Opinión

Cuando los ricos guerrean…

La desgracia de los buenos políticos es que nunca son lo bastante buenos como para decirse que no son los mejores. Demasiados dirigentes políticos, mediante las puertas giratorias, siguen encumbrándose merced al desdoro y la opulencia, vulnerando los supuestos «votos» de honestidad, ecuanimidad, justicia y transparencia

La desgracia de los buenos políticos es que nunca son lo bastante buenos como para decirse que no son los mejores. Demasiados dirigentes políticos, mediante las puertas giratorias, siguen encumbrándose merced al desdoro y la opulencia, vulnerando los supuestos «votos» de honestidad, ecuanimidad, justicia y transparencia.

Las personas honradas que quieran evitarse disgustos y frustraciones, mejor que no ingresen en política. Pero si poseen vocación de servicio público, harían bien en oriéntense hacia la medicina, la enseñanza, la investigación o la empresa, sin que importe el orden. Si, aun así, la ambición o la ingenuidad las llevara por el tortuoso camino de la cosa pública, eviten que su candidez, o su codicia, los convierta en pésimos críticos de sí mismos y de sus compatriotas, y huyan del exceso de oportunismo para llevar su carrera a buen puerto y no a una eléctrica, consultora, o cazadora de sabe Dios qué talentos.

Hemingway escribió: «La papelera es el primer mueble en el estudio del escritor». Le faltó añadir que, en el despacho del político, ese mueble es la mesa, ante la que sentarse, de una puñetera vez, a dialogar gobierno y oposición.

Dijo Martin Luther King: «O aprendemos a vivir todos juntos como hermanos, o moriremos todos juntos como idiotas». Y si nada cambia, ¿será inevitable la advertencia de Sartre?: «Cuando los ricos guerrean, mueren los pobres».