Opinión

Enfermos mentales, ¿enfermos diferentes?

Hace unos días tuvimos en el Colegio de Médicos de Zaragoza una reunión interesante e instructiva; pero también, al menos para un servidor, un tanto inquietante y agridulce. Nos reunimos más de 100 personas procedentes de ámbitos profesionales diversos. El objetivo del simposio era hablar sobre la regulación del “tratamiento involuntario ambulatorio de los enfermos psiquiátricos”. Es decir, se pretendía conseguir un cierto consenso para proponer a la administración autonómica la creación de normas legales que permitan imponer, si llega el caso, un tratamiento médico cuando la persona no está en su cabal juicio y rechaza motu proprio tratar su dolencia.

Hace unos días tuvimos en el Colegio de Médicos de Zaragoza una reunión interesante e instructiva; pero también, al menos para un servidor, un tanto inquietante y agridulce. Nos reunimos más de 100 personas procedentes de ámbitos profesionales diversos. El objetivo del simposio era hablar sobre la regulación del “tratamiento involuntario ambulatorio de los enfermos psiquiátricos”. Es decir, se pretendía conseguir un cierto consenso para proponer a la administración autonómica la creación de normas legales que permitan imponer, si llega el caso, un tratamiento médico cuando la persona no está en su cabal juicio y rechaza motu proprio tratar su dolencia.

Algo que a primera vista puede parecer obvio y sencillo, resulta que es (o al menos así lo hacemos) tan complicado que a fecha de hoy es una asignatura pendiente que genera ríos de tinta y posturas encontradas. Y la dificultad no viene solo de los intríngulis legales, que los hay, sino de los propios médicos que al parecer ni tenemos las cosas claras, ni comulgamos con los mismos criterios terapéuticos, ni vemos al enfermo de la misma manera. Por si no fuera suficiente con las discrepancias sanitarias, también hay familiares de pacientes, muy pocos en honor a la verdad, que cuestionan la necesidad de este tipo de normativa para “ayudar” al enfermo a mejorar de su dolencia. En fin, así es la vida y así somos las personas.

En el momento actual resulta paradójico que un psiquiatra pueda legalmente ingresar involuntariamente a un enfermo mental, pero en cambio no pueda aplicar un tratamiento farmacológico involuntario. Esto es lo que ocurre, al menos, en la Comunidad aragonesa, porque en otras (País Vasco, Valencia, Cataluña, por ejemplo) las cosas funcionan de manera distinta y los jueces, en base al principio “A maiore ad minus”, autorizan sistemáticamente tratamientos involuntarios cuando lo creen conveniente aun en ausencia de norma. A mi entender la situación es absurda (por qué unos enfermos según su localización geográfica pueden ser tratados y otros no) y también injusta (no existe normativa al respecto, pero cuando se quiere se busca un atajo). Así están las cosas en este país, nación de naciones, batiburrillo autonómico, conglomerado de pueblos y razas, que por el momento al menos seguimos llamando España.

En este simposio se expusieron puntos de vista diversos. Por un lado los legales, representados por un juez, un fiscal y varios letrados que nos honraron con su presencia e ilustraron con su ciencia; también hablaron los médicos forenses, representados por el director del Instituto de Medicina Legal de Aragón; oímos a algunos enfermeros, trabajadores sociales, psiquiatras, terapeutas y, cómo no, familiares y hasta los propios enfermos, siempre los más interesados en el tema.

Curiosamente las mayores objeciones se produjeron por parte de algunos de nuestros propios compañeros, médicos psiquiatras, que por un lado invocaron la existencia de una regulación suficiente y, por el otro, que el Defensor del Pueblo no apoyaba decididamente este tipo de actuaciones médicas. Humildemente creo que era errónea la interpretación de la norma legal y también las palabras del alto órgano consultivo, pero en un foro técnico-científico cada uno tiene derecho a defender lo que crea conveniente y los demás a rechazarlo respetuosamente.

No nos engañemos, el conflicto surge en esencia por las diferentes maneras de interpretar lo que es una enfermedad mental. Para unos, entre los que me encuentro, las enfermedades mentales o trastornos psiquiátricos son, esencialmente, alteraciones del cerebro, de ese órgano complejo, ignoto en gran medida, en el que radica el control de las funciones cognitivas, emocionales e instintivas. La enfermedad mental sería una enfermedad como cualquier otra, pero eso sí, con matices y peculiaridades (ausencia de conciencia de enfermedad, entre otras) que habrá que tener muy en cuenta. En cambio, para otro grupo de psiquiatras, la enfermedad no es tanto un problema biológico, como ambiental o social. Ahí esta la “madre del cordero”, como se dice coloquialmente. Si el origen es biológico, el tratamiento será similar al que realizamos ante otros padecimientos. Si las causas son esencialmente socioambientales, el proceder será obviamente diferente.

Los estudios más rigurosos y recientes sin duda insisten en que las enfermedades mentales son esencialmente alteraciones estructurales y funcionales del sistema nervioso central, en las que el entorno tiene influencia, pero no tan definitiva como a veces se piensa. El que el estudio del cerebro haya llegado tarde al mundo de la investigación, y además lo haya hecho cargado de prejuicios y mitos, no quiere decir que se rija por otras reglas o leyes que no sean las biológicas. Otra cosa es que a la hora de diagnosticar y tratar confundamos, por ejemplo, la tristeza con la depresión, la inquietud con la ansiedad, el uso con la dependencia, la psicosis con las neurosis, el autismo con la rareza, el psicópata con el delincuente o la enfermedad mental con los problemas humanos. Ello no es un problema conceptual, sino un déficit formativo de aquellos profesionales que sin la suficiente información se adhieren a determinados grupos que funcionan más con las creencias que con las evidencias.

Lo que está fuera de toda duda a fecha de hoy es que las células nerviosas son solo eso: células, cierto que con una función peculiar y altamente diferenciada, pero en su composición química y en su fisiología siguen las mismas leyes que cualquier otro órgano. Esta afirmación, tan aparentemente radical, no excluye otro tipo de concepciones y tratamientos no médicos, pero siempre como un complemento del abordaje esencial y prioritario que es el que se lleva a acabo en las unidades de salud mental por los profesionales de la psiquiatría.

Aunque todavía estamos lejos de comprender los mecanismos últimos del funcionamiento cerebral, sí podemos afirmar que la conducta humana y sus alteraciones tienen siempre un trasfondo genético muy contundente, así como una carga cromosómica de capital importancia. Ello no es óbice para que a través del entrenamiento y aprendizaje adecuado se pueda modificar parte de nuestro pensamiento, sentimiento y conductas y, con ello, cambiar nuestra forma de vida. Pero lo que también sabemos con certeza es que las enfermedades mentales requieren siempre un abordaje médico-biológico y no discursos, alegatos, charlatanería y verborrea con los que solo se consigue perder un tiempo precioso y disminuir las posibilidades de rehabilitación real de unos enfermos que también pagan sus impuestos y que deben ser considerados simple y llanamente eso: enfermos dignos de todo respeto.