Opinión

El abuelo que ha matado a sus nietos

Tras unos meses de ausencia, vuelvo a reencontrarme con ustedes y con mi querida Tribuna Digital. He estado haciéndome un “restyling” por un problema en mi columna y, ya con una nueva “armadura de titanio”, estoy dispuesto a volver a la carga; eso sí, quizá con menos vehemencia y con más sosiego.

Tras unos meses de ausencia, vuelvo a reencontrarme con ustedes y con mi querida Tribuna Digital. He estado haciéndome un “restyling” por un problema en mi columna y, ya con una nueva “armadura de titanio”, estoy dispuesto a volver a la carga; eso sí, quizá con menos vehemencia y con más sosiego. Qué duda cabe que estar al “otro lado de la mesa”, más aún cuando se es médico veterano, te cambia la perspectiva de la enfermedad, y, en cierta medida, la forma de ver la vida.

Estos días hemos tenido una noticia de que, una vez más, nos ha dejado impactados, perplejos y tristes. El titular que apareció en los medios era demoledor: Un abuelo, en un pueblo granadino, mataba a sus dos nietos.

Al parecer, dos meses antes, este mismo abuelo había sufrido un episodio apnéico mientras conducía su coche y, como consecuencia del mismo, tuvo un accidente en el que murieron su mujer y su hija (precisamente la madre de los dos niños, que en ese momento salvaron su vida, y a los que él mismo inexplicablemente ha dado muerte hace unos días).

Enseguida surgen las preguntas de los medios de comunicación y del ciudadano en general. ¿Cómo puede ocurrir algo así? ¿Qué le ha pasado a este señor para que, además de matar a sus nietos, se suicide él también? ¿Se sentía culpable por el accidente en el que fallece su hija y madre de los nietos?

En mi opinión profesional, lo que le ha sufrido esta persona de 72 años es más grave que una depresión o un duelo patológico, como se viene afirmando. Estaríamos ante un Trastorno por estrés postraumático, entidad psiquiátrica severa que se produce tras un hecho o suceso en el que la persona es sometida a un estrés máximo. Pasado el acontecimiento, aparecen síntomas muy diversos, entre ellos, incluso, de tipo psicótico, con agresividad, descontrol de la conducta, reviviscencias de los hechos traumáticos, trastornos del ánimo y una angustia extrema.

Tengo el convencimiento de que el abuelo de los niños ha estado sufriendo estos dos meses la entidad que hemos descrito (TEPT), existiendo en su cerebro un bombardeo de ideas delirantes de culpa por el accidente en el que fallece la hija y su mujer, cuando era él mismo quien conducía el vehículo. Estas ideas de culpa y de ruina han ido distorsionando la realidad hasta precipitar un episodio tan brutal como el que estamos comentando.

En las últimas horas nos dicen, además, fuentes de la investigación, que la relación entre el abuelo y el yerno no era muy buena tras el accidente; de ser cierto, este detalle es importante desde la óptica criminológica y puede explicarnos en parte la decisión brutal que el abuelo adoptó. Pero ello no nos debe distraer de lo esencial, y es que estamos ante un trastorno mental grave, que el propio paciente no quiso, no pudo o no supo tratar según nos cuentan, y que ha dado paso a una nueva e irreparable tragedia.

No olvidemos que la complejidad del cerebro humano es muy grande y todavía estamos lejos de conocer en profundidad su funcionamiento normal y patológico. Poco a poco iremos avanzando en las llamadas “neurociencias” y eso nos permitirá despejar muchas incógnitas sobre el comportamiento humano como las que se plantean en este y otros casos semejantes.