Opinión

La ignorancia

Desde la Revolución de la Ciencia vivimos en una época de exaltación del conocimiento. Las fronteras del saber humano han aumentado exponencialmente en todos los campos.
CarlosLorenOliveros

Desde la Revolución de la Ciencia vivimos en una época de exaltación del conocimiento. Las fronteras del saber humano han aumentado exponencialmente en todos los campos. El modo en que nos conocemos a nosotros mismos y a lo que nos rodea ha alcanzado cotas nunca vistas en la historia precedente. Este afán por saber, paradójicamente, nos ha llevado a desdeñar la importancia de la ignorancia. 

Una de las frases que mejor popularizó un axioma básico del conocimiento fue pronunciada por Donald Rumsfeld, antiguo secretario de Defensa de Estados Unidos, que para defender la sospecha de que Irak poseía armas de destrucción masiva dijo: “Hay cosas que sabemos, hay cosas que sabemos que no sabemos, y hay cosas que no sabemos que no sabemos”. Al final resulta que el uso de la frase fue algo pernicioso y que sí que sabían, pero eso es otro tema. 

Recientemente, Peter Burke, uno de los más reputados historiadores culturales, recapacitaba sobre el poder de la ignorancia en uno de sus más recientes ensayos. Una de las conclusiones más interesantes sobre las que reflexionaba es el hecho de que la sociedad como colectivo es hoy más sabía que nunca; no obstante, las personas como individuos, sabemos poco más hoy de lo que sabían nuestros antepasados. Quizás, la forma más visible de todo esto es nuestra pérdida de polivalencia. Académica, y, por consiguiente, laboralmente, la mayor parte de nosotros vivimos sumidos en un conocimiento específico y cada vez más especializado; somos expertos en nuestra materia, pero tremendamente ignorantes en lo demás. Burke también reflexionaba sobre como la adquisición de nuevos conocimientos tiende en la mayoría de los casos a desplazar a otros al olvido. Podemos pensar en la evolución tecnológica como paradigma de este hecho; una parte importante de la tecnología que podían utilizar nuestros abuelos resultaría hoy prácticamente inservible, al igual que la tecnología que hoy utilizamos caerá en el desuso y la ignorancia para generaciones futuras. 

En los tiempos más recientes, numerosos estudios están prestando cada vez más importancia al peso de la ignorancia en la historia. Una de las causas de este reciente interés es la masificación de la denominada ignorancia “activa”, un fenómeno que ha tenido trascendentales consecuencias en esta última década, y que, si bien no es nuevo en su concepción, sí lo ha sido en su alcance. Podríamos definir este tipo de ignorancia como el acto de esforzarse por no conocer algo. Esta apología del no saber ha suscitado enormes réditos políticos y sociales, con Donald Trump erigido como el emblema indiscutible de esta práctica. No le faltan en cualquier caso imitadores, en tanto que no es difícil encontrar equivalencias a nivel global y nacional, tanto en el espectro político de la derecha, como de la izquierda, debido a que en muchos casos comparten algunas características comunes, tales como el rechazo a determinadas fuentes de conocimiento, la negación de la evidencia, la simplificación argumental o la apelación a la emoción en lugar de a la razón. 

El devenir del futuro es uno de los tipos de ignorancia más irremediables; uno de los que más ha preocupado a filósofos, científicos e intelectuales a lo largo de la historia y que pertenece, además, a la categoría de cosas que no sabemos que no sabemos. Volver la vista al pasado no nos aportará ninguna certeza, pero quizás si nos pueda ayudar a entender como otras personas afrontaron esta incertidumbre. Goya, nuestro gran genio de la pintura, nos alertó muy visualmente de que el sueño de la razón producía monstruos. Hoy sabemos que dichos monstruos siguen al acecho. ¿Sabremos también despertar a tiempo?