Opinión

"Ir en contra de los tiempos, heroico; decirlo, una locura"

He dejado pasar deliberadamente un tiempo prudente antes de volver a asomarme a estas páginas ya que, tras mi última intervención, me ha parecido oportuno reflexionar sobre lo que dije, cómo lo dije y, también, sobre lo que me dijeron. Por supuesto que mi ánimo no es abrir una nueva polémica, sino tan sólo clarificar mi postura, dada la amplia y controvertida repercusión que tuvo el último artículo.


He dejado pasar deliberadamente un tiempo prudente antes de volver a asomarme a estas páginas ya que, tras mi última intervención, me ha parecido oportuno reflexionar sobre lo que dije, cómo lo dije y, también, sobre lo que me dijeron. Por supuesto que mi ánimo no es abrir una nueva polémica, sino tan sólo clarificar mi postura, dada la amplia y controvertida repercusión que tuvo el último artículo.

Cuando me pronuncié sobre lo difícil que era encontrar ubicación para centros de tratamiento a drogodependientes, créanme que no había otro interés que el de llamar la atención sobre una situación que, por desgracia y a la luz de los datos que se manejan, es extremadamente frecuente y nos puede afectar a todos. Una situación que como médico conozco bien y que, de alguna manera, también sufro por la especialidad que tengo y practico: la psiquiatría.

Los drogodependientes son enfermos y, en algunos casos, enfermos graves. Su trastorno les produce severas alteraciones tanto en su cerebro como en el resto del organismo. Son personas dañadas por la droga y no viciosas como algunos ignorantes todavía creen, y aunque su manejo y tratamiento es complejo, no por ello deben de ser “mal-tratados” por la misma sociedad que les proporciona esas drogas, que más pronto que tarde, dañarán irreversiblemente su salud.

Cuando critiqué, creo que constructiva y respetuosamente, la actitud de rechazo que algunas personas tenían para que un centro de deshabituación se ubicara en su barrio (Rosales del Canal), les garantizo que no había en mí ningún interés personal, ni afán espurio, ni apoyo partidario, ni mucho menos pretendía con mis palabras culpabilizar a nadie. Sólo describí una situación que desde fuera, como ciudadano corriente y moliente, y también como profesional de la salud, llamaba la atención, sobre todo ante las sonoras y contundentes protestas que la asociación vecinal había decidido emprender, y que nos implicaban, al menos colateralmente, al resto de los ciudadanos.

El mismo día de la publicación del artículo aparecieron comentarios insultantes unos, vejatorios otros, injuriosos muchos, incluso hasta calumniosos. Estas observaciones no sólo se hicieron en el espacio que Tribuna Digital reserva a tan terapéutica actividad, sino que también llegaron a mi correo personal y a mi página web.

Entiendo y asumo que el que escribe en un medio de comunicación público debe aceptar las críticas, las matizaciones e incluso las opiniones radicalmente opuestas a las que uno defiende, pero no creo que eso deba extenderse a las groseras descalificaciones personales y profesionales que se me dirigieron.

Entre esos abultados comentarios sólo hubo uno diferente y que me llamó la atención. Era de un vecino del barrio de Canales del Rosal, por lo tanto un afectado también por la medida, que de forma llamativamente cortés y amable, sobre todo  después de todo lo que había recibido, me invitaba a pasear por la zona y a explicarme el porqué de su protesta. Después de tanto insulto burdo y de las groseras e inmotivadas increpaciones, había alguien que funcionaba no con los sentimientos sino con la razón. ¡Gracias estimado conciudadano!, todavía no he podido lamentablemente acompañarle en esa visita que espero poder hacer, pero su actitud es digna de elogio. Así es como se arreglan los problemas y como se construye una sociedad mejor. Hablando con cortesía, razonando sobre el problema, explicando las opciones, es la mejor manera para modificar, si procede, una creencia u opinión, pero no con amenazas, groserías e insulsas descalificaciones.

El fondo del asunto no es otro, según me han explicado detenidamente, que el siguiente. En un barrio de Zaragoza (Rosales del Canal) donde al parecer carecen de un montón de servicios, la administración municipal les impone un centro de atención a drogodependientes gestionado por la organización REMAR. Según me han comentado, nadie del barrio está en contra de que se ubique allí dicho centro, todos son conscientes del problema de las adicciones y estarían dispuestos a recibirlo de buen grado. Con lo que sí están radicalmente en contra es con que se le dé “prioridad” con respecto a otras instalaciones necesarias como son centros cívicos, sanitarios, escolares o de servicios varios. Nada que objetar ante ello, creo que sus intereses son legítimos y su reivindicación justa; pero también creo que los ataques, insultos, improperios y ofensas que me dirigieron fueron indebidos y que descalificaron, sobre todo, a los que los hicieron.

Siempre es posible, y creo que muy saludable, discrepar, pero nunca es correcto insultar a quien no opina como nosotros. Es relativamente frecuente posicionarse en contra de una idea, pero no es de recibo en ningún caso agredir verbalmente a quien no opina como nosotros. Es legítimo defender una opinión incluso con vehemencia, pero no a consta de calumniar e injuriar al oponente. “Hablando se entiende la gente”, al menos la gente inteligente, ¿no creen ustedes?