Opinión

Retazos de historia

Poco o nada hemos hecho los españoles para reconocer, sentir en el alma e identificarnos con nuestra propia historia. La de este denigrado país nuestro que vivió su mayor esplendor hace siglos. Envidiable historial el nuestro, lleno de sucesos y gestas heroicas que para sí hubiesen querido países con aparente mayor entidad. Ésos que han sabido vanagloriarse en todo momento de su pasado, plasmarlo en la literatura, en el cine y en la televisión para venderlo después a los demás.

Poco o nada hemos hecho los españoles para reconocer, sentir en el alma e identificarnos con nuestra propia historia. La de este denigrado país nuestro que vivió su mayor esplendor hace siglos. Envidiable historial el nuestro, lleno de sucesos y gestas heroicas que para sí hubiesen querido países con aparente mayor entidad. Ésos que han sabido vanagloriarse en todo momento de su pasado, plasmarlo en la literatura, en el cine y en la televisión para venderlo después a los demás.

Historias memorables en tiempos de orgullo patrio. Hechos que conformaron durante siglos a todos los españoles sin excepción y que son obviados ahora por nacionalistas que retoman los acontecimientos desde donde les interesa y los transfiguran a su antojo, reinventando su propio pasado mientras una buena parte de nuestros historiadores hacen mutis por el foro.

A uno le gusta ojear esos puestecillos de libros viejos que se montan en verano en plena calle con la plausible finalidad de recaudar fondos con propósitos caritativos. Uno busca y suele encontrar algo. En agosto pasado, y entre otros, le tocó el turno a un libro menudo, amarillo y viejo: Náufragos, de Alvar Núñez Cabeza de Vaca.

Cabeza de Vaca era andaluz, de Sevilla o Jerez, nacido entre 1490 y 1507. Pero su origen poco importa. Podría haber sido aragonés, catalán, vasco, gallego, extremeño, conquense o murciano. No era relevante, era español sin más. Y fue tan solo uno entre tantos que vivieron hechos similares y de los que no se tuvo noticia porque no quedó testimonio escrito de ello. Se sabe que formó parte de una expedición comandada por el gobernador Pánfilo de Narváez, que partió de Sanlúcar de Barrameda el 17 de junio de 1527, con cinco navíos y unos seiscientos hombres. Objetivo del viaje: conquistar al otro lado del Atlántico las provincias que caían entre el río de las Palmas y Florida.

El naufragio de los barcos, el desconocimientos de la zona, la tripulación diezmada, los numerosos ahogados, desaparecidos, asesinados por indígenas o muertos por enfermedades, frío o hambre, hicieron que en el mencionado testimonio escrito por el mismo Cabeza de Vaca se narraran las peripecias de tan solo cuatro de los supervivientes, incluido él mismo, a todo lo ancho y hacia el sur de los actuales EEUU. Un relato crudo donde muestra la capacidad de sobrevivir y la adaptación a tierras desconocidas y a tribus dispares a través de las polvorientas y resecas tierras de Texas y Nuevo México.

Sorprende en esa narración el nombre de algunas de esas tribus indígenas, regiones y ríos que cuatro siglos y pico más tarde hemos conocido a través de ese espléndido cine del oeste que han plasmado directores norteamericanos de destacable talento. Una nación que ni siquiera existía, y aún tardaría en darse a conocer, cuando Cabeza de Vaca y sus compañeros de infortunio atravesaron de este a oeste los nuevos territorios, proporcionando las primeras noticias de su existencia al resto del mundo.

Tribus que nos ha mostrado después el cine a su manera, que vivían en el neolítico aún, que pasaban de una vida placentera a vivir las mayores calamidades posibles. Hombres y mujeres que morían de hambre y enfermedades diversas o eran asesinados por miembros de otras tribus vecinas. Entre esas tribus, que debido al cine parecían haber sido descubiertas por la apuesta caballería norteamericana, Semínolas, Cheroquis, Apaches, Comanches y Navajos, tribus que sobrevivían entre los ríos Apalache, Alabama, Misisipi, Colorado y Bravo.

Lástima no haber podido disponer en España de ese potencial de directores y actores de lujo, y del todopoderoso dólar también, para haber podido contar desde aquí, con conocimiento de causa, sucesos memorables que nos hubieran permitido alcanzar el merecido protagonismo.