Opinión

El sueño cavernario de Platón

Un demente con ingenio ha concebido esta locura: los políticos de su país han sido hechos prisioneros y encadenados («¿por extraterrestres?», se preguntaría Iker Jiménez; «¡no, por atlantes!», replicaría Platón).

Un demente con ingenio ha concebido esta locura: los políticos de su país han sido hechos prisioneros y encadenados («¿por extraterrestres?», se preguntaría Iker Jiménez; «¡no, por atlantes!», replicaría Platón). Estos políticos no pueden ni girar la cabeza ni moverse de su escaño, obligados a contemplar las imágenes, proyectadas sobre la pared, de los objetos que pasan por delante de un potente foco, dentro de una caverna cuya dignidad, continúa este loco, han agraviado llamándola parlamento. Y todavía más, los ronzales con que están atados han sido trenzados con hebras de billetes de curso legal.

Si hubiera algún político capaz de deshacer el nudo que lo ata a su escaño, sólo entonces podría girarse y contemplar la realidad de su país tal como es y tal como está. Sus compatriotas no estarían en mejor situación, la gran mayoría pegada a su televisor o a cualquier otro artilugio «inteligente». Estos medios, continúa el loco, ya no informan sobre la realidad, ahora es más beneficioso, útil y barato montar imágenes y distracciones a medida. En el país de este loco, el «conocimiento de la palabra» se ha visto sustituido por el «conocimiento de la imagen», por la apariencia, por la mera opinión.

Hace tiempo que profesores y padres con sentido común nos advierten: estamos destruyendo la «cultura de la palabra» en beneficio de la «cultura de la imagen». Las falsas imágenes proyectadas en la pared cavernaria de Platón se están convirtiendo en la única realidad, la sustituyen. Ya no vivimos en el «gobierno del saber», sino en el «gobierno de la opinión», y, lo más asombroso: hemos hecho esta transición «democráticamente».

Tengo dos hijas y pienso en ellas cuando veo parlotear a los políticos (no importa de qué signo), y me pregunto dónde ha quedado la dignidad y dónde la excelencia.

En los parlamentos de nuestro país, en las universidades, en las escuelas y en nuestra memoria debería esculpirse en piedra esta sentencia: «Resuélvete a seguir la conducta más excelente y por costumbre te deleitarás en ella». Nos la dejó Pitágoras hace veinticinco siglos, y, lo más asombroso, no tiene comisiones.