Opinión

A la décima va la vencida

A la décima va la vencida; así es, he esperado, pero creo que todo tiene un límite y el mío ha llegado. Desde hace tiempo vengo observando los modos y maneras de algunos agentes de la Policía Local, especialmente los que circulan en sus potentes motos, con sus cascos blancos y con sus pistolas al cinto, que nos recuerdan a los "polis" de las series americanas. Y digo que les he venido observando, y últimamente también padeciendo y sufriendo (aunque la verdad poco, ya que soy peatón más que conductor), y he visto y analizado su actitud, a veces prepotente, en otros casos displicentes, e incluso hasta despótica.

A la décima va la vencida; así es, he esperado, pero creo que todo tiene un límite y el mío ha llegado. Desde hace tiempo vengo observando los modos y maneras de algunos agentes de la Policía Local, especialmente los que circulan en sus potentes motos, con sus cascos blancos y con sus pistolas al cinto, que nos recuerdan a los “polis” de las series americanas. Y digo que les he venido observando, y últimamente también padeciendo y sufriendo (aunque la verdad poco ya que soy peatón más que conductor), y he visto y analizado su actitud, a veces prepotente, en otros casos displicentes, e incluso hasta despótica.

Comprendo que debe ser muy duro estar una jornada laboral en la calle, entre coches, motos, aire, lluvia, viento (nuestro famoso y desapacible cierzo) y, cómo no, entre los “cafres” conductores-ciudadanos-contribuyentes que aparcan en doble fila, giran por donde no deben, adelantan cuando no pueden, obstruyen pasos de peatones, y hasta se enfrascan en peleas absurdas a la mínima de cambio por un pequeño rifirrafe pueril. Comprendo que debe ser molesto, irritante, y hasta estresante trabajar de policía local en la muy ilustre e inmortal ciudad de Zaragoza, pero es lo que han elegido voluntariamente y, por lo tanto, mi comprensión acaba ahí.

Lo que no entiendo ni acepto es la actitud y la arrogancia de algunos miembros de ese cuerpo, que lejos de ser servidores públicos, parecen matones de una película de gánster. Sin la mínima educación y cortesía se dirigen al contribuyente-ciudadano-conductor para amonestarle, sancionarle y a veces hasta insultarle. Acosan a las personas, quienes pagamos sus sueldos y salarios ostentando una autoridad delegada y a veces abusando de la misma. No solo ponen sanciones, cosa absolutamente normal cuando uno transgrede una norma, sino que nos arengan con sus sermones más propios de la jerga del lumpen que de un agente del orden, llegando a infundir miedo, que es muy diferente al respeto.

Todos sabemos lo que dice la sabiduría popular: “Si quieres conocer a Juanillo dale un carguillo”. Esto es, si quieres saber cómo es una persona revístele de poder, y claro, la “prueba del algodón”. Muchachos y muchachas jóvenes, con una formación cultural básica, impetuosos, impulsivos, creídos de que son “la autoridad”, pero además la autoridad con mayúsculas, salen a la calle montados en sus “briosos corceles de metal” dispuestos en poner orden el caos del tráfico y, claro, lo esperable, se pasan un montón como dicen ahora, y entran de lleno en el autoritarismo, cuando no en el despotismo.

Estoy seguro de que hay excelentes profesionales dentro de la Policía Local de Zaragoza; es más, esta creencia mía la comparten muchos ciudadanos. Creo que la mayoría son personas maduras y estables, honrados y competentes trabajadores, solidarios ciudadanos y personas de bien. Pero también creo que existen algunos elementos tóxicos que deberían ser evaluados y tratados  psiquiátricamente; serán pocos, pero se notan mucho. Es más, por la buena imagen de ese cuerpo, los propios mandos deberían tomar cartas en el asunto y recordar a algunos de sus agentes que esencialmente son servidores públicos, que la autoridad no es suya sino que la tienen por delegación, que están para ayudar y no tanto para sancionar, que el respeto y la cortesía debe presidir todas sus actuaciones y que no son menos, pero tampoco más que nadie por llevar un arma, una placa o unos grilletes al cinto. Estoy seguro de que el resto de los agentes, los que sí son educados, correctos, serios, y eficaces lo agradecerán. Y los ciudadanos, no digamos.