Opinión

"Corrupción": ¿enfermedad incurable?

La palabra "corrupción" se ha puesto triste y lamentablemente de moda. Todos hablamos de ella y también nos lamentamos de que exista, de que se practique, de que sea una forma de actuación tan frecuente en nuestro país, que ha conseguido incluso que muchos ciudadanos hayan votado en los últimos comicios más con el corazón que con la razón.

La palabra “corrupción” se ha puesto triste y lamentablemente de moda. Todos hablamos de ella y también nos lamentamos de que exista, de que se practique, de que sea una forma de actuación tan frecuente en nuestro país, que ha conseguido incluso que muchos ciudadanos hayan votado en los últimos comicios más con el corazón que con la razón.

A mi entender, la “corrupción” es inherente y consustancial al ser humano y este, conocedor de esa realidad, ha intentado poner desde siempre trabas, frenos y obstáculos para evitarla o, cuando menos, para reducir el daño que produce. Parece que la mayoría de los humanos tenemos un precio, a veces muy básico y vulgar como puede ser el dinero. En otros casos el precio es más impreciso como el elogio, el poder, la fama, la notoriedad e, incluso, la afectividad o la superación de traumas inconscientes también pueden estar detrás de lo que llamamos “corrupción”.

Me temo que la "corrupción" existe y existirá, es inevitable. Pero lo que sí podemos es quitarle oxígeno y luchar contra la promoción y apología que se hace de ella en algunos sectores sociales, que lejos de verla como un elemento nocivo y dañino, la siguen percibiendo como síntoma de inteligencia, picardía y astucia. Y es que ese es, precisamente, el caldo de cultivo que la genera y mantiene: la percepción social benevolente.

Dicen que España es el país de pícaros por antonomasia. País donde el corrupto, lejos de recibir reproche social, ha sido alabado e imitado. El no ser solidario, el faltar a la verdad, el utilizar la falacia y la hipocresía, el que el fin sí justifique los medios, el hacer lo contrario de lo que se promete, ha sido y, tristemente por lo que estamos viendo, sigue siendo, una pauta de conducta habitual y hasta ensalzada en algunos medios y sectores. Lo que sí ha pasado desde un tiempo a esta parte es que el descaro de algunos políticos y de ciudadanos poderosos ha sido de tal magnitud que nos ha irritado sobremanera, sobre todo cuando nos hemos tenido que apretar el cinturón en esta última época de crisis y de “vacas flacas”.

Solo cuando las cosas se han puesto feas de verdad nos hemos ocupado y preocupado de un problema que, en modo alguno, era nuevo y que ha afectado a todos los estratos y clases sociales. Parece que, de repente, hemos descubierto a la “corrupción”, y que todos nos hemos concienciado de lo terrible y perversa que es. Resulta curioso, pero a pesar de llevar con nosotros tanto tiempo, solo desde hace unos pocos años hemos empezado a luchar decididamente contra ella.

Hay que cambiar “el chip” educacional y social;  es decir, tenemos que modificar los esquemas y modelos de educación y también de actuación de los que se dedican a la “res publica”, que son de alguna forma el espejo donde nos miramos el resto de conciudadanos, aunque por lo que estamos viendo y, tan solo unos días después de las últimas elecciones, mal camino llevamos, ya que “donde dije digo, digo Diego” y así lo que se va a conseguir es aumentar la desilusión y, con ella, más "corrupción".

Hay que inculcar a los más pequeños que la honestidad y la honradez son esenciales para una vida en colectividad; hay que dejar claro a todos que el que la hace, la paga y que todos, y a todos los niveles, debemos funcionar con coherencia y respeto por la verdad.  Hay que cumplir lo que se ofrece y huir de la mentira y el engaño. Hay, en suma, que conseguir que la transparencia y la sinceridad sean la pauta habitual de conducta de la sociedad actual.

No tendría que ser la ley sino la educación y el reproche social los que consigan esa transformación. No hay que vencer sino convencer. No habría que utilizar tanto el castigo como el ejemplo. Hará falta tiempo y esfuerzo, un cambio de este calado no se obtiene rápidamente, pero sin duda la tarea bien merece la pena. La pregunta clave es: ¿Estamos por la labor?