¿De verdad leemos bien los enunciados de los exámenes?

Varias personas leyendo un examen
photo_camera Leer de manera cuidadosa y atenta cada enunciado puede marcar la diferencia entre el éxito y el fracaso de un examen
Olga Cruz Moya, Universidad Pablo de Olavide Los estudios afirman que cuanto más jóvenes somos, menos nos gusta leer instrucciones de cualquier tipo. Pero hacerlo bien o mal puede cambiarnos la vida, si pensamos en evaluaciones como las pruebas de acceso a la universidad, donde unas décimas pueden ser cruciales para obtener plaza en la carrera deseada. Leer de manera cuidadosa y atenta cada enunciado puede marcar la diferencia entre el éxito y el fracaso de un examen. A menudo, los estudiantes cometen errores y pierden puntos muy valiosos debido a malentendidos provocados por una lectura superficial o apresurada. Supongamos que en un examen de lengua española se indica: “Conteste brevemente a tres de estas cuatro preguntas”. Un estudiante que no preste la suficiente atención puede responder a todas las preguntas o extenderse innecesariamente en su redacción, y estos errores pueden conllevar una calificación menor incluso si el contenido de las respuestas es correcto. Cuando leemos enunciados de exámenes o ejercicios de clase, lo mismo que cuando leemos las instrucciones para cualquier otra cosa, es preciso hacerlo de una manera concreta. ¿Por qué leer instrucciones exige una estrategia diferente de comprensión escrita? Existen varios motivos: 1. Lectura intensiva: orden y contenido Las instrucciones son textos con una finalidad performativa. Es decir, sirven de guía para que el lector realice una acción más o menos complicada. Por tanto, para su comprensión debe emplearse una lectura intensiva que preste atención no solo a las palabras, sino al orden en que están dispuestas. Esta información tan precisa requiere ser almacenada en la memoria de trabajo, cuya duración es breve. La investigación sugiere que el cerebro puede retener de forma activa en torno a siete elementos, pero a muchos de nosotros incluso nos cuesta recordar cómo llegar a un lugar si las indicaciones tienen más de tres o cuatro pasos. 2. Descifrar las metáforas o consignas Los enunciados instructivos buscan ser lo más simples y breves posible. A menudo emplean términos técnicos que “empaquetan” tareas más complejas, como es el caso de los típicos “Halla la x” o “Justifica tu respuesta”, que pertenecen a tradiciones discursivas bien conocidas en nuestro entorno lingüístico. Descifrar estas consignas, llamadas por los lingüistas metáforas gramaticales, implica un dominio del registro académico producto de la alfabetización avanzada o el entrenamiento. 3. Distracciones peligrosas A veces, las instrucciones se insertan en una situación de la vida real de la que surge la pregunta. Esto es muy frecuente en los test para obtener el permiso de conducción y en los problemas de matemáticas. Sin embargo, esta contextualización, en ocasiones, puede hacer que la atención se disperse y se pasen por alto detalles imprescindibles para la resolución de la actividad. 4. Automatismos y prisas Conocer la forma en la que suelen presentarse o redactarse las preguntas de un examen puede jugarnos una mala pasada. A nuestro cerebro le encantan los automatismos y podemos saltarnos o leer incorrectamente palabras clave: ¿quién de nosotros no ha firmado en un lugar incorrecto por no detenerse unos segundos a leer lo que indica un formulario?

Estrategias útiles

  1. Leer con atención: dedicar tiempo a leer cada enunciado con detenimiento. Subrayar las palabras clave: suelen ser las que indican acciones específicas, como “explica”, “enumera” o “analiza”.
  2. Identificar el tipo de pregunta: puede ser una pregunta de opción múltiple, de desarrollo o un problema matemático. Conocer el formato de la pregunta es fundamental para responder de manera adecuada.
  3. Analizar las partes de la pregunta: desglosar la pregunta en los componentes principales que se deben considerar al responder. Esto ayuda a evitar respuestas vagas o irrelevantes.
  4. Considerar el contexto: leer el enunciado en el contexto de la materia o tema en cuestión. Esto sirve para comprender el propósito y la relevancia de la pregunta y para identificar el significado de la terminología que puede aparecer en la misma.
  5. Revisar las instrucciones adicionales: algunos enunciados pueden incluir limitaciones de tiempo o requisitos específicos de formato en la respuesta. Hay que prestar atención a estas instrucciones y seguirlas rigurosamente. Por ejemplo, si se indica claramente que se debe expresar la respuesta en forma de fracción, pero el estudiante no lo lee, podría dar una respuesta decimal y perder puntos valiosos.
  6. Evitar suposiciones: no se debe asumir información que no se proporciona en el enunciado. Hacer suposiciones infundadas puede llevar a dar respuestas incorrectas o incompletas.
  7. Verificar la respuesta: al terminar, revisar la respuesta para asegurarse de que se están abordando todas las partes de la pregunta de manera precisa y coherente. Leer el enunciado junto con la respuesta sirve para constatar que se ha comprendido correctamente lo que se ha pedido.
En resumen, la lectura cuidadosa, un adecuado conocimiento de la tipología de la pregunta y una correcta deducción de los elementos contextuales son factores esenciales para abordar de manera efectiva cualquier examen o texto instructivo. Unos minutos de nuestra atención pueden evitar que nos caiga encima el mueble que hemos montado, convertirnos en conductores o conseguir la nota que necesitemos en el examen de acceso a la universidad. ¿No es fascinante cómo leer bien puede cambiarnos la vida?The Conversation Olga Cruz Moya, Profesora titular de universidad, área de Lengua española, Universidad Pablo de Olavide Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.