Opinión

La anestesia veraniega

Durante estos días que he disfrutado de holganza y relax vacacional, he tenido la oportunidad de ver, entre sueño y sueño de ese maravilloso invento español que es la siesta, algunos de los programas televisivos que las diversas cadenas nos ofrecen en las largas sobremesas del tórrido verano.

Durante estos días que he disfrutado de holganza y relax vacacional, he tenido la oportunidad de ver, entre sueño y sueño de ese maravilloso invento español que es la siesta, algunos de los programas televisivos que las diversas cadenas nos ofrecen en las largas sobremesas del tórrido verano.

Entre sueño y sueño he visto un curioso y a veces esperpéntico espectáculo desfilando  por la antaño llamada “pequeña pantalla”, una serie de personajes casi siempre estrafalarios, a veces impertinentes, en algunos casos groseros, puede que desequilibrados emocionalmente, e incluso hasta delincuentes confesos en busca y captura, situación de la que los propios interesados hasta presumían y los contertulios que les acompañaban aceptaban como si de una gracia se tratara.

Los he visto y también les he oído hablar que con el desparpajo y el atrevimiento que habitualmente es patrimonio de la ignorancia. Hablan y hablan de lo divino y humano, de lo propio y de lo ajeno, de la vidas y andanzas de ellos y, sobre todo, de las de sus semejantes. Con una lengua viperina se insultan y se amenazan, se descalifican y se agreden, y el que hace el papel de conductor-presentador les anima e incita constantemente a ello, como se hace con los gallos en las peleas clandestinas dando un espectáculo, que, curiosa y preocupantemente, debe gustar a muchas personas dada las elevadas cuotas de audiencia que estos pasatiempos televisivos alcanzan.

En fin, hasta aquí poco más que objetar y que cada quién haga de su capa un sayo. Se supone que, unos somos ya mayorcitos para ver este tipo de programas si así nos place, y otros, los padres, son lo suficientemente responsables para cuidar de la salud mental de sus hijos.

Pero la frontera de lo tolerable se ha traspasado en mi opinión, al utilizar un posible suicidio de uno de esos “personajes” de la fauna televisiva como una forma de llamar la atención de los espectadores y buscar el liderazgo televisivo. Dicho “personaje” ha salido en varios programas y en distintas franjas horarias horas proclamando su idea de poner fin a su vida. Ha sido entrevistado, ha llorado, ha expuesto sus razones, se le ha cuestionado, se le ha retado, en fin, patético y peligroso espectáculo. 

¿Pero es que todo vale con tal de subir la audiencia? ¿Se ha perdido tanto el norte que somos capaces de utilizar comercialmente una realidad humana que hace sufrir a tantas personas? ¿No existe ya el más mínimo pudor y se puede jugar con este drama como si se hablara del tiempo que va hacer el próximo fin de semana? Y lo que es peor, ¿a nadie le indignado este grotesco espectáculo dado por algunos medios televisivos como para merecer un comentario al respecto?
 
Está demostrado que hablar del suicidio en los medios de comunicación y en la forma en la que se ha hecho estos días, aumenta el riesgo y estimula a llevarlo a efecto a aquellas personas que lo llevan rumiando en su cabeza. Esta afirmación no es una creencia personal, sino una evidencia científica ampliamente verificada y contrastada por numerosos estudios científicos.

El suicidio es siempre el exponente máximo de la desesperanza vital y el desgraciado final de algunas enfermedades mentales graves. La conducta suicida es incomprensible, cruel, dolorosa, a veces incluso hasta inevitable, bien lo sabemos los que día a día peleamos con este tipo de situaciones. Pero lo que no debería ser nunca es un espectáculo televisivo, por mucho que haga subir las cuotas de “share” y conseguir vencer al rival en la dura carrera por la audiencia.

Una cosa es montar cada tarde un “circo” para divertir o, si se quiere, “anestesiar” al personal en las calurosas sobremesas del verano, y otra muy distinta dar notoriedad y cancha a una farsa sobre el suicidio, que puede propiciar el que determinadas personas, atribuladas por una intensa angustia y una ideación delirante, se animen a tomar la escalofriante decisión de poner fin a su vida.

Mal, muy mal anda una sociedad en la que, por mucho que se diga, el fin sí justifica los medios.