Opinión

Gigantes y cabezudos

Permítanme que me presente, soy un médico aragonés, de cincuenta años, que he vuelto a mi tierra, tras más de veinte años de “exilio” voluntario y profesional, en otra Comunidad Autónoma de eso que antes llamábamos España y que ahora no sabemos ya muy bien cómo denominarla.

Permítanme que me presente, soy un médico aragonés, de cincuenta años, que he vuelto a mi tierra, tras más de veinte años de “exilio” voluntario y profesional, en otra Comunidad Autónoma de eso que antes llamábamos España y que ahora no sabemos ya muy bien cómo denominarla.

He vuelto a casa, con mis gentes, con mis antiguos amigos, con mis compañeros de fatigas universitarias. He vuelto a esa patria chica llena de “gigantes y cabezudos”, de gente noble aunque “brutica”, de personas leales aunque tozudas; de hombres y mujeres entrañables aunque quizá demasiado dóciles.

¡Y cómo ha cambiado mi Zaragoza querida! Aquella ciudad que dejé en la década de los ochenta y que, aunque he ido viendo periódicamente con la frecuencia que mi trabajo y obligaciones me permitían, ha dejado de ser una urbe provinciana, para convertirse en una gran metrópolis. Hoy esta gran ciudad con sus defectos y limitaciones es, al menos para un servidor, un modelo de crecimiento y de armonía.

Da gusto pasear por sus calles y plazas; es un placer entrar en sus comercios donde uno se encuentra con personas gentiles y amables, dispuestas siempre a echar una mano, además de hacer su buen negocio. Es una delicia ver el gran crecimiento que ha experimentado nuestra capital, sin que haya perdido el encanto que tanto he añorado cuando estaba lejos de ella.

Cierto que hay mucho tráfico y que hay atascos con frecuencia, que falta un transporte público más acorde con su crecimiento y con las necesidades de los ciudadanos, es verdad que las infraestructuras, a pesar de la “Expo”, todavía tienen que mejorar para poder estar al nivel que la ciudad merece. Pero a pesar de todo eso y de otras muchas deficiencias que de seguro existen, permítanme que les diga que solo valoramos las cosas cuando nos faltan. A veces es necesario darse una vuelta por ahí fuera para que sepamos apreciar la ciudad tan encantadora que tenemos.

Déjeme que antes de empezar con las criticas constructivas que los patronos (ciudadanos) debemos hacer a nuestros asalariados (los políticos), siga disfrutando de mi tierra y de mis “gigantes y cabezudos”.