Opinión

Con la teta al aire

Los medios de comunicación, con más razón que santos, nos vienen atiborrando desde hace tiempo con noticias desalentadoras del todo relacionadas con la crisis: paro, recortes presupuestarios, aumento del déficit e impuestos, sanidad y educación a la baja, son solo algunos de los indicadores económicos que marcan la pauta y dejan al resignado contribuyente con el culo al aire. Tal vez por eso sea bienvenida una sonrisa, mostrando al lector otra parte de la anatomía que haga aflorarla.

Los medios de comunicación, con más razón que santos, nos vienen atiborrando desde hace tiempo con noticias desalentadoras del todo relacionadas con la crisis: paro, recortes presupuestarios, aumento del déficit e impuestos, sanidad y educación a la baja, son solo algunos de los indicadores económicos que marcan la pauta y dejan al resignado contribuyente con el culo al aire. Tal vez por eso sea bienvenida una sonrisa, mostrando al lector otra parte de la anatomía que haga aflorarla.

Es una de las muestras de desinhibición del ser humano y del avance de los tiempos en la sociedad que nos lleva. Esa cosa que se llama persona, familia, pueblo o nación y que no ceja en su empeño de innovar y de crear nuevas formas en su proceder. Y menos mal que es así, si no andaríamos anclados en el pasado, sin preguntarnos si esto es mejor que aquello que fue, o al contrario. Aunque la tendencia es seguir por inercia lo que hacían nuestros padres, que a su vez repetían lo mismo que nuestros abuelos y tatarabuelos, hemos de razonar, porque lo que ayer veíamos con buenos o malos ojos, hoy podemos vislumbrarlo de otra manera. En cualquier caso el mañana lo irán conformando los pequeños mamones de hoy, esos angelitos mofletudos que están para comérselos porque huelen a esperanza, colonia y leche.
 
Es bastante probable que algunos mal pensados se hayan enganchado al artículo por el título que, así, a bote pronto, se antoja descarado. Errarán del todo porque no van a leer nada indecoroso, sino lo contrario. Hay que explicarlo, claro, porque uno piensa que ya iba siendo hora de que las jóvenes madres descubran el pecho sin recato alguno y den de mamar a sus hijos cuándo, cómo y en el lugar que les venga en gana. En la terraza de un bar del paseo de Independencia, en el cine, durante una conferencia o en un concierto de música renacentista o coral. Es lo menos que puede hacerse con un bebé hambriento necesitado de nutrientes maternos.

En épocas pasadas, resultaba impensable que una mujer pudiera dar de mamar a su pequeñín en un lugar público. Era demasiado. Aunque uno no cree que estuviera sancionado por ley, sí que lo estaba, si no por la propia mujer, por la sociedad mencionada y por el marido, que no podía consentir que cualquier fulano pudiera ver las tetas a su mujer. Por eso la mamá buscaba cualquier lugar discreto, el patio de una casa, una tienda, el tronco de un árbol o una pared, cualquier lugar alejado de miradas. Mientras tanto, el papá del niño montaba guardia, como un centinela, mirando hacia todas partes con desconfianza y cara de mala leche.

Un cree que en aquellos tiempos las mamás, y a pesar de las calamidades de la posguerra, estaban en posesión de una mejor dotación al respecto que las mamás de ahora. Tanto, que daban de mamar al bebé hasta que ya le habían salido los dientes. Y menos mal, porque apenas existían sustitutos de esa leche. La solidaridad era tal que no era difícil encontrar a una madre dando de mamar a la vez a dos bebés de distinto padre cuando alguna madre no podía darle el pecho a su hijito. Uno a cada lado, el propio y el ajeno. Como debía ser. Tal fue el caso de uno, que parece ser que mamó solamente de la teta derecha de su madre, porque la izquierda se la adjudicó una vecinita que se agarraba a ella clavando las uñas como un pulpo hambriento. Según le contó su madre a uno de más mayor, uno no paraba de mirarla a la yugular con el entrecejo fruncido, por eso de los celos. Pero es menester confesar que la cosa no pasó a mayores y que uno no tuvo que ser después acusado de violencia machista.

Una joven madre dando de mamar a su hijito es una de las imágenes más hermosas y conmovedoras que existen. Así lo entendieron numerosos y magníficos pintores y escultores, sobre todo, los de arte sacro, que en todos los casos representaban a la Virgen ofreciendo el pecho al Niño Jesús. Tan solo tres de los muchos autores. Roger Van der Weyden, Bartolomé Bermejo y un boceto a lápiz de Miguel Ángel, todos ellos en obras del siglo XV.