Opinión

El mundo al revés

Perdonen mi petulancia pero lo que está ocurriendo en nuestra querida España, o en lo que antes se llamaba España y que ahora ya no sabemos muy bien cómo llamarla, sólo puede analizarse o entenderse desde la perspectiva psiquiátrica. O, si prefieren tomarlo con humor, también podríamos asimilarlo a un guión cinematográfico, de los llamados de arte y ensayo, titulado: "El mundo al revés".

Perdonen mi petulancia pero lo que está ocurriendo en nuestra querida España, o en lo que antes se llamaba España y que ahora ya no sabemos muy bien cómo llamarla, sólo puede analizarse o entenderse desde la perspectiva psiquiátrica. O, si prefieren tomarlo con humor, también podríamos asimilarlo a un guión cinematográfico, de los llamados de arte y ensayo, titulado: "El mundo al revés".

La situación de este país y sus territorios como Aragón es, según expertos economistas, caótica y harto complicada. Para competentes politólogos, vivimos en un momento extremadamente difícil, espinoso y comprometido. Para ciertos sectores sociales estamos atravesando tiempos ruinosos y llenos de sacrificios. Para casi todos los ciudadanos nos encontramos ante una realidad que ha transformado de forma radical la llamada pomposamente “sociedad del bienestar” en la que hasta ahora habíamos vivido y, sobre todo, disfrutado.

Pero mi perplejidad y mi reflexión no van en la línea de lo que está ocurriendo, ni mucho menos de los entresijos macroeconómicos que lo sustentan, sino de las reacciones humanas que se producen al albur de los acontecimientos, y de las que somos testigos presenciales e, incluso, o a veces, primeros actores, guionistas y hasta directores, por seguir con el símil cinematográfico.

Por un lado están los políticos que habían ostentado el poder hasta hace poco más de cuatro meses (sí, no lo olvidemos, sólo cuatro meses), y a los que me atrevo a considerar responsables máximos de la “tragedia”. Me confunde verlos ahora como se sienten exasperados por el devenir de los acontecimientos, crispados y “cabreados” porque aquellos otros políticos que legítimamente han sido su recambio en las últimas elecciones tomen una serie de medidas duras, dolorosas, pero, a decir de los expertos, necesarias para intentar remediar el daño producido. Es como si yo, médico internista, me enfado y protesto enérgicamente porque el cirujano tenga que amputar una pierna, pierna que se ha gangrenado precisamente porque no le he puesto en su momento al paciente el antibiótico adecuado para evitar la infección.  ¡Qué cara más dura!, me dirían todos ustedes, y no les faltaría razón.

Pero no es la sorpresa sino la hilaridad la que me invade cuando veo cómo los defensores de los trabajadores, es decir, los sindicatos se unen también al coro de reclamaciones y quejas por las duras medidas adoptadas ahora, mientras que hace solo unos meses aceptaban sumisos una tras otra las determinaciones del gobierno de turno sin decir esta boca es mía, o cuando lo dijeron promoviendo la anterior huelga general, lo hicieron de una forma más testimonial que real y efectiva.

Me crispa sobremanera ver cómo algunos ciudadanos “indignados”, aprovechando que “el Ebro pasa por Zaragoza”, se dedican a montar jarana y organizar sentadas en las que se habla de lo divino y lo humano, se dedican a filosofar sobre unas propuestas casi delirantes propias de “Alicia en el país de los sueños” y a proponer soluciones utópicas, eso sí, echando siempre la culpa a los actuales dirigentes sin pensar que no han tenido tiempo de nada, solo de poner el puño, para evitar que la hemorragia mate al enfermo.

En este “mundo al revés”, los que tenían que rendir cuentas, y a veces sufrir el código penal en sus carnes, resulta que las piden -curiosa paradoja-, y los que tenían que ayudar al gobierno a reconstruir el tejido social, lo crispan con propuestas demagógicas para todos, menos para ellos, que siguen en la poltrona en unos puestos que parecen ser más por oposición que por elección.

En este “mundo al revés” los que teníamos que seguir consumiendo razonable y prudentemente, nos sentimos presas de un temor absurdo, paralizante, que lejos de contribuir a mejorar las cosas inhibe el consumo e incrementa la crisis.

En este “mundo al revés” vemos con perplejidad cómo las entidades financieras, cómplices y encubridoras del delito, cuando no causantes directas del mismo, en lugar de pagar por sus “pecados”, nos siguen chantajeando con las penas del infierno sino les damos más dinero del que ya les hemos entregado, mientras que siguen dando un saldo positivo en sus dividendos.

En este “mundo al revés”, los estafadores y maleantes siguen haciendo “flanes y yogures” y cobrando el paro, mientras que los recién licenciados bien formados y llenos de ilusión no pueden entrar al mercado laboral, ya sea éste público o privado.

En este “mundo al revés” somos testigos de cómo jubilados con pensiones superiores al triple del salario mínimo, están muy mosqueados y ponen el grito en el cielo porque tienen que pagar una cantidad simbólica a la hora de comprar sus recetas.

En “este mundo al revés” tenemos que seguir soportando cómo los gestores autonómicos, en lugar de ser realmente conscientes de lo mal que está el panorama, siguen defendiendo sus reinos de taifas con un egocentrismo malsano, perdiendo por completo el sentido de nación y barriendo solo para casa, como si el resto de las autonomías hermanas no formaran parte del mismo país. 

En este “mundo al revés”, hasta las más altas instituciones del Estado, en lugar de mantener el equilibrio y ser el faro que nos guía en este mar turbulento, se han puesto en la boca hiriente de los tertulianos que cada tarde nos amenizan, o atormentan, que para gustos están los colores, en los maravillosos programas televisivos que componen la programación de tarde de las televisiones nacionales.

En fin, tristemente parece que sí estamos viviendo en “un mundo al revés” y lo peor es que no se trata de una película. Nos enfrentamos ante una realidad que nos está haciendo sufrir y que es buena muestra de lo enferma que está nuestra sociedad, de lo absurdo que es a veces el comportamiento humano, y de que nada es verdad o mentira, sino del color del cristal con el que uno lo mira.