La tecnología al servicio de la enseñanza

La relación entre el maestro o la maestra y el alumno o la alumna es crucial para el bienestar emocional, la motivación y el éxito académico de los estudiantes
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En la actualidad, la educación enfrenta retos significativos debido a la revolución tecnológica de la que somos partícipes. Sin duda, es crucial reforzar las competencias digitales tanto en el profesorado como en el alumnado para tomar el control de la tecnología y asegurarnos de que está al servicio de la enseñanza. Sin embargo, no debemos perder de vista que, más allá de la transmisión de conocimientos técnicos, la educación tiene un objetivo fundamental: el desarrollo integral de la persona.

En el proceso educativo, hay diversas situaciones a las cuales las instituciones públicas deben responder con celeridad: la mejora de las condiciones laborales del profesorado, el refuerzo de su liderazgo en el aula, la ampliación de sus competencias para mejorar la experiencia de aprendizaje del alumnado, el incentivo del uso de metodologías de aprendizaje eficientes y eficaces, y la ampliación de las acciones formativas para mejorar su actividad docente.

Es evidente que la sociedad requiere perfiles profesionales que respondan a la demanda en diversos campos. No obstante, nuestras sociedades también necesitan personas capaces de reflexionar, interactuar y contribuir de manera positiva. Las humanidades son la piedra angular de una formación integral, humanista y reflexiva, que aporta sentido y finalidad a la actividad profesional. La tecnología sin una visión humanista de su uso genera una falsa sensación de control, donde falsedades se convierten en verdades y superficialidades se consideran principios a defender.

Este enfoque tiene una clara perspectiva «personalista». Siguiendo los planteamientos de Emmanuel Mounier, la esencia de la persona radica en su apertura y capacidad de comunicación. Según Mounier, la persona es un ser que trasciende su propia individualidad para conectarse con los demás y con el mundo que le rodea. Esta apertura no solo se dirige hacia el exterior, sino también hacia su propia interioridad, donde reside su verdadera esencia y libertad. La educación, entonces, debe fomentar esta doble apertura: hacia los otros y hacia uno mismo, promoviendo una comunicación auténtica y significativa que enriquezca tanto al individuo como a la comunidad.

La enseñanza debe incorporar la tecnología, la innovación y cualquier recurso que se considere contribuyente al proceso de aprendizaje. Pero, ante todo, la educación debe ser un proceso que respete y potencie la singularidad de cada individuo, ayudándoles a descubrir y desarrollar sus propias vocaciones y valores en un entorno de libertad y responsabilidad. Solo así se puede lograr una sociedad más justa y equitativa, donde cada persona tenga la oportunidad de contribuir desde su unicidad y creatividad.

Estamos en una era marcada por la hiperconectividad y la inmediatez. La educación debe, por tanto, ir más allá de la mera instrucción técnica, promoviendo un crecimiento integral que incluya la reflexión interior y la apertura hacia los demás. De esta manera, podremos formar personas capaces de enfrentar los desafíos del presente con humanidad, ética y un profundo sentido de comunidad.

Lecturas recomendadas:

Mounier, E. (2014). El personalismo. Antología esencial.