Una noche en el cementerio entre tumbas, leyendas y estatuas que cobran vida

Una noche en el cementerio de Torrero entre tumbas, leyendas y estatuas que cobran vida por Todos los Santos.

La luz empezaba a hacerse cada vez más tenue a las puertas del cementerio de Torrero de Zaragoza y poco a poco los valientes aprendices empezaban a llegar. Equipados con farolillos y guiados en todo momento por una luna en pleno eclipse, estaban a punto de adentrarse entre tumbas y mausoleos para disfrutar de la visita guiada teatralizada de ese sábado 28 de octubre de la mano de Gozarte.

Una noche en el cementerio
Habrá visitas guiadas la noche de Halloween (31 de octubre), el 4 y el 11 de noviembre

Eran las 20.00 horas de la tarde y cerca de cien personas (que tuvieron que ser divididas en dos grupos) iban a tener aquella noche la posibilidad de conocer los secretos mejor guardados de uno de los cementerios más bonitos de España. Vero y David iban a ser los “profes” al cargo de una clase con muchas ganas de aprender todo lo que todavía no se podían hacer a la idea que iban a vivir.

Aunque para aquellos que después de estos primeros párrafos estén buscando cómo vivir esta experiencia, la noche de Halloween (31 de octubre), el 4 y el 11 de noviembre tienen una cita con Gozarte a las 20.00 horas en la puerta del antiguo cementerio de Torrero.

Una noche en el cementerio
Se hace un recorrido por la historia del cementerio

Para los afortunados que se habían hecho un hueco, farolillo en mano, empezaba su visita. Tras unos primeros pasos, los intrépidos alumnos iban aprendiendo sus primeras lecciones. ¿Cuándo empezamos a enterrar a la gente en cementerios? ¿Por qué tenemos tanto miedo a estos lugares? ¿Quién fue la primera persona enterrada aquí? Muchos interrogantes a los que poco a poco David iba dando respuesta con maestría.

“Los romanos enterraban a sus difuntos en la entrada de la ciudad”, iba relatando David haciendo hincapié en que Zaragoza es un gran ejemplo de ciudad romana. Aunque de aquellos años hasta ahora algunos gestos como las flores no han cambiado sino que los hemos heredado con el tiempo y sigue siendo tradición adornar a los difuntos con vivos colores. “Se pasaban el día comiendo por haberlo tenido cuando alguien fallecía”, explicaba David, y que bien nos haría poder ser de vez en cuando “un poco más romanos” cuando se trata de llorar nuestras pérdidas”.

Los cementerios (a no ser que sean como el de Arlington en Washington) son por lo general pequeñas ciudades. Y como toda gran ciudad cuenta con unas calles principales Al igual que pasa en el mundo de los vivos, todo el mundo intenta “mostrar su mejor versión” también en el de los muertos. Estructuras que bien podrían ser del mismísimo Miguel Ángel, enormes templos propios de la Toscana italiana, capotes de torero, unos pequeños angelitos custodiando a un padre que los ha dejado demasiado pronto y hasta una esfinge. Porque sí, no hace falta irse hasta Egipto para contemplar una.

Además de por la grandeza de esos monumentos, grandes nombres se encuentran enterrados como es el caso del jurista Joaquín Costa, quién a punto estuvo de tener su particular Monte Rushmore. Las familias más poderosas de la ciudad como la de Antonio Morón descansan junto a las más humildes y para aquellos a los que nadie vela por ellos, siempre les queda la fosa común, donde como un pequeño rayo de esperanza, es un lugar en el que siempre hay flores. Porque esas almas buenas que todavía quedan en el mundo depositan allí sus ramos para velar por los que nadie lo hace.

A lo largo de sus dos horas de duración, además de sacar a relucir la grandeza del lugar, se descubren las partes menos humanas del ser humano. Las tapias de fusilamiento durante la guerra civil forman parte de una visita en la que muchas cosas no se pueden ver porque alguien decidió en algún momento robarlas. El que más sorprende, una gran estatua de más de más de una tonelada de peso que un día, como si su peso no fuese un impedimento, “desapareció”.

Cierto es que todos estos robos están “algo más seguros” gracias a Mariano, el primer invitado de la noche. Además de velar por la seguridad del grupo, se encarga de vigilar cada noche el cementerio y con un toque de humor y un acento muy maño les recuerda a sus visitantes que no hay nada que temer ahí dentro, que “de lo que realmente hay que tener miedo es de los vivos”. Y razón no le faltaba. Por si fuera poco esta aparición, las estatuas en Torrero por las noches cobran vida. Aunque ya le falten las funciones básicas de cualquier mortal, una agradable andaluza “de piedra” vela cada día a los pies de su torero que yace entre las tumbas.

¿Por qué están los cementerios llenos de Cipreses? ¿Por qué al principio nadie quería ser enterrado en los cementerios? ¿Qué pasa cuando no eliges bien el material de las tumbas? Preguntas y más preguntas seguían siendo respondidas por David sin parar a pesar de que de vez en cuando lo hacía con la ayuda de unos artísticos y ciertamente graciosos ayudantes que eran también los encargados de cerrar la visita.

Ya decía Mecano eso de “no es serio este cementerio” y poco serio ha sido en realidad el de Torrero durante una visita en la que no han faltado las risas, las anécdotas y las leyendas en uno de los únicos lugares en el mundo en el que los muertos están tan cerca de los vivos. Un lugar donde como en aquellos versos de Espronceda casi se pueden tocar y que recitaba aquello de “los vivos muertos parecen, los muertos la tumba dejan”.