La estatalización del crédito

Para calibrar adecuadamente las opiniones que se van a verter a continuación en este artículo, y otros dos siguientes, quiero advertir previamente que, como experto en economía, me siento un liberal a ultranza, es decir, defiendo y defenderé siempre la propiedad privada, la libertad de mercado y el Estado mínimo, y, consecuentemente, defenderé también siempre la primacía de la iniciativa privada, como fuente de riqueza y de recursos, sobre la intervención del Estado, que, tan frecuentemente, suele ser un mal empresario y peor administrador.

Para calibrar adecuadamente las opiniones que se van a verter a continuación en este artículo, y otros dos siguientes, quiero advertir previamente que, como experto en economía, me siento un liberal a ultranza, es decir, defiendo y defenderé siempre la propiedad privada, la libertad de mercado y el Estado mínimo, y, consecuentemente, defenderé también siempre la primacía de la iniciativa privada, como fuente de riqueza y de recursos, sobre la intervención del Estado, que, tan frecuentemente, suele ser un mal empresario y peor administrador. Además, en la mayoría de los países periféricos de la UE, como ocurre en España, tenemos una izquierda prácticamente impresentable, que bajo la falacia de la defensa y mantenimiento o incremento de los derechos sociales de los más desfavorecidos, oculta un afán electoralista de poder político, que favorece el despilfarro, la mala administración, y el desprecio global de la economía, e impide que se alcance ningún acuerdo fundamental con la derecha, para superar la gravísima crisis económica y política que estamos padeciendo en nuestro país. Pues bien, el gobierno del Presidente Rajoy, avalado por las urnas que le han dado la mayoría absoluta en el Congreso de los Diputados, viene haciendo una serie de recortes y reformas para atajar esa descomunal crisis que nos afecta a todos los españoles que, a pesar de ello, persiste en su gravedad, aumentando constantemente el desempleo, hasta cifras verdaderamente dramáticas. Es evidente que, para crear puestos de trabajo y reducir el desempleo, es básico en una economía de mercado consumista-capitalista como la nuestra, la concesión de préstamos a los empresarios y emprendedores, en especial a los pequeños y medianos, que son los que, con sus decisiones e ilusiones, se arriesgan creando esos puestos de trabajo. Sin ellos, no hay incremento de actividad económica posible, necesaria para poner en marcha una nación como España. Hay dos modos de actividad económica generalizada: el conservador, caracterizado por el hecho de primero trabajar y luego ahorrar para comprar bienes y servicios con el dinero ahorrado, es decir sin recurrir al crédito, y el que podríamos denominar consumista-progresista, que recurriendo al crédito, se trata de, primero adquirir bienes o servicios, y luego pagarlos con la obtención de recursos procedentes del propio trabajo, mientras se tiene. Este último modo sobre todo, produce lo que se puede llamar la economía real, tangible, que consiste en la producción masiva de esos bienes y su distribución entre los ciudadanos. Hay un tercer modo, que es el de la economía financiera o especulativa, caracterizado por la obtención de beneficios por el dinero ahorrado, bien a través de la Bolsa, Fondos de Inversión, Títulos, Valores, etc. que también cumple su función de remunerar el dinero ahorrado por el trabajo personal acumulado a lo largo de los años. Este tercer modo, debe ser siempre secundario de cualquiera de los anteriores, puesto que se limita, bien a financiar el capital necesario para constituir y desarrollar empresas, tarea muy importante por otra parte, o bien a remunerar el capital ahorrado por personas jubiladas, que han terminado su época de actividad profesional. El mundo anglosajón, nos ha llevado a todas las economías mundiales, a preferir el de la economía consumista-progresista como el más eficiente para producir bienes y servicios en cantidades masivas, cada vez más perfectos y, generalmente, más asequibles de precio. Pasaron aquellos tiempos en que, un empresario orondo y satisfecho de si mismo y de su negocio, se decía: “Yo he vendido siempre al contado” y otro cariacontecido, famélico con cara de pocos amigos, se decía también a sí mismo: “Yo he vendido siempre a crédito”. También nos ha llevado a multiplicar casi hasta el infinito, los productos financieros que sólo favorecen a los jubilados-ahorradores y a los especuladores, pero no a la economía real. La historia, como la vida, jamás vuelve atrás y no seré yo quien critique, se oponga o defienda que hay que volver todos a vender y comprar al contado, para evitar preocupaciones a veces muy graves como las que padecemos hoy en el mundo occidental, y ser felices en nuestra actividad económica.

Aceptando sin lugar a dudas, la preponderancia prácticamente ineludible ya en todo el mundo, de esa economía consumista-progresista basada en el crédito generalizado a las personas y a las empresas, para que adquieran bienes y paguen servicios, por su mayor eficiencia, queda ahora analizar las causas que nos han llevado a esta situación de profunda crisis económica en la UE y más especialmente en España. Puede decirse que, los Bancos y Cajas de Ahorros de nuestro país, con la ayuda eficaz y sesgada de los políticos, han fracasado en su actividad económica privada, llevando a la ruina a muchas empresas grandes, medianas y pequeñas y a innumerables empresarios autónomos, y al desempleo y dramática situación a tantos trabajadores por cuenta ajena, que se han visto privados de sus ingresos para hacer frente a su vida personal y familiar. Todo ello, a consecuencia de la concesión arbitraria, excesiva y persistente en el tiempo, de créditos a sus clientes, en pocas palabras, en el mejor de los casos, esas entidades financieras, se han equivocado, han metido la pata hasta el corvejón, produciendo tanto dolor y sufrimiento a tantas personas, incluyendo en ellas a las desahuciadas de sus viviendas por no poder hacer frente al pago de las numerosas hipotecas frívolamente concedidas. Estos hechos podrían llevarnos a la consideración de que, la concesión de créditos, como fuente de la economía es muy peligrosa, tanto para el que los concede como para el que los recibe, porque en la vida, nada tenemos asegurado absolutamente, salvo la muerte, y nunca sabemos o estamos seguros de poder devolver el capital prestado. Disponemos del antecedente del crack o gran depresión económica del año 1929, que tanta ruina y suicidios causó en Estados Unidos; algo hemos aprendido desde entonces, pero no mucho, puesto que hemos vuelto a las andadas a principios de este siglo XXI en todo el mundo occidental. La pregunta es: ¿podemos evitar en el futuro que se vuelvan a producir estos desastres económicos que hunden en la miseria social a tantas personas y les causan tanto dolor? Ciñéndonos a España, con nuestras características y alto nivel de desempleo producido por la ruptura de la llamada “burbuja inmobiliaria”, y teniendo en cuenta la oposición radical e impresentabilidad de la izquierda en nuestro país, a cualquier medida razonable de controlar el despilfarro y el déficit del Estado y de las Autonomías, pienso que se debería hacer lo siguiente: Si como es evidente, el crédito a las empresas y particulares es la base de la inversión y el crecimiento de la economía consumista-progresista en la que estamos inmersos, y por tanto de la creación de empleo, se deduce de ello que el crédito es una necesidad básica para lograr ese crecimiento y por lo tanto cumple una importantísima función social, que no puede desaparecer en ningún momento de la economía de ningún país, si queremos que éste mantenga estable su economía, y el desempleo masivo como ocurre ahora, aun contando con las dificultades propias de la modificación constante de las condiciones sociales. Estamos viendo que las entidades financieras, preocupadas por sus propios problemas de liquidez originados por los activos tóxicos inmobiliarios reducidos de valor tan drásticamente, por esa explosión de la burbuja aludida, han cerrado el grifo de los créditos hace mucho tiempo, y producido la desaparición de tantas empresas y el insostenible desempleo que todos padecemos de una u otra forma. Desde esta perspectiva, entiendo que no se puede dejar a la iniciativa privada sola, el cumplimiento de esa importante función, y el Estado debe intervenir y hacerse responsable último de que el crédito no deje de fluir constantemente para facilitar el mantenimiento e incluso la expansión de las empresas dedicadas a la actividad económica y evitar la penosa situación de muchos ciudadanos que sin él, no pueden cumplir sus compromisos por falta de trabajo y por tanto de ingresos, para mantener dignamente a su familia y pagar sus deudas.

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