Opinión

Beber alcohol perjudica seriamente la salud

Beber alcohol perjudica seriamente la salud. Esa frase es incontrovertible desde el punto de vista sanitario. Algunos me dirán que un poco de vino en la comida no es malo, cierto, malo no es, pero tampoco especialmente recomendable desde la óptica médica, por mucho que nos lo digan algunos enólogos, nutricionistas, comerciales del ramo e, incluso, hasta compañeros médicos.

Beber alcohol perjudica seriamente la salud. Esa frase es incontrovertible desde el punto de vista sanitario. Algunos me dirán que un poco de vino en la comida no es malo, cierto, malo no es, pero tampoco especialmente recomendable desde la óptica médica, por mucho que nos lo digan algunos enólogos, nutricionistas, comerciales del ramo e, incluso, hasta compañeros médicos.

El alcohol, sobre todo en la pubertad y en la adolescencia, es una sustancia muy dañina para el desarrollo neuronal; es decir, para conseguir una maduración psíquica equilibrada. Y resulta mucho más dañino si se toma, como ahora es moda maldita, creo yo, de forma desmesurada, en breves espacios de tiempo, utilizando bebidas destiladas (licores y aguardientes) y con el esencial, casi único para muchos, objetivo de conseguir una intoxicación etílica o borrachera lo antes posible.

La recién llegada ministra de Sanidad se ha puesto manos a la obra y nos advierte de la promulgación de una ley, en la que se puede incluso a multar a los padres de los muchachos que reiteradamente sufran borracheras; ello junto a una serie de medidas educativas, informativas y de divulgación sanitaria. Pronto hemos oído voces en su contra pregonando la libertad del individuo y la voracidad recaudadora del Gobierno. Y una vez más surge la discrepancia fruto, la mayor parte de las veces, de una sublime indigencia intelectual, en un tema clave como es la salud juvenil.

En mi opinión profesional, el alcohol es una “droga dura”, por utilizar el argot de tipo mediático, implicada directa o indirectamente en muchas enfermedades (hepáticas, gástricas, cerebrales, pancreáticas, demencias, etc.) y disfunciones sociales (malos tratos, absentismo laboral, agresiones sexuales, homicidios, etc.). Los datos son tozudos y la dura realidad se impone: el 30 % de los ingresos de un hospital general se debe directa o indirectamente al abuso/dependencia al alcohol.

El que muchos usen el alcohol no es una justificación de su bondad. Incluso el que se hable de sus posibilidades terapéuticas, culturales o gastronómicas nada tiene que ver con el consumo masivo, gregario, compulsivo y enfermizo llamado “Botellón”, y que tanta gracia parece hacer a una parte de la sociedad, usando siempre la manida “libertad” como justificación del bebercio y del atracón etílico.

Siempre es mejor convencer que vencer (refuerzo positivo que diría el psicólogo), pero la condición humana es terca y en muchos casos solo se aprende a través del refuerzo negativo como es el castigo. En este caso, yo no veo afán recaudatorio gubernamental por ningún sitio, sino una conducta elogiable, que no admite más demoras, de empezar a tomarse muy en serio un problema de salud pública que viene de lejos y que está haciendo estragos cada fin de semana.

No es de recibido que en España tengamos más de 5 millones de alcohólicos y que la edad de inicio en el consumo sean los 13,9 años; es decir, la pubertad. No podemos pasar por alto que el alcohol, aunque sea un elemento cultural o alimentario, también puede ser, mal usado, un sustancia mortal, capaz de segar la vida de un adolescente como hemos podido hace unas semanas.

Los padres tenemos la obligación de guarda y custodia sobre nuestros hijos, como dicen nuestras leyes civiles, y el no vigilar, controlar o prohibir el consumo de alcohol antes de la mayoría de edad es una dejación de funciones que merece un reproche legal, si llega el caso. Obviamente, estas medidas punitivas deben de ejercitarse, de forma mucho más contundente, sobre los adultos que venden el alcohol a los menores o hacia aquellos que les que incitan a su consumo. La represión y el castigo, ya he dicho, que no es la mejor de las maneras de educar, pero tampoco debe ser denostada y mucho menos amparándose en criterios de “pseudoexpertos” a los que muchas veces el árbol, no les deja ver el bosque.