Opinión

Depresión postvacacional con seis millones de parados. ¿Será broma, no?

La actual situación económica y laboral está haciendo estragos y a su vez que la sociedad acepte mucho mejor el fin de las vacaciones, ya que en una España con seis millones de parados puede parecer ridículo, cuando no esperpéntico, afirmar que una persona sufre el llamado pomposamente “síndrome o depresión postvacacional”.

La actual situación económica y laboral está haciendo estragos y a su vez que la sociedad acepte mucho mejor el fin de las vacaciones, ya que en una España con seis millones de parados puede parecer ridículo, cuando no esperpéntico, afirmar que una persona sufre el llamado pomposamente “síndrome o depresión postvacacional”.

El presidente de la Sociedad Española para el Estudio de la Ansiedad y el Estrés lo tiene claro cuando dice: "Nunca ha tenido sentido publicar decenas de artículos de prensa sobre estrés o depresión postvacacional, cada año, al finalizar agosto; pero lo tiene aún menos en las circunstancias actuales de crisis económica". Estoy plenamente de acuerdo con el colega. En mi opinión, y así lo he escrito repetidas veces incluso antes de la actual crisis, nunca ha existido ese síndrome por mucho que los medios de comunicación cada año nos recuerden su llegada. Ha sido una construcción teórica que ha interesado a todos. A los medios para rellenar páginas y tiempo de emisión, en época veraniega escasa de noticias; a los profesionales para llenar sus consultas y de paso, también, sus cuentas corrientes; y como no, a los sufridos “pacientes” para justificar las pequeñas molestias, los despistes y la necesaria adaptación que todo cambio conlleva.

Ni los psicólogos ni los psiquiatras tenemos enfermos aquejados de “síndrome o depresión postvacacional”, se trata de un tema "más mediático que clínico". Es obvio que a todos nos cuesta adaptarnos de nuevo a los horarios, a las rutinas laborales, a la actividad profesional, sea la que sea, después del periplo vacacional. Pero dar un salto cualitativo de esa envergadura y denominar síndrome, esto es, conjunto de signos y síntomas que determinan una entidad morbosa o patológica, es, en mi opinión, excesivo e injustificado.

No obstante, España es un país que parece tomarse todavía hoy muy en serio eso de que el trabajo es una “maldición divina”, cuando la maldición en el contexto social actual sin duda sería su carencia, situación que, les recuerdo, sufren mas de seis millones de compatriotas, a los que oír lo de “síndrome postvacacional” estoy seguro que les pondrá al borde del ataque de nervios y llenos de razonable y lógica indignación.

Que el estrés laboral existe, que es una situación real y que afecta a muchos trabajadores es algo no se puede cuestionar, los médicos bien lo sabemos. Que el estrés o sobrecarga laboral además hay que tomarlo siempre en serio pues acarrea problemas graves de salud es indubitado en la actualidad. Pero lo que no se puede olvidar tampoco al hablar de trabajo y salud es que "la probabilidad de sufrir una depresión es 2,2 veces más alta en parados que en aquellas personas que tienen un empleo".

En este sentido, un estudio (“The mental health risks of economic crisis in Spain”) realizado con casi 14.000 pacientes de toda España, ha revelado un aumento del 19,4 % de depresión grave en las consultas de Atención Primaria, al comparar una España con 5 millones de parados con la de 2006, en la que había 2 millones. Este mismo estudio confirma que el riesgo de trastorno depresivo mayor fue 1,72 veces superior en caso de desempleo, 2,12 cuando había problemas de pago de hipoteca y 2,95 en caso de desahucio.

Los médicos no podemos negar que cuando un sujeto se incorpora de nuevo al trabajo puede sufrir una reacción de desadaptación. En general, este estresor nunca es muy intenso y la gran mayoría de las personas ven hoy con ilusión el regreso a su actividad más que con preocupación. No es menos cierto que tras las vacaciones hay que hacer de nuevo un cambio de hábitos y esto exige un cierto esfuerzo para volver a los horarios habituales o para mantener la atención centrada en las tareas que nos ocupan y enfrentarnos con obligaciones y todo ello, y para según quién, supone un aumento de ansiedad ante la posibilidad de obtener un resultado negativo.

Por ello, que el rendimiento, la motivación o el interés en los primeros días después de las vacaciones sean un poco más bajos de lo habitual es normal. Que el cansancio pueda surgir más fácilmente y el estado de ánimo pueda decaer es esperable. Pero eso tiene una fácil solución: pensar que tenemos trabajo y lo que supone la alternativa.