Opinión

¡Erre que erre!

Dicen las malas lenguas que los psiquiatras buscamos explicación y, a veces, también justificación, a todas las conductas humanas. No voy a entrar en ese argumento que creo que se descalifica por sí solo. Lo que sí hacemos los psiquiatras es observar y analizar la conducta del ser humano, porque eso nos permite conocer, con bastante certidumbre, cuáles son las emociones y los pensamientos de la persona analizada. No en balde, la conducta no es otra cosa que la expresión de la personalidad o forma de ser, y también, a veces, de la enfermedad mental que esa persona pueda padecer.

Dicen las malas lenguas que los psiquiatras buscamos explicación y, a veces, también justificación, a todas las conductas humanas. No voy a entrar en ese argumento que creo que se descalifica por sí solo. Lo que sí hacemos los psiquiatras es observar y analizar la conducta del ser humano, porque eso nos permite conocer, con bastante certidumbre, cuáles son las emociones y los pensamientos de la persona analizada. No en balde, la conducta no es otra cosa que la expresión de la personalidad o forma de ser, y también, a veces, de la enfermedad mental que esa persona pueda padecer.

Cuando un sujeto se obceca en una idea y a pesar de los argumentos sólidos, objetivos y contundentes que se le den en contra persiste en ella; cuando por mucho que se intente razonar para rebatir sus criterios ilógicos no se consigue; cuando la sinrazón es el elemento básico de un planteamiento intelectual, decimos que estamos ante una “idea delirante”, a la sazón característica de las psicosis en general y con frecuencia de una en particular: la paranoia o trastorno delirante.

Por otro lado, cuando uno o varios individuos tienen idas apasionadas, en las que se deforma parcialmente la realidad, en las que se sale a veces de la lógica básica, pero sobre las que se mantiene un cierto control y una relativa crítica de las mismas, estamos ante lo que los psiquiatras llamamos ideas sobrevaloradas, características de algunos trastornos psiquiátricos como la ansiedad, pero que también las podemos ver en sujetos aparentemente sanos pero sometidos a situaciones especiales (enamoramiento, sectas, grupos radicales o ultras, etc.).

Desde el ámbito psicopatológico es desde el único en el que se puede entender lo que está ocurriendo en nuestra querida y vieja España, en donde las ideas de independencia y de autonomía de algunos son irrebatibles, ilógicas e irracionales. O, cuando sin llegar a ese extremo de enajenación, si son megalomaniacas con respecto a la raza, región o “hecho diferencial”, que nos lleva no solo a creernos distintos al resto de los compatriotas, sino también a ser merecedores de unos derechos especiales simplemente por haber nacido en un lugar.

Además, y como a veces suele ocurrir con las alteraciones psíquicas, sobre todo con la que denominamos paranoia, se produce un “contagio” de ideas que va en función (como casi siempre en medicina) de la personalidad del enfermo delirante y de la predisposición o vulnerabilidad de los sujetos contagiados, propagándose a veces una idea como la pólvora ante la necesidad de algunos individuos de tener un ideal o referente que les proporcione optimismo, innovación, mejora de las condiciones, o que, simplemente, justifique su propia existencia, aunque todo ello sea una falacia.

El separatismo, independentismo e incluso el regionalismo rígido y recalcitrante solo pueden verse en un mundo global como el que nos encontramos como una enfermedad psíquica. Solo así podemos admitir que se pueda perjudicar y dañar a una colectividad, en base a un pensamiento (absurdo e irrebatible) aunque pueda ser fácilmente aceptada por la colectividad.

No tiene sentido la disgregación que hoy existe en España y mucho menos la que se pretende aumentar. No lo tiene ni histórico, ni económico, ni sociológico, ni tampoco legal. “La unión hace la fuerza”, dice el sabio aforismo y mantenerse ¡Erre que erre! es el síntoma inequívoco de una anomalía psíquica, aunque la idea sea apoyada por muchos; no en balde, y como dice el sórdido pero irrefutable refrán popular: “Por mucho que millones de moscas coman basura, la basura no es buena”.