Opinión

Es indignante

Sí, es indignante, inconcebible y abyecto tener una persona tres años de su vida en prisión sin ser juzgado por un tribunal. Es patético privar de libertad a una persona sin un pronunciamiento judicial en sentencia y sólo por meros indicios racionales de criminalidad, que es la manera mediante la cual hoy muchas personas ingresan en prisión. Me estoy refiriendo al llamado "caso Manhattan".

Sí, es indignante, inconcebible y abyecto tener una persona tres años de su vida en prisión sin ser juzgado por un tribunal. Es patético privar de libertad a una persona sin un pronunciamiento judicial en sentencia y sólo por meros indicios racionales de criminalidad, que es la manera mediante la cual hoy muchas personas ingresan en prisión. Me estoy refiriendo al llamado “caso Manhattan”.

Estoy seguro de que las personas que me oyeron en la tertulia del programa de Aragón Televisión “Sin ir más lejos”, donde tengo el gusto y placer de colaborar, habrán rasgado sus vestiduras y me habrán tachado de todo tipo de insultos e improperios. En un país democrático, aunque cada vez me cuesta más creerlo, eso es legítimo y sano. La discrepancia es la norma fundamental del juego, pero también lo es el acatamiento a las sentencias judiciales y facilitar que éstas se produzcan de la forma más sosegada e independiente posible. Luego, más adelante, cabe el recurso, los que se quieran, los que la Ley permita, los que las reglas del juego que nos hemos dado autoricen.

La opinión pública ha puesto el grito en el cielo, insisto, porque la persona que presuntamente mató a otro e hirió a varios al atropellarles conduciendo bajo los efectos del alcohol, ahora, y tras tres años de estancia en prisión condicional, ha sido puesto en libertad por el tribunal que entiende del asunto hasta que la sentencia sea firme.

¡Es un asesino!, decían unos; ¡esto es una barbaridad!, exclamaban otros; ¡no me extraña que luego pasen las cosas que pasan!, añadía un tercero; ¡esto no puede quedar así, hay que manifestarse pidiendo justicia y en contra de la decisión de los jueces! (y así lo hicieron unas 300 personas). En fin, ni uno solo de los entrevistados dijo nada a favor de ese auto judicial.

Voy a intentar ser claro y posiblemente “políticamente incorrecto”. Existen tres poderes: Legislativo (que hace las leyes), Judicial (que las aplica y ejecuta) y Ejecutivo (que es el que gobierna “sometido” a los otros dos). El caso concreto y tristemente célebre de la discoteca Manhattan es un caso típico donde el ciudadano, lego en Derecho, no entiende la diferencia entre asesinato y homicidio; no comprende los matices entre dolo e imprudencia; no se percata de que existen garantías judiciales para todos, incluso hasta para los más abyectos criminales. El ciudadano no pide justicia, sino venganza; es decir, nos guste o no, “ojo por ojo y diente por diente”.

Entiendo, faltaría más, el dolor de la familia a quien de forma abrupta y cruel se le ha arrebatado a un ser querido. Créanme que me pongo en su piel más de lo que algunos se pueden imaginar, me uno a su dolor y les acompaño (en la medida que pueda) en el sentimiento. Pero no debo, no quiero, dejarme llevar por mis impulsos más primarios.

Soy un demócrata convencido, de ése que dicen irónicamente que es el menos malo de los sistemas políticos que existen, y por ello defiendo a ultranza la decisión judicial. Primero porque estimo que el tribunal es independiente, que ha obrado con arreglo a Derecho y ha fundamentado su decisión.

Estoy seguro de que los jueces han sopesado con cautela y prudencia todas las claves del proceso y al final, en uso del legítimo poder que los ciudadanos le hemos dado, se han pronunciado siguiendo los principios doctrinales del Derecho Penal.

Ahora caben todo tipo de interpretaciones y posibilidades legales. Lo que no cabe es escarbar morbosamente desde los medios una herida dolorosa e incurable que la familia, sobre todo la familia, va a tener que soportar de por vida.

Tan terrible sería que el que ocasiona un daño de tal envergadura como ha sido este caso se “fuera de rositas” como aplicarle, por la presión mediática y social, un pena que no le corresponde.

Si hay que cambiar las leyes que lo haga quien tiene la posibilidad y la obligación de hacerlo; pero nosotros, los ciudadanos, a cumplirlas.