Opinión

¡Cuidado que viene la P-300!

Recientemente anunciaban a bombo y platillo los medios informativos, sobre todo los aragoneses, pero también los nacionales, algo que me dejó estupefacto, atónito. Se podía entrar en el cerebro de un delincuente y saber si mentía. Ésa fue la noticia, eso fue lo que nos llegaba a los ciudadanos. Con más calma y tras el estupor inicial, vi que se trataba de la realización de una prueba electrofisiológica; en concreto, el estudio de los potenciales evocados cognitivos, a un presunto asesino, para saber dónde había enterrado los restos de su difunta, a la que presuntamente había dado "matarile", como se dice en argot de los profesionales del crimen, en abril del año pasado.

Recientemente anunciaban a bombo y platillo los medios informativos, sobre todo los aragoneses, pero también los nacionales, algo que me dejó estupefacto, atónito. Se podía entrar en el cerebro de un delincuente y saber si mentía. Ésa fue la noticia, eso fue lo que nos llegaba a los ciudadanos. Con más calma y tras el estupor inicial, vi que se trataba de la realización de una prueba electrofisiológica; en concreto, el estudio de los potenciales evocados cognitivos, a un presunto asesino, para saber dónde había enterrado los restos de su difunta, a la que presuntamente había dado “matarile”, como se dice en argot de los profesionales del crimen, en abril del año pasado. El triste y macabro hecho, objeto del estudio médico, había ocurrido tiempo atrás en Ricla, bello pueblo del valle del Jalón, a 56 kilómetros de Zaragoza, conocido por sus sabrosas cerezas y por los “santicos”, San Teopompo y San Sinesio, cuyas fiestas se celebran el 21 de mayo. Ilustre villa que ahora quizá, solo quizá, puede ser también conocida como el pueblo de la “P-300”.

La que se está denominando en los medios informativos, con cierta familiaridad, como “la P-300” es una prueba diagnóstica que se utiliza en neurofisiología clínica desde hace varios años, muchos años, y cuyos resultados, que yo sepa, nunca han aportado datos especialmente relevantes para conocer si una persona dice la verdad. Esta prueba, además de ser constitucionalmente problemática, es de una utilidad forense más que cuestionable. Fíjense que estupendo sería que a todos los delincuentes se les aplicara “la P-300” y problema resuelto. Sabríamos si mienten o dicen la verdad, si han escondido el cadáver, las joyas o el “parné” en tal o cual sitio, incluso si van a cometer un crimen y cuándo. Puestos a darle salida a la prueba de marras, se podría también aplicar para conocer la edad de las famosas, que guardan con tanto recelo como si de un secreto de Estado se tratara.

El hecho no pasaría de ser una anécdota simpática, una exploración curiosa, o un titular rimbombante de prensa, si no fuera porque en medio de este asunto hay un ser humano imputado de un delito muy grave, el más grave que se puede cometer: el asesinato; otros, los familiares de la víctima, ilusionados con un posible resultado que permita obtener razón de los restos cadavéricos de la fallecida; y por último, otros personajes de la investigación criminal, encabezados por su señoría, el magistrado-juez de Zaragoza, garante de derechos y libertades, que la autorizado, y los investigadores policiales que se la han sugerido o recomendado.

Sin entrar en la legitimidad/legalidad/constitucionalidad de su aplicación, aspecto reservado a los eminentes juristas que de seguro se pronunciarán al respecto, sí voy a tener el atrevimiento y la osadía de referirme sucintamente a su utilidad en el campo de la pericia forense, y digo sólo en este campo, que es el que conozco en profundidad, sin entrar en otras valoraciones clínicas o diagnósticas.

Lo que se hizo en el Hospital Miguel Servet de Zaragoza para indagar la veracidad de un testimonio es sencilla y llanamente, a mi entender, inútil en el mejor de los casos, cuando no contraproducente, al poder ser la base de un recurso y una nulidad del proceso. Y lo es, porque esa prueba diagnostica, que según algún experto se utiliza ampliamente por la policía de USA (faltaría mas), Japón o Holanda, entre otros, tiene tantos sesgos, variaciones, inespecificidades que hacen muy difícil cuando no imposible obtener unos resultados concluyentes, al menos para poder, en base a ellos, aplicar el peso de la ley, y mucho menos para poder saber si miente o no una persona con la certidumbre necesaria en todo proceso penal.

No voy a entrar en disquisiciones técnicas inapropiadas para una tribuna como ésta. Pero como se me ha replicado públicamente por un prestigioso médico especialista en neurofisiología de nuestra ciudad, debo responder. Mi colega ha afirmado que había más de 4.000 referencias bibliográficas que avalan su uso en el ámbito médico legal, no pongo en duda su información, pero servidor no lo tiene tan claro, es más, lo tengo más bien confuso y oscuro. Además, aunque exista esa bibliografía al respecto, sigo negando la mayor: no se puede, a fecha de hoy, saber si una persona miente mediante los potenciales evocados con la certidumbre necesaria que un proceso penal necesita.

Estoy convencido de que la labor de investigación de mi excelso colega, además de estar guiada por la buena fe, lo está también por la sapiencia y la prudencia. Pero eso, permítanme que les diga públicamente sin acritud, con cordialidad y profundo respeto, no es garantía ni aval suficiente para estandarizar una prueba diagnostica en el campo de la medicina forense, y mucho menos para inferir de sus resultados “el conocer la mente del asesino o conseguir obtener el paradero de los restos que se buscan”, titulares de prensa tan sorprendentes como  inexactos y que dan lugar a una gran confusión.

Además, y sin entrar en disquisiciones técnicas, hay algo que se llama simple y llanamente sentido común. Si esta prueba fuera tan eficaz, ¿no creen ustedes que estaría ampliamente extendida y utilizada por los diversos juzgados y tribunales? ¿No les parece que todos los médicos forenses la utilizaríamos con profusión? ¿No estiman que un elemento diagnostico, si tan decisivo fuera, sería de uso corriente en el mundo de la pericia médica? ¿No les parece que esos datos los manejaría toda la comunidad científica española?

En fin, sólo nos queda esperar a los resultados y ver si con las imágenes obtenidas tras los estímulos aplicados, se puede saber dónde están los restos de la fallecida, lo deseo sincera y profundamente, faltaría más. Estoy seguro de la buena fe del juzgador y de los investigadores, estoy convencido de que el objetivo de todos no es otro que el de la búsqueda de la verdad material. Pero con la misma claridad afirmo que lo que se le ha hecho al imputado/acusado no es más que un “experimento”, puede que interesante, pero no es más que eso, un “experimento”, por lo que como doctor en Medicina, Especialista en Psiquiatría, miembro del Cuerpo Nacional de Médicos Forenses y vicepresidente de la Sociedad Aragonesa de Psiquiatría Legal y Ciencias Forenses, humildemente me permito sugerir que antes de que se practiquen exploraciones de este tipo y aunque sean incruentas y sencillas para el justiciable, a la par que no muy costosas para la administración, quizá sería conveniente contar con un mayor consenso científico y mejores y mayores  niveles de información, antes de lanzar las campanas al vuelo. Ya saben aquello de que “los experimentos… con gaseosa”.