comunicativo. Algo brutos, al decir de algunos, pero trabajadores, honestos y dispuestos a dar más que a recibir. Hemos sido, y somos, un pueblo feliz que acepta con madurez la adversidad, aunque lucha con ahínco por mejorar su destino. Somos un pueblo tolerante, respetuoso y amable. Y éste es el momento de dar un paso al frente y demostrar con nuestra actitud que siempre “hace más el que quiere que el que puede”, que con perseverancia se puede transformar la sociedad y salir de esta recalcitrante e infausta “crisis” y que en las épocas de “vacas flacas” es precisamente cuando se ve el auténtico talante y valía de un pueblo. Dicen que, ¡Nobleza obliga!, en este caso “Nobleza baturra”.