Opinión

Increíble, pero cierto

Esta semana he leído en este mismo medio, con perplejidad e incredulidad, una noticia que turbó mi ánimo y produjo en mí un sentimiento de indignación. El intendente principal de Tráfico y Seguridad Vial de la Policía Local de Zaragoza había sido sorprendido en un bar nocturno de Delicias con dos papelinas de droga, al parecer para su consumo.

Esta semana he leído en este mismo medio, con perplejidad e incredulidad, una noticia que turbó mi ánimo y produjo en mí un sentimiento de indignación. El intendente principal de Tráfico y Seguridad Vial de la Policía Local de Zaragoza había sido sorprendido en un bar nocturno de Delicias con dos papelinas de droga, al parecer para su consumo.

Es decir, un mando policial, una persona en quien los ciudadanos depositamos nuestra confianza para la represión de los delitos, era sorprendido in fraganti con una dosis de droga ilegal en su poder. Se dirá que esto no es un delito, que es solo una infracción administrativa, que era para su consumo personal, que estaba fuera de servicio, que es solo un ciudadano más, que ante el desastroso panorama que tenemos es un hecho irrelevante y solo una anécdota. Yo pienso que no es así. Y, al igual que la fiebre puede ser un síntoma de un proceso mucho más grave e incluso mortal, esta noticia nos demuestra el grado de indolencia y de relativismo moral que inunda nuestra sociedad.

Este mando policial no es un sujeto más, sino un referente moral para los conciudadanos. Si los que tienen que dar ejemplo cívico no lo dan; si los que nos tienen que marcar un camino, nos enseñan el rumbo contrario; si los que se encargan de denunciar estas conductas, son los que las cometen; si los encargados de velar por la salud pública y el orden social, lo conculcan y lo menosprecian; esta sociedad demuestra que ha perdido el rumbo y que estamos en una sociedad gravemente enferma.

Pero si ya es un serio problema el que un agente de policía se encuentre “presuntamente” en semejante tesitura, mucho peor nos parece el que sus superiores, los políticos de turno, todavía no lo hayan cesado y apartado del servicio. Cierto que la presunción de inocencia en un estado democrático y de derecho debe ser prioritaria siempre. Pero también, en ese mismo estado democrático, las normas deben cumplirse y los castigos deben ser ejemplarizantes.

Este ciudadano, al igual que ocurre con un juez, un militar, un político o un médico, por poner solo unos ejemplos, no solo debe ser correcto, honrado, prudente, sino que debe parecerlo. Hay profesiones “especiales” a las que no se les debe permitir ciertas licencias.

Si un médico fuma delante o detrás de sus pacientes, si un juez abusa de su inviolabilidad, inamovilidad  e independencia para su provecho, si un político se beneficia de la información que en razón de su cargo él solo posee,  o si un militar cree que las armas que le hemos dejado en usufructo son de su propiedad, estamos en un república bananera y no en una sociedad del bienestar.  

Dicen que por los pequeños detalles se conoce a las personas. Éste es un detalle, un hecho casual, probablemente hasta explicable. Pero nunca justificable. Es el síntoma fiebre de una sociedad que tiene una grave infección. O nos ponemos manos a la obra o esa “pequeña” infección producirá una septicemia y la septicemia producirá un shock séptico y este la muerte. Aviso a navegantes.