Opinión

Hipocresía en estado puro

Resulta “alentador y edificante”, sobre todo para los más jóvenes, ver cómo los vecinos de Rosales del Canal se manifiestan para impedir que el Ayuntamiento ceda terrenos, y de esta forma se pueda construir un centro de tratamiento/rehabilitación de drogodependientes. Una vez más podemos ver la contradicción, la incoherencia y el esperpento de la sociedad actual.

Resulta “alentador y edificante”, sobre todo para los mas jóvenes, ver cómo los vecinos de Rosales del Canal se manifiestan para impedir que el Ayuntamiento ceda terrenos, y de esta forma se pueda construir un centro de tratamiento/rehabilitación de drogodependientes. Una vez más podemos ver la contradicción, la incoherencia y el esperpento de la sociedad actual.

Todos reconocemos que la adicción a sustancias es un grave problema sanitario y también social. Nadie creo que cuestione a fecha de hoy que los enfermos drogodependientes también son “hijos de Dios”, y que además de ser enfermos, pagan impuestos. Creo que tampoco nadie puede poner en duda que cualquiera puede sucumbir a esta dolencia o tener un familiar muy cercano que la padezca. Todo eso está muy bien, pero a la hora de poner en marcha un recurso asistencial, si está ubicado cerca mi casa, ni pensarlo, “hasta ahí podíamos llegar y que nos salpique, faltaría más”. Lo dicho, hipocresía en estado puro.

La drogodependencia es un grave problema de salud pública que está destruyendo los pilares de la estructura familiar y produciendo una transformación importante en la sociedad llamada del bienestar (aunque de bienestar, la verdad es que cada vez tiene menos). Detrás de muchos malos tratos, accidentes laborales, fracaso escolar, accidentes de tráfico y gasto sanitario hay uso, abuso y dependencia de sustancias. Por eso hay que trabajar muy duro para intentar poner límites a esta cruel y tiránica epidemia, que a todos nos afecta, en unos casos como enfermos directos y en otros como posibles damnificados.

La postura de estos ciudadanos, humanamente comprensible, es también hipócrita e incoherente. Hipócrita porque todos estamos de acuerdo en la existencia del problema, pero es mejor cerrar los ojos y verlo solo en la televisión. Me recuerda lo que no hace mucho pasaba en donde yo vivo, en el centro de Zaragoza, al lado de la Iglesia del Carmen, donde también nos molestaban los pobres y marginados, a los que todos los días la parroquia, en un comedor ejemplar y solidario, da de comer a más de un centenar de indigentes. ¡Esa gente queda muy mal en la puerta de la iglesia!, decían algunas refinadas y caritativas señoras cuando salían de Misa. ¡Es que dan muy mala imagen en una zona tan céntrica de la ciudad!, añadían algunos caballeros que peinaban canas. ¡Por Dios, qué horror, no se puede pasar por esa acera, a según que horas bloquean todo y además algunos no paran de pedir! Añadían otros con cierto desdén. En fin, como ven, también un servidor tiene cierta experiencia en esto de soportar al prójimo marginado y ramplón.

Pero además de hipócrita, creo que es también una postura incoherente la de nuestros conciudadanos del Rosal, porque siguen creyendo en el estereotipo de drogadicto marginal, delincuente de perfil bajo, deteriorado al máximo y con una jeringuilla clavada en el antebrazo. Cuando lo que existe hoy son adictos  perfectamente integrados, de un estrato social medio-alto, con una adicción que no suele entrar en conflicto con la Ley,  e incluso en muchos casos ocupando puestos hasta de cierta relevancia social.

No obstante comprendo que moleste, sí, moleste mucho ver la enfermedad, el desamparo, la tristeza y la depravación a la que podemos llegar. Entristece que nos recuerden que cualquiera de nosotros o de nuestros familiares puede entrar en esa dinámica. Nos asusta reconocer a esos “juguetes rotos” por la adicción a sustancias. Hasta comprendo que nos irrite ver su aspecto deteriorado por el uso y abuso de una serie de sustancias aparentemente inocuas, que luego destruyen  silenciosamente el cerebro de los consumidores. Es siempre desagradable tener cerca semejante espectáculo y mucho más si es a las puertas de mi casa, haciéndome recordar lo poquita cosa que los seres humanos somos.

Como médico les confieso que me siento triste al ver la falta de consistencia de algunas personas que luchan, no contra la drogas, sino para que éstas simplemente no se vean cerca de su casa. Como ciudadano me invade una cierta irritación por la falsa solidaridad con la que con frecuencia se nos llena la boca, y que a la hora de dar un paso adelante o de establecer un compromiso es papel mojado. Por último, como persona me siento contrariado de que el ser humano siga siendo tan torpemente egoísta y que trate a su prójimo con desdén y lejanía.

Dice un refrán popular con sabia ciencia y enorme desparpajo que “el que al cielo escupe a la cara le cae”, nos conviene tomar buena nota a todos. Lo que hoy es TU problema, mañana puede ser MI problema, y entonces querremos la solidaridad, comprensión y justicia que ahora negamos.