Opinión

Un nuevo síndrome: pánico a la discrepancia

Creo que voy a poder describir un nuevo síndrome psiquiátrico: lo que podemos denominar como “pánico a la discrepancia”, veremos si el concepto cuaja y tengo capacidad suficiente para conjuntar signos y síntomas que delimiten esta nueva entidad patológica.

Creo que voy a poder describir un nuevo síndrome psiquiátrico: lo que podemos denominar como “pánico a la discrepancia”, veremos si el concepto cuaja y tengo capacidad suficiente para conjuntar signos y síntomas que delimiten esta nueva entidad patológica.

Empecemos por decir que la Sociología y la Psicología distinguen diversos tipos de liderazgo: carismático, autoritario, burocrático, participativo, estratégico, transaccional, persuasivo, entre otros. Es decir, el que manda lo puede hacer de muchas y diferentes maneras, piensen cuál es el tipo de líder que tenemos, lo dejo en sus manos. Lo que sí afirmo es que, en este momento en España, desde la óptica médico-psiquiátrica, existe en los ciudadanos lo que me atrevo a denominar: “Síndrome del pánico a la discrepancia”.

Los síntomas de este síndrome son sencillos. El enfermo está convencido de que, si dice algo que pueda molestar a alguien más o menos influyente, las represalias no legales, pero sí mediáticas y sociales, pueden ser tan molestas y a veces tan peligrosas que el propio sujeto se inhibe en sus comentarios, salvo que los pueda hacer de tapadillo, incógnito y asegurándose el anonimato. Es decir, no hace falta censores como en otros tiempos, el censor es el individuo mismo, que ejerce de forma severa e intensa su misión correctora.

El enfermo de este nuevo síndrome está plenamente convencido (por supuesto de forma errónea) que dar la cara hoy y decir lo que se piensa es peligroso, e incluso a veces inmoral; puede que hasta ilegal, y que no está amparado por la libertad de expresión, sobre todo cuando se tocan ciertos temas, los llamados políticamente incorrectos.

El paciente va construyendo gradualmente una idea obsesiva y es que, aunque nadie le “parta la cara”, sufrirá muchas otras formas de desgracias y sufrimientos que le complicarán la vida, amargarán su existencia y le infringirán su “merecido” castigo por ser díscolo con “el poder”. Por lo tanto, lo mejor es: la autocensura.

La autocensura es el síntoma patognomónico esencial. A la sazón, es el peor de los reproches, ya que no hace falta censores externos, sino que el individuo mismo se contiene y se limita en su expresividad. No puede decir lo que piensa, si lo que piensa no está en la misma línea que lo que dice el poder oficial. No obstante, quiero anticiparme a las posibles objeciones cuando afirmen que este síndrome no sería nuevo. Tienen razón, lo novedoso es la intensidad, frecuencia del mismo y, sobre todo, la apariencia de salud de los pacientes. La Psicología lo sabe bien (el experimento de Asch).

Es obvio que vivimos momentos muy convulsos y delicados de cambio y catarsis. Pero a pesar de ello soy de los que piensa que la “sangre no va a llegar al río”; primero porque ya no queda mucha sangre en esta sociedad enferma de pasotismo y desidia; y, en segundo lugar, porque el río todavía está lejos en una sociedad con criterios esencialmente hedonistas. 

“Pan y circo” decían los emperadores romanos, y eso es lo que tenemos hoy. Todavía hay bastante pan, aunque cada vez más caro, eso sí. Y circo, mucho circo. Es decir, entretenimiento, anestesia social, folclore diverso, informaciones sutilmente manipuladas por unos medios poderosos capaces de anular la crítica al poder, o minimizarla hasta límites fácilmente visibles, pero sobre los que nada o poco nos atrevemos a hacer mientras tengamos “pan”.

Me gustaría acabar mi reflexión uniendo todo lo anterior con las cada vez más frecuentes críticas y comentarios por la supuesta “facilidad” con la que los médicos, dicen, recetamos numerosos tranquilizantes y demasiados antidepresivos. Incluso algunos medios hablan en sus noticiarios que somos el “number one” europeo (y mundial) en el consumo de estos medicamentos. Curioso ¿verdad?, esto no les dice nada? ¿Qué explicación razonable y no “paranoica” podría haber?

Habría varias sin duda, pero una fácilmente comprensible es que la sociedad “no quiere sufrir,” no tolera el malestar, no soporta las malas noticias, no puede admitir que su puzle de bienestar se desencaje y se rompa en mil pedazos. Ya lo he dicho antes, el hedonismo es la filosofía imperante.

La sociedad española no quiere ver una realidad por que le horroriza. En tiempos de los romanos iban al circo a ver morir cristianos comidos por las fieras y a pelear hasta la extenuación a los gladiadores. Ahora van al médico, y por unos pocos euros, eso en el peor de los casos, cuando no gratis, palían su malestar y disminuyen, al menos por unas horas, la angustia, la incertidumbre y la frustración que sienten.

Desde mi larga experiencia profesional como psiquiatra clínico puedo asegurarles que el incremento de prescripciones de estos medicamentos esta “in crescendo” de forma estadísticamente significativa.

Sin duda somos “más flojos” emocionalmente hablando que lo eran las generaciones de antaño. Pero lo que también observo es que muchos ciudadanos ven el futuro inmediato cada vez negro, groseramente oscilante, sin criterios fiables y válidos. Lo que se dice hoy no vale mañana, y pasado mañana volvemos a lo que se dijo hace unos días. Esta es la definición de estrés y el estrés continuado genera síntomas, y los síntomas acaban bloqueando al individuo haciéndole que se sienta inútil e impotente.

Por eso quizá, entre otras razones, estamos viviendo una “psiquiatrización” de la vida cotidiana y pretendiendo huir de una realidad que no gusta y que nos pesa demasiado, pero lo hacemos por el camino inadecuado usando ansiolíticos, antidepresivos y vitaminas milagrosas.

Estos medicamentos sirven, y mucho, para otras cosas, pero no para pacificar la falacia, la amoralidad y la desfachatez de algunos “pastores” que, en lugar de conducir sus ovejas hacia los buenos pastos, las llevan al matadero.