Opinión

Caleb: ¿víctima de las creencias de sus padres?

Estos días, una luctuosa y espeluznante noticia saltaba a los teletipos. Un niño de 7 años, de nombre Caleb, fallecía al parecer y siempre presuntamente por una actitud imprudente de sus padres, quienes confundieron sus creencias personales y religiosas con las evidencias científicas y médicas.

Estos días, una luctuosa y espeluznante noticia saltaba a los teletipos.  Un niño de 7 años, de nombre Caleb, fallecía al parecer y siempre presuntamente por una actitud imprudente de sus padres, quienes confundieron sus creencias personales y religiosas con las evidencias científicas y médicas.

Además, y en un acto de evidente enajenación mental a mi parecer, y a pesar de la aparente “normalidad” en su conducta social que según testigos tenían, mantuvieron el cadáver del hijo en el hogar entre uno y tres meses (no está claro por el momento), creyendo “delirantemente” que con sus rezos y plegarias conseguirían resucitarlo.

Parece ser que este hecho, ocurrido en Gerona, tiene su origen en el rechazo que el padre del niño tenía a la medicina convencional, según ha reconocido ante el juez, por lo que los investigadores aventuran que pudo sustraer al niño del tratamiento pautado para su asma. Y esto es lo realmente preocupante, al menos para los que somos profesionales de la salud. La medicina es una ciencia que se fundamenta en las evidencias clínicas y en estudios asépticos, rigurosos y replicables. Las creencias son ideas subjetivas y con mucha frecuencia distorsionadas en función de la personalidad y biografía del sujeto.

Según lo aparecido en los medios de comunicación y lo afirmado públicamente por el fiscal del caso, se trata de una familia con “fuertes convicciones religiosas”, tan fuertes que, en base a mi ya larga experiencia clínica profesional, son las que les han llevado a la confusión y, por ende, a cometer la imprudencia de suprimir el tratamiento que Caleb tenía pautado, dando como resultado su fallecimiento.

He visto comentarios de colegas psiquiatras que dudan de la existencia de una enfermedad mental en los padres y hablan simplemente de “creencia religiosa extravagante” para explicar lo sucedido. Discrepo de ello, y creo que estamos ante un trastorno delirante como “la copa de un pino”. Es decir, el matrimonio Bruce y Schell Hopkins tenían una idea o creencia errónea, irrebatible por razonamientos lógicos e impregnada de una fuerte carga emocional que condicionaba su vida y, como hemos visto, también la de su familia. Eso es lo que se llama en todos los libros “idea delirante”.

Ahora bien, estas ideas delirantes pueden ser sistematizadas, incluso comprensibles. No tiene que ser siempre bizarras, ni tampoco incongruentes, ni extravagantes, pero no por ello dejan de ser delirantes. Además, son pensamientos que se “contagian” con cierta facilidad al entorno cuando este es propicio (inmadurez psicoafectiva y dependencia emocional del resto de los hijos, como parece ser el caso que nos ocupa).

Esto que nos puede parecer a primera vista una aberración psíquica y una barbaridad humana, lamentablemente es más frecuente de lo que creemos. No es raro ver a padres que no quieren vacunar a sus hijos rechazando la evidencia científica; que evitan los fármacos y solo confían en productos llamados naturales a los que consideran “absoluta y erróneamente” inocuos. Padres que creen ciegamente en la oración como una forma de sanación (en este caso, hasta de resurrección) y que cuestionan ampliamente la ciencia. No es tan raro que las creencias distorsionadas, disparatadas, erróneas, a veces incluso perturbadas, sean las protagonistas de tristes historias como lo ocurrido en Gerona.

La prudencia aconseja por el momento esperar hasta ver los resultados informáticos y toxicológicos. Solo entonces se podrán sacar conclusiones definitivas. Ahora las elucubraciones y disquisiciones solo van aumentar innecesariamente el más que seguro dolor de unos padres que querían, aunque fuera de forma equivocada o incluso patológica, lo mejor para su hijo.