Opinión

In Memoriam

Hoy hace diez años que cambió la historia de la Humanidad. Hoy justo hace diez años de la cruel agresión que la ciudad de Nueva York sufrió y de la que involuntariamente fui testigo directo. Hoy han pasado ya diez años de lo que no fue sólo un atentado vil, fanático y sanguinario. Diez años de lo que fue quizá una osadía, tal vez un desplante y seguro una provocación, para que el país más poderoso de la tierra fuera consciente de su vulnerabilidad e indefensión ante lo que algunos llaman "guerra santa", los menos, y otros simple y llanamente barbarie terrorista, los más.

Hoy hace diez años que cambió la historia de la Humanidad. Hoy justo hace diez años de la cruel agresión que la ciudad de Nueva York sufrió y de la que involuntariamente fui testigo directo. Hoy han pasado ya diez años de lo que no fue sólo un atentado vil, fanático y sanguinario. Diez años de lo que fue quizá una osadía, tal vez un desplante y seguro una provocación, para que el país más poderoso de la tierra fuera consciente de su vulnerabilidad e indefensión ante lo que algunos llaman "guerra santa", los menos,  y otros simple y llanamente barbarie terrorista, los más.

Eran las nueve de la mañana y también nuestro último día en la “Gran Manzana”. La salida del vuelo que nos iba a llevar de regreso a España estaba prevista a las cinco de la tarde. Con el check-out hecho, las maletas en la consigna del hotel y con la sana intención de agotar nuestras últimas horas en tan apasionante y paradójica urbe, habíamos contratado un tour, llamado de los “contrastes”.

Se trataba de pasear con un microbús por la ciudad y observar precisamente una de sus maravillas: las chocantes e intensas diferencias que existen en tan sólo unos centenares de metros. Pasar del lujo extremo a la pobreza más amarga. Del barrio judío con sus rabinos y sus joyerías, al Bronx lleno de negros y casas quemadas. De la famosa y cinematográfica Tyffanys, a la comisaría conocida entre los lugareños como “Fort Apache”. De Brooklyn a Queens. De Long Island a Manhattan. La velada se prometía interesante y había que aprovechar el tiempo.

Eran las nueve y cuarto de la mañana cuando empezamos el recorrido. Nuestro hotel y punto de partida estaba en Broadway, relativamente lejos de lo que más tarde sería la “zona cero”.  Al poco de iniciar la marcha algo cambió. Súbitamente el conductor reclamó silencio y elevó el volumen de la radio de su furgoneta Chevrolet. La noticia era increíble. Nueva York estaba sufriendo, al principio un incidente confuso, luego un accidente calamitoso, más tarde una tragedia terrible. A los pocos minutos parecía que “la guerra” había empezado, quizá la tercera guerra mundial, al menos es la percepción inicial que algunos tuvimos.

Con el transcurrir de las horas conseguimos, no sin esfuerzo, regresar al que había sido nuestro hotel. La confusión era total. El desconcierto extremo, la gente iba y venía por la famosa y renombrada quinta avenida, al igual que lo hacían las ambulancias y los bomberos. La Policía había cortado calles y el tráfico rodado se había detenido, dando paso sólo a la Guardia Nacional, ésa que tantas veces habíamos visto en el cine y que ahora pasa disciplinadamente delante de nosotros. Parecía una película, pero no, era la realidad que una vez más superaba a la ficción.

Una sensación incómoda nos invadía mientras veíamos aquellas columnas de humo lejanas pero estremecedoras. Pegados al televisor vimos como una y otra vez se sucedían noticias desconcertantes, y afortunadamente, falsas. ¡Estados Unidos estaba siendo atacado! ¡El Pentágono en llamas, también Boston, el Golden Gate, San Francisco…! Los “voceros”, que es como llaman en los canales de habla hispana a los comentaristas, nos daban datos, opiniones, entrevistas, pero muy pocas imágenes. Las noticias se sucedían de forma trepidante y nuestro temor aumentaba cada vez más. Nos fuimos a dormir muy cansados, temerosos y desconcertados.

Al día siguiente, y con los ánimos algo más serenos, empezamos a darnos cuenta de la magnitud de la tragedia. Nuestra estancia se prolongó forzosa e involuntariamente durante cinco días. Cinco largos días, cinco curiosos días, cinco tristes días, donde fuimos testigos involuntarios y de excepción del dolor de un pueblo, de la grandeza de sus gentes, de la capacidad de renacer de ese conglomerado de razas que es la sociedad americana.

Pero también fuimos testigos del desconsuelo de muchas familias a las que el azar les había dado un zarpazo; del luto de muchas mujeres que habían perdido a su hombre; del dolor de los padres a los que el destino les había arrebatado a sus hijos; de la impotencia de los servicios sanitarios que solo recogían cadáveres, pero pocos heridos; de la frustración de los ciudadanos de bien, heridos en lo más profundo de su ser; del temor de muchos inmigrantes ilegales que pensaron en la Ley del Talión. 

El 11-S no es sólo una fecha trágica, es una muestra evidente de la crueldad y de la sinrazón que sólo el llamado “homo sapiens” es capaz de concebir y perpetrar.