Opinión

El producto de una ilusión

Si Zama fue el fin de Cartago, Waterloo (adviértase la ironía) fue el principio del fin de Napoleón. Hoy no sólo estamos poniendo en juego nuestro destino, sino el de las generaciones futuras.

Si Zama fue el fin de Cartago, Waterloo (adviértase la ironía) fue el principio del fin de Napoleón. Hoy no sólo estamos poniendo en juego nuestro destino, sino el de las generaciones futuras. Pero cuidado con el exceso de ambición, «que el andar a caballo», dice el Quijote, «a unos hace caballeros, a otros caballerizos».

Las cosas importantes de la vida suceden por impulso. Es el caso de los grandes escritores, maestros, arquitectos, empresarios y demás visionarios, pero también de las personas que ponen todo su afán en sacar a sus familias adelante, que se implican en la marcha del colegio de sus hijos, en el sindicato o en el partido político que defiende sus intereses.

Hay momentos en que los conflictos se suavizan mediante intercambios y compromisos, asignando a cada grupo unas cuotas de beneficio, excesivas para unos, escasas para otros. Antes o después alguien aspira a un poder que los demás consideran abusivo y unos u otros se rebelan. Surge la polarización, el lenguaje adquiere tintes bélicos y todos se sienten llamados a alinearse.

Tras la derrota viene la disgregación del grupo caído. Entonces el enemigo comienza una sistemática disgregación de la sociedad vencida. Los derrotados, temerosos y a la desbandada, perdida la confianza en sí mismos, en sus instituciones, en su historia, quedan huérfanos de valores. Algunos adoptarán los de los vencedores.

Recientemente, a finales del siglo XVIII, fue redescubierta una fórmula política que no lleva a la destrucción de los derrotados, se trata de la democracia contemporánea. Cuando un partido gana las elecciones, los derrotados no son perseguidos, al contrario, son convocados a permanecer cerca del vencedor y mantenerse vigilantes, constituyéndose en una oposición leal, útil y eficaz. Es como si todos los votantes fueran considerados como soldados armados que, en el momento de la batalla, sin derramar ni una gota de sangre, se hiciera recuento y al grupo o partido con más soldados se le otorgara el poder durante cuatro años, tras los cuales ha de celebrarse una nueva batalla simbólica.

Es la democracia con alternancia. «Todo lo bueno que ahora consideramos realizado fue antes producto de una ilusión», dijo William Blake.