¿Cómo podemos saber nuestra edad biológica más allá de lo que ponga en el carnet de identidad?

Conocer en qué grado y en qué lugar se encuentra metilado nuestro ADN podría servir como herramienta para estimar el grado de decadencia de nuestro organismo
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Diana Campos Iglesias, Universidad de Oviedo En cada cumpleaños, las velas iluminan el pastel, marcando los años transcurridos desde nuestro nacimiento. Pero ¿reflejan realmente cómo envejece nuestro cuerpo? El número de velas solo representa la cantidad de años vividos, lo que conocemos como edad cronológica. En realidad, esta cifra ofrece escasa información acerca de los efectos del paso del tiempo en nuestro organismo, ya que la disminución progresiva de las capacidades físicas y mentales que conlleva el proceso de envejecimiento puede diferir (y difiere) de una persona a otra. Dos individuos que nazcan a la vez pueden envejecer a un ritmo distinto, y pueden desarrollar enfermedades asociadas a la vejez a diferentes velocidades. Teniendo esto en cuenta, quizá deberíamos basar ese concepto que llamamos “edad” no tanto en el tiempo que ha pasado desde que nacimos, sino en el estado funcional de los diferentes órganos de nuestro cuerpo frente a un modelo estandarizado. Es lo que se conoce como edad biológica. Establecerla, más allá de las velas que soplemos el día de nuestro cumpleaños, plantea un auténtico desafío.

Más allá de las apariencias

Dado que la influencia del envejecimiento se extiende a prácticamente todos los procesos biológicos, se han propuesto numerosos biomarcadores como candidatos para medir ese parámetro. Algunos, utilizados desde hace mucho tiempo, se basan en características visibles que todos conocemos: la aparición de canas, la caída del cabello, el declive de las funciones cognitivas, la pérdida de visión y audición, las dificultades de movilidad, la atrofia muscular y la presencia de arrugas en la piel. Sin embargo, otros indicadores obtenidos típicamente en pruebas médicas ofrecen una visión más completa de nuestra auténtica edad biológica. Es el caso de la presión sanguínea, los niveles de glucosa, insulina y colesterol en sangre, los niveles renales de creatinina y albúmina y la capacidad pulmonar, entre otros. Recientemente, y gracias al avance de la biología celular y molecular, hemos añadido nuevos biomarcadores basados en diferentes claves del envejecimiento. Uno de los más conocidos es la longitud de los telómeros, las estructuras terminales de nuestros cromosomas que se van acortando con el paso del tiempo. Otro de los indicadores moleculares más conocidos es el grado de metilación del ADN, una forma de modificación epigenética que puede interferir con las funciones de las células.

Explorando la edad biológica a través del reloj epigenético

La metilación –la adición de grupos químicos llamados metilo al ADN– abre una fascinante ventana hacia el conocimiento de nuestra edad biológica. A medida que envejecemos, este proceso disminuye de forma generalizada, aumentando con ello el riesgo de activar la expresión de genes relacionados con el deterioro y la pérdida de funcionalidad. Conocer en qué grado y en qué lugar se encuentra metilado nuestro ADN podría servir como herramienta para estimar el grado de decadencia de nuestro organismo. Los análisis moleculares que nos permiten cuantificar los niveles de metilación mediante el uso de fórmulas matemáticas se conocen como relojes epigenéticos. En 2013, el investigador Steve Horvath presentó un innovador reloj epigenético capaz de predecir con precisión la edad biológica en diferentes tejidos. Se fundamenta en el estudio de la metilación de 353 posiciones específicas del ADN humano, denominados sitios o islas CpG. Desde entonces, diversos investigadores han desarrollado relojes similares, aportando perspectivas ligeramente distintas. En 2018, Morgan Levine, Horvath y otros científicos introdujeron el DNAm PhenoAge, un nuevo instrumento que no solo considera patrones de metilación, sino también otras señales como los niveles de glucosa en sangre y marcadores de función hepática y renal. Esta innovación busca predecir el deterioro en la salud de un individuo y la aparición de enfermedades asociadas a la edad. Y otro destacado reloj desarrollado por Horvath y colegas, GrimAge, va más allá al prever no solo la edad biológica, sino también la esperanza de vida. En la actualidad, varias compañías –como Tally Health, Elysium Health o MyDNAge– comercializan test basados en estas herramientas que prometen determinar nuestro grado de decadencia orgánica a partir de simples muestras de sangre, orina o frotis bucal.

¿Podemos atrasar el reloj?

Al contrario que las mutaciones, las modificaciones epigenéticas son potencialmente reversibles. Existen evidencias de que la edad biológica puede aumentar ante situaciones de estrés, retornando posteriormente a sus niveles originales, lo que indica que es algo modulable. ¿Es posible entonces ajustar nuestro reloj epigenético para controlar el ritmo del envejecimiento? Tanto en modelos animales como en humanos se ha evidenciado que la edad biológica puede verse afectada por la presencia de enfermedades, el tratamiento con fármacos, el estilo de vida y la exposición a diferentes condiciones ambientales, entre otras circunstancias. Estos hallazgos sugieren que las prácticas asociadas a hábitos saludables, como el ejercicio físico regular, una alimentación equilibrada y una correcta gestión del estrés, podrían efectivamente mantener nuestro reloj biológico a raya. Según David Sinclair, profesor de Genética de la Escuela de Medicina de Harvard, “la edad biológica determina nuestra salud y, en última instancia, nuestra esperanza de vida. Es el número de velas que deberíamos apagar. En el futuro, con los avances de nuestra habilidad para controlar la edad biológica, tal vez tengamos menos velas en el pastel que el año anterior”. De cualquier forma, aún queda un largo camino por recorrer y muchas preguntas sin respuesta en este fascinante campo de investigación.The Conversation Diana Campos Iglesias, Investigadora postdoctoral, departamento de Bioquímica y Biología Molecular de la Universidad de Oviedo-IUOPA, Universidad de Oviedo Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.