Opinión

¿Existe el diablo?

Hoy, en la conversación con un amigo ha aparecido la palabra demonio. Este amigo señalaba que el demonio existe y que se manifiesta en la tendencia a la maldad que los seres humanos tenemos, como decía Arthur Schopenhauer, y que es consecuencia, en definitiva, del pecado original por el que fuimos expulsados del paraíso; todo ello, lógicamente, en sentido figurado.

Hoy, en la conversación con un amigo ha aparecido la palabra demonio. Este amigo señalaba que el demonio existe y que se manifiesta en la tendencia a la maldad que los seres humanos tenemos, como decía Arthur Schopenhauer, y que es consecuencia, en definitiva, del pecado original por el que fuimos expulsados del paraíso; todo ello, lógicamente, en sentido figurado.

La realidad es que las personas que tenemos más de sesenta años hemos vivido una infancia muy influida por la doctrina católica de los años cincuenta a los setenta, en los que la figura del demonio era invocada con mucha facilidad. Reflexionando sobre la existencia o no de esta figura, que el jesuita Arturo Sosa ya niega en la actualidad, he querido hacer una reflexión a la luz de la Psicología actual.

La condición humana consiste en que somos animales que por encima de todo buscamos nuestra supervivencia y la de nuestra especie; ahorramos energía, lo que supone que tenemos tendencia a explotar a los otros, a robar; somos envidiosos, queremos lo que tienen los demás; somos agresivos para conseguir lo que otros tienen e imponer nuestras ideas; somos egocéntricos: no podemos pensar a través de las opiniones de los demás; tenemos más emociones negativas que positivas; estamos programados para pensar de forma negativa, estar siempre alerta, por eso cuantos más súbditos tengamos, tendremos más defensores y menos atacantes; estamos programados para buscar (dopamina) el placer. En definitiva, diríamos que somos al menos un 70% de maldad, frente a un 30% de bondad.

Pero, por otro lado, somos la única especie animal que puede ser solidaria con aquellos que ni siquiera conoce. Para ahorrar energía, podemos distribuir papeles para trabajar y así trabajar menos; podemos aprender a evitar la envidia ya que nos produce cortisol y transformarla en ejemplo o metas nuestras a conseguir; somos capaces de compartir para aprovechar mejor nuestros recursos (se ahorra viviendo en grupo en una casa que viviendo solo, por ejemplo); la mente humana puede llegar a aceptar, aunque no a compartir, ideas contrarias que muchas veces son fuente de inspiración y creatividad; somos capaces de pensar de forma positiva, ya que si aceptamos nuestra realidad humana con sus defectos y somos capaces de estar arropados por una comunidad solidaria, aprenderemos a relajarnos, a aceptar el presente y a transformarlo con ayuda de otros; podemos mentalmente controlar la llamada continua del placer presente (dopamina) por un proyecto ad futurum (serotonina) lleno de felicidad aunque de menor intensidad. En definitiva, con nuestro 30% positivo podemos revertir ese 70% negativo.

Por otro lado, ese porcentaje va a depender de las influencias tanto genéticas, como ambientales, sobre todo, en la infancia. Podríamos decir que cada persona pasada la primera infancia, sobre los seis años, tiene un determinado grado de resiliencia, de capacidad para afrontar la adversidad fruto, como hemos dicho, de la herencia y del cuidado afectivo recibido en su medio familiar. Y, podríamos decir, que el porcentaje que antes hemos hablado del 70/30 % vendría modificado por ese grado de resiliencia. Así, las personas poco resilientes, con baja tolerancia a la frustración aumentarían el índice de maldad hasta un 90 o 95%, mientras que las personas muy resilientes podrían disminuir ese índice hasta el 50 o 40%.

 Además, ese índice de maldad/bondad fluctúa día a día, momento a momento según las circunstancias. Esto es, una persona con un índice medio de 70/30 % podrá aumentarlo hasta en un 85/15% si se ve acosado, agredido física o psicológicamente; por el contrario, ese índice podrá ser reducido hasta un 65/35 % si se siente querido, aceptado, reconocido, apoyado. Porque, frente a la frustración de una expectativa no cumplida, frente a la percepción de una agresión física o psicológica las personas podemos reaccionar de tres maneras; dos de ellas son negativas, la agresión interna o externa; y una sola, positiva, la aceptación. Y todo ello, vendrá determinado por el grado de resiliencia que hemos señalado, o el índice de maldad/bondad inicial de la persona.

En consecuencia, diríamos que el demonio no existe, pero que los seres humanos en función de nuestra primera infancia y de las circunstancias tenemos de serie una tendencia hacia lo negativo…, y también hacia lo positivo. Utilicemos esta última tendencia y seremos felices.