Opinión

Fago

Llevamos unos días en los que el nombre y la reciente y dramática historia de este pequeño, pintoresco y apacible pueblo aragonés, está en todos los medios de comunicación, tanto de ámbito local como nacional. La causa es haber sido testigo mudo, y también ciego y sordo, de una muerte, de una muerte cruel, absurda y miserable.

Llevamos unos días en los que el nombre y la reciente y dramática historia de este pequeño, pintoresco y apacible pueblo aragonés, está en todos los medios de comunicación, tanto de ámbito local como nacional. La causa es haber sido testigo mudo, y también ciego y sordo, de una muerte, de una muerte cruel, absurda y miserable.

En estos días hemos visto cómo el imputado por el homicidio ha prestado declaración humillado y esposado en la forma, aunque firme y convencido de su inocencia en el fondo. Los testigos han relatado versiones, muchas de ellas contradictorias y sesgadas por el cariño, el interés o el desconocimiento. Los medios han seguido la noticia al pie del cañón, que no de la letra, dando cumplida información de lo que pasaba dentro y fuera del palacio de Justicia oscense. Los expertos hemos hablado, y algunos pontificado, sobre la posible enfermedad mental del acusado y los rasgos de su personalidad. Y la gente, los ciudadanos, el pueblo ha seguido con decreciente interés la evolución del proceso quizá por la saturación informativa.

La defensa del “presunto asesino u homicida” ha intentado por todos los medios dejar claro ante el tribunal que la autoacusación del procesado era fruto de su mente enferma, de su “delirio”, de un trastorno, para unos sólo de la personalidad, para otros de la locura por antonomasia. Los letrados han preguntado con detenimiento y meticulosidad sobre las pruebas periciales, unos intentando darles un valor determinante, los otros, dejándolas reducidas a hechos circunstanciales, carentes de la validez suficiente como para sustentar una sentencia condenatoria.

Ahora sus señorías, tras la correspondiente deliberación, hablarán como sólo lo deben hacer los jueces: a través de su sentencia. Allí, de forma independiente, motivada y dejándose guiar por “la sana crítica”, nos darán su opinión y los fundamentos de hecho y de derecho que la sustentan y apoyan.
 
Difícil se lo han puesto a sus señorías. El descuido de unos, la acusación, al no aportar ninguna prueba pericial psiquiátrica, y la habilidad de los otros, la defensa, al “marear la perdiz” y presentar al acusado como “un pobre enfermo delirante” que se presta a ser el “chivo expiatorio” de todo un pueblo, han creado, al menos en mi lo han hecho, dudas razonables de la culpabilidad del reo. Y ya sabe, “in dubio pro reo”.

Difícil se lo han puesto a los jueces, y difícil se lo han puesto los letrados al acusado, ya que si el tribunal acepta la existencia de una enfermedad mental como la que se nos ha contado, tendrá que aplicar la exención de responsabilidad y ordenar un tratamiento psiquiátrico alternativo como medida de seguridad. Y aunque éste, en ningún caso podrá superar en tiempo al que le hubiera correspondido si se le hubiera aplicado una pena, el acusado puede pasar los próximos 10, 15 ó 20 años de su vida en un psiquiátrico penitenciario, tomando “obligatoriamente psicofármacos” que curen o, cuando menos, mejoren su dolencia y su potencial peligrosidad criminal.

Si sólo aplican la atenuante de enfermedad mental, junto con otras circunstancias como el arrepentimiento y la confesión, le reducirán en uno o dos grados la pena y el acusado saldrá en unos pocos años a la calle y aquí paz y después gloria. En fin, “cosa veredes querido Sancho...”.

En cualquier caso, una vez más habremos sido testigos, cuando no cómplices, de la España profunda, que ahora se llama Fago y antes Puerto Hurraco.