Conquistar la felicidad

Conocemos y experimentamos en la vida ordinaria la cercanía de personas cuya forma de ser y su comportamiento despiertan la atracción de lo valioso. Reflejan cualidades positivas que van desde su imagen externa a manifestaciones de sinceridad, amabilidad, respeto, valor. Por ejemplo, ante un deportista que juega limpio y bien, no solamente decimos que es un buen jugador, sino, que por encarnar valores morales, decimos que es un “deportista bueno”. Y así ante otras personas, un médico, un conserje (...) decimos que son “un médico bueno”, o “un conserje bueno”. Con estas expresiones, no decimos solamente que son competentes en su profesión, sino que, junto con ello, son buenas personas.

Conocemos y experimentamos en la vida ordinaria la cercanía de personas cuya forma de ser y su comportamiento despiertan la atracción de lo valioso. Reflejan cualidades positivas que van desde su imagen externa a manifestaciones de sinceridad, amabilidad, respeto, valor. Por ejemplo, ante un deportista que juega limpio y bien, no solamente decimos que es un buen jugador, sino, que por encarnar valores morales, decimos que es un “deportista bueno”. Y así ante otras personas, un médico, un conserje (...) decimos que son “un médico bueno”, o “un conserje bueno”. Con estas expresiones, no decimos solamente que son competentes en su profesión, sino que, junto con ello, son buenas personas.

Las personas somos capaces de desarrollar cualidades, virtudes como la sinceridad, la amabilidad, la honradez, (...), que exteriorizamos en nuestros comportamientos de forma diversa por acciones valiosas. Mas no sólo, por ellas, hacemos actos valiosos, sino que hacen más valioso a quien los realiza. Nos hacemos más sinceros, amables..., es decir que la virtud repercute en el sujeto, le hace mejor.

Las preguntas: ¿qué puedo hacer?, ¿qué debo hacer?, ¿qué es lo mejor? Han sido contestadas de forma diversa, aunque en todos los casos se apunta a la realización personal, a la realización del bien y a la felicidad. Las diferencias las encontramos a la hora de especificar en qué consiste y en cómo alcanzar lo bueno y la felicidad, a partir de la naturaleza humana.

Con todo, dos observaciones se nos presentan con la fuerza de los hechos: la constancia histórica de valores como la libertad, la justicia, el respeto, la amistad (...) y la experiencia de las personas que encarnaron en su vida los valores con una cierta intensidad y excelencia.

Ambas observaciones nos permiten afirmar que aunque haya diversidad y grado de bienes, lo mejor supera a otros bienes parciales. El conocimiento, los bienes materiales, incluso en grado inferior el dinero, pueden contribuir a una cierta felicidad, pero la felicidad completa no la encontramos ahí.
Quienes han experimentado con fuerza el ansia de felicidad, como San Agustín, lo expresaron con palabras que denotan la fuerza del amor creador de Dios: “nos hiciste Señor para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”; u otros razonamientos relacionados con el conocimiento y el amor, que ponen de manifiesto que la felicidad perfecta no se da en esta vida, ya que la felicidad definitiva exige conseguir el bien que colme la naturaleza racional de forma estable y definitiva, junto a la ausencia de todo mal. Durante nuestra existencia terrena, podemos conquistar “cierta felicidad” que incluye horizontes de conocimiento y amor de Dios. Un autor actual lo expresa con estas palabras: "La contemplación de Dios nos acerca a la eternidad ya en esta vida y eleva nuestra alma por encima de la fatiga propia del tiempo; da una serenidad y gozo interiores que los sucesos de la fortuna no pueden dar ni quitar. Por el contrario, cuando el hombre se aleja de Dios y se encierra en los bienes terrenos, nunca está satisfecho y de todo se hastía".


José Arnal. Foro Independiente de Opinión