Opinión

¿Cómo pasas las fiestas, bien o en familia?

Hace ya unos cuantos días que por motivos profesionales, bien lo sabe el director de este interesante medio de información, que no me asomo a la "Tribuna Digital". Ya tenía cierto "mono", como se dice en el argot del adicto, o, si lo prefieren, un moderado síndrome de abstinencia, y heme aquí dispuesto a paliarlo de la mejor manera posible.

Hace ya unos cuantos días que por motivos profesionales, bien lo sabe el director de este interesante medio de información, que no me asomo a la "Tribuna Digital". Ya tenía cierto "mono", como se dice en el argot del adicto, o, si lo prefieren, un moderado síndrome de abstinencia, y heme aquí dispuesto a paliarlo de la mejor manera posible.

¿Cómo pasas las fiestas, bien o en familia? Esta irónica frase cargada de mala leche, dicho sea de paso, la he oído estos días con inusitada frecuencia. Todo el mundo te desea feliz Navidad y próspero año nuevo, ya sea con la fórmula tradicional, a la que últimamente se le están añadiendo modalidades cada vez más rocambolescas de correos electrónicos.

Abres el ordenador y empiezan a aparecer imágenes evanescentes de paisajes nevados con músicas relajantes y estrellitas de colores. Papá Noel, que por cierto le está ganando la mano a los Reyes Magos, volando en su trineo mientras suenan cascabeles. Abetos cargados de luces centelleantes y frases amorosas que nos invitan a la paz, la solidaridad y al amor. Postales con motivos navideños que suben, bajan, entran y salen de la pantalla como si fuera el ballet ruso. ¡Estamos en Navidad!, y hay que proclamarlo por doquier. Pero al lado de la liturgia y del folclore, existe la preguntita de marras que encierra una cuestión a mi entender relevante: ¿Cómo pasas la Navidad, bien o con la familia?

Y es que estas fechas, que tanto parecen gustar, luego, a la hora de la verdad, y cuando se habla con sinceridad, he percibido que para muchas personas son días incómodos, a veces interminables, con frecuencia aburridos, puede que tristes, incluso crueles y, en ocasiones, hasta odiosos.

Nos faltan seres queridos que ya no estarán nunca más con nosotros. Tenemos que sonreír al cuñado con el que no tenemos nada en común, sino más bien todo lo contrario. Hay que comer y beber con ese hermano egoísta que el resto del año pasa de los padres y sólo va buscando saciar sus intereses. Debemos soportar a los sobrinitos, tan monos pero tan mal educados como su mamá, a la sazón hermana de nuestra mujer. Hay que compartir mesa y mantel con una familia que sólo lo es de nombre, ya que muchas veces ni se conocen, ni se quieren, ni se tratan; pero eso sí, “vuelven a casa por Navidad” como dice la musiquita sentimentaloide del anuncio de turrones.

En estas fechas hay que comer, beber, regalar, sonreír, gastar y sobre todo aparentar, si aparentar que somos felices, muy felices, y que el amor y la concordia reinan en nuestras familias y en nuestros corazones. Hay que disimular la triste y a veces dura realidad, el desengaño, la decepción, el egocentrismo y la insolidaridad que cada vez reinan con más poderío en nuestra sociedad.

Parece que durante unos días a todos se nos pone una “carita de ángel”, que, eso sí, tan pronto como llegue el día 8 de enero se transformará cual Dr. Jekyll en Mister Hyde, y la paz, el amor, la solidaridad, quedarán sumidas en un prolongado letargo, hasta la próxima Navidad, ¡Qué triste!  ¿No creen?