El Ambos Mundos, un café lleno de historias

Aspecto del edificio en cuyos bajos, tras los porches, se encontraba el Gran Café Ambos Mundos. Ca. 1898. Juan Rafael Alday. Kutxateka-Fondo Alday
Aspecto del edificio en cuyos bajos, tras los porches, se encontraba el Gran Café Ambos Mundos. Ca. 1898. Juan Rafael Alday. Kutxateka-Fondo Alday

Hace casi setenta años que desapareció en Zaragoza el Café Ambos Mundos. Unos pocos zaragozanos que lo frecuentaron lo recuerdan, otros hemos oído hablar de él a nuestros padres o abuelos, del que decían era “el mayor café de Europa en su tiempo”. Así lo refirieron desde aquel 2 de octubre de 1881 en que abrió sus puertas al público, presentado por sus primeros dueños D. Manuel Puy y D. José Sánchez a una ciudad que ya disponía de un buen número de establecimientos de ese tipo (el Suizo, el Matossi, el Europa…), sin hablar de otros más modestos que harían la lista interminable. No cabe extrañarse que, algún viajero del momento, calificara a Zaragoza como la “ciudad de los cafés”, cuando antes lo había sido de sus cien torres.

Su emplazamiento, sumamente céntrico hoy en día, no lo era tanto para aquellas últimas décadas del XIX. La ciudad urbana acababa en la Puerta de Santa Engracia y esa parte de la calle (después paseo) de la Independencia a la que el vulgo seguía llamando “Salón de Santa Engracia”, no disponía siquiera de aceras ni de farolas de gas de reverbero. Y eso que el Teatro Pignatelli, en la acera de enfrente, ya llevaba unos pocos años dando buen servicio.

El grandioso local del Ambos Mundos ocupaba los bajos del edificio erigido al final de los porches, numerado como 30 y 32. Construido por el maestro de obras Antonio Miranda presentaba un inmenso salón central de 38 metros de longitud por 21 de anchura, la mitad ocupada por 18 esbeltas columnas de fundición en dos tramadas que sostenían un lujoso artesonado de madera al estilo renacentista italiano. El resto diáfano, por edificarse bajo el patio de luces del edificio. A ambos lados del salón, dos gabinetes, una sala de billares y los servicios (de caballeros y de damas, toda una novedad) completaban la dotación. Veintiocho ventanales daban luz, proveniente de los porches,  y diez más en la parte posterior, a través de los que se dejaba ver su hermoso jardín.

En total, 208 mesas de mármol y un aforo cercano a los 1.800 personas.

La decoración era impresionante, no solo por las inmensas vigas de madera bellamente ornamentadas que soportaban la techumbre a casi 7 metros de altura, también los arcos falsos sobre los ventanales y la profusión de molduras en las paredes y marcos le daban un aspecto que en nada podía envidiar a sus congéneres vieneses o parisinos. Como colofón, la pintura y el dorado a cargo de Alejo Pescador, pintor de renombre en el ámbito decorativo.

En el gran salón central, de profusa decoración, podía congregarse una buena clientela. Ca. 1895
En el gran salón central, de profusa decoración, podía congregarse una buena clientela. Ca. 1895

Ya en sus primeros momentos a tal suntuosidad se le añadiría un delicioso ambiente creado, al son de marchas, valses y polcas, con los conciertos diarios y las veladas nocturnas de los fines de semana en el jardín posterior. Era habitual la actuación de la Banda del Regimiento Gerona (establecido en el Cuartel de la Aljafería), y de la orquesta titular dirigida por D. José María Moneva y otras agrupaciones musicales. En los últimos años del siglo el público del salón pudo admirar a un joven Pablo Luna, violinista que dirigía desde su atril un sexteto de cuerda. Con el tiempo el maestro Luna se convertiría en uno de los mejores y más prolíficos compositores de zarzuela del país.

En resumidas cuentas, los parroquianos encontraban un establecimiento de grandes espacios, confortable y ostentoso en el que los camareros, con sus chaquetillas de alpaca y largos mandiles blancos, atendían exquisitamente a un público sosegado y culto. Este, mediante la conversación más o menos erudita, socializaba acomodado en los divanes de terciopelo rojo. Caballeros de sombrero de media copa (o bombín) y capa, damas de largos vestidos, algunas con polisón, eran servidos con todo tipo de atenciones. A los fámulos les iba la vida en ello pues, hasta los años 30 del siglo siguiente, no tendrían jornal fijo, consistiendo su remuneración en las propinas de los clientes y algún incentivo más o menos generoso de los patronos.

Las tertulias mas frecuentes en los gabinetes del Ambos Mundos no eran las del comercio, las artes o los estrenos teatrales, que proliferaban en otros cafés, sino las políticas. Tal circunstancia era origen de innumerables disputas tras la lectura de los discursos de Mateo Sagasta, Cánovas del Castillo o Silvela, o las noticias de la guerra de Cuba, que enardecían los ánimos sobre las mesas de mármol y forja. Por algo serían estos materiales, resistentes al airado puñetazo, los utilizados en el mobiliario de estos locales.

Con el desarrollo de la ciudad la lejanía del sitio pronto dejó de ser un problema para los asiduos. Máxime con el acuerdo, en 1893, entre los señores Sánchez y Puy y la gerencia de Tranvías de Zaragoza, por el cual se habilitaría un servicio especial de tres coches (tirados aún por mulas) entre la plaza de la Constitución y la entrada al café. El servicio fue organizado de tal forma que siempre hubiera uno de estos tranvías parado en cada extremo, mientras un tercero hacía el recorrido en uno u otro sentido.

Perspectiva del Paseo de la Independencia, con el edificio del Ambos Mundos tras su ampliación. 1931. L. Roisin. Institut d´Estudis Fotogràfics de Catalunya
Perspectiva del Paseo de la Independencia, con el edificio del Ambos Mundos tras su ampliación. 1931. L. Roisin. Institut d´Estudis Fotogràfics de Catalunya

Los primeros años del nuevo siglo traerían al local cambios importantes. Previo a la comercialización del “fluido eléctrico” el Ambos Mundos, como su vecino el Iberia, habían hecho con él sus pinitos y, en ciertas festividades, dispondrían de iluminación eléctrica, sustituyendo al gas. Para ello se instalaría una dinamo movida en su eje por una pequeña locomotora de carbón alquilada a la Granja Experimental. ¡Ahí es nada! A tal modernidad se le sumaría el cambio en su repertorio musical con nuevas orquestas que incorporaban habaneras y otros sones allende los mares. Era el recuerdo de las provincias de ultramar perdidas.

La gran afluencia de una clientela amplia y fiel lo convierte en una empresa de cierta relevancia económica a nivel local que cotizaría en el “Bolsín” de Zaragoza, (pequeña lonja local de valores bursátiles) junto a otros negocios aparentemente más mercantiles como el Banco Hispano-Colonial, la Electra Aragonesa, Aguas de Panticosa o la Industrial Química. Mucho tuvo que ver en esto el hecho de que buena parte del negocio hubiera sido vendido al Banco de Crédito de Zaragoza, importante entidad, decana de la banca local.

Con la dirección de los señores Calvete, Pobes y Marco, se incorporaron nuevos espectáculos sin regatear gasto alguno. Baste como ejemplo el aristocrático sport de Tiro al Blanco, inaugurado en 1914 con el debut de dos equipos bilbaínos de señoritas en dos sesiones, matutinas y vespertinas. El espectáculo era popularísimo, sumándose a los habituales clientes un público variado que pagaba gustoso su consumición por pasar un rato ameno con los disputados matchs. Las modernas amazonas, vestidas de paje, disparaban al blanco con sus rifles desde una plataforma roja. Afuera, tras los grandes ventanales de la calle de Ponzano, podía verse entre los curiosos a un joven mancebo de la farmacia de Rived, Ramón José, ávido lector y aficionado a la escritura a quien, aquellas jóvenes, recordarían a su amor Valentina. Veinticinco años después, como un homenaje, recogería esos momentos en una fabulosa novela: Crónica del Alba.

Interior del salón de café tras la gran reforma del edificio. 1932. Marín Chivite. Archivo Heraldo de Aragón
Interior del salón de café tras la gran reforma del edificio. 1932. Marín Chivite. Archivo Heraldo de Aragón

Comienzan los años 20 y Zaragoza, como el resto de España, se ve inmersa en un clima de extrema conflictividad social. La clientela cafeteril responde al arquetipo de clase media-alta, y esto es fácil de ver en el vestuario de sus parroquianos. Los jóvenes, con su sombrero canotier à la mode y su humor socarrón, daban un ambiente desenfadado al local. Se recuerda un viejo chascarrillo de la época de fundación que recogía un reportero del diario:

  • ¡Mozo! (gritó un caballero a la entrada al Ambos Mundos), un refresco para mí y otro para mi suegra.
  • No veo a esa señora (contesta el mozo), ¿dónde les sirvo a Vds.?
  • A mi (replicó el caballero), me sirves en este. A mi suegra en el “otro” mundo.

Del rito pausado del café, periódico y tertulia mañanero, se pasa a las veladas de tarde donde una orquesta, ahora con mucho viento y menos cuerda, interpreta nuevos sonidos que provienen de América: El charlestón, el fox-trot y el jazz. Simultáneamente, sus salones son lugar de celebraciones de todo tipo, desde vermouths (o vinos) de honor, fiestas patronales y bailes de carnaval organizados por toda suerte de asociaciones sociales, políticas, artísticas o gremiales. Es el momento para que sus nuevos propietarios, que también lo eran del Gambrinus (señores Luis Pascual e Higinio León) decidan dar un giro completo al negocio. Y no solo con la introducción de las modernas cafeteras express, de gran aceptación entre el público snob, sino algo mucho mayor. La reforma de todo el edificio promovida por el Banco de Crédito de Zaragoza, propietario del mismo les animaría a afrontar cambio tan radical.

En esta reforma, llevada a cabo en 1928 por el arquitecto Pascual Bravo, el inmueble se ampliaría notablemente hasta alcanzar las seis plantas de altura, con dos torres prismáticas en los lados, amén de una total reforma estructural. Las plantas baja y sótano tendrían uso comercial y de oficinas, las superiores residenciales. Parte del local del Ambos Mundos sería ocupado por las oficinas bancarias. El café perdió las viejas columnas metálicas, que serían sustituidas por pilares pétreos, se desmontaron los fastuosos artesonados optándose por una mayor sobriedad en paredes y fachadas y, en el  mobiliario, van desapareciendo los mármoles, sustituidos por la madera. Todo, en definitiva, enfocado a una estética más moderna y racional.

Se presenta, así, el nuevo Ambos Mundos como un moderno café, con los últimos adelantos técnicos, como el sistema de refrigeración para el confort total de sus parroquianos o la adquisición del amplificador musical PHILIPS con el que sacar mayor provecho a cantantes y coristas de las jazz-band del momento (la Carús Band, la Moltó, la Orquesta Pallás).

Exterior del Café, bajo los porches del paseo. Ca. 1930. Archivo Municipal de Zaragoza
Exterior del Café, bajo los porches del paseo. Ca. 1930. Archivo Municipal de Zaragoza

No todo iba a ser música y tranquila conversación en el deleite de la taza de moka. Sus gabinetes fueron testigos mudos de conjuras y graves conspiraciones, como la que tuvo lugar un domingo lluvioso de diciembre de 1930, víspera de la Purísima, entre varios miembros del Comité Revolucionario de Zaragoza y Huesca. Sus participantes serían Rafael Sánchez Ventura, joven catedrático zaragozano, Ramón Acín, maestro nacional de Huesca y, presumiblemente, el capitán de infantería Fermín Galán. Este último, cinco días después, sublevaría la ciudad de Jaca, donde tenía su empleo. Por este motivo y tras un consejo de guerra, acabó siendo fusilado junto a su compañero  el capitán García Hernández. Dos años más tarde, proclamada la Segunda República, se encontraban de nuevo en el Ambos Mundos Sánchez Ventura y Acín, a los que se había unido Luis Buñuel, antiguo compañero de la Residencia de Estudiantes. A buen seguro, además de conversar sobre las duras críticas de su última y controvertida película Un chien andalou, los amigos recordarían a aquellos capitanes valientes considerados mártires de la nación.

Los años republicanos no dejan de ser convulsos como la década anterior, con infinidad de protestas y huelgas de distintos sectores. Bien lo sufrió nuestro café cuando, en la jornada de Huelga General de octubre de 1931, se lanzaría un explosivo a su interior produciendo innumerables daños en la vajilla y el mobiliario, un buen susto a los clientes y unos días de descanso obligado al personal. Parada de trabajo y de propinas que, aunque ya estipulado el pago del jornal por contrato, todavía constituían una importante parte de sus emolumentos.

Con la guerra civil se prodigaron los uniformes. Los grandes cafés, de liturgia pausada, empezaron a entrar en crisis, viéndose sustituidos en la preferencia de los zaragozanos por bares y cafeterías de menor tamaño que se caracterizaban por cierta premura en la consumición y el alterne. Pero el “Ambos” seguía incólume, ofreciendo sus pases musicales diarios, ahora con una “selección” de música más patriótica emitida en directo y semanalmente a las ondas de la recién creada emisora Radio Zaragoza, EAJ-101.

Con el final de la contienda y la constitución de AMSA (Ambos Mundos Sociedad Anónima), la gerencia acometería en 1941 un nuevo modelo de negocio, diversificando el local y adecuándolo a las necesidades de una variada clientela.

Plano de distribución del establecimiento para la última reforma llevada a cabo en 1941, de José Beltrán. Artículo publicado en la Revista Nacional de Arquitectura

 

Plano de distribución del establecimiento para la última reforma llevada a cabo en 1941, de José Beltrán. Artículo publicado en la Revista Nacional de Arquitectura

Sin llegar a modificar ningún aspecto de su estructura ni perder la estética del conjunto, se encargó al arquitecto José Beltrán una redistribución de los distintos espacios y la sustitución de su mobiliario. El resultado fue un nuevo establecimiento, de 1.350 m2, subdividido de tal manera que quien entrara al mismo por los porches del paseo podría acceder a un amplio vestíbulo-repartidor a cuyos lados encontraría la lechería (izquierda) y la cervecería (derecha), ambos recintos con entreplanta incluida. Siguiendo recto se encontraría con el amplísimo café tras el cual, a un nivel superior, accedería a la gran sala de fiestas con ventanales a la trasera calle de Ponzano, desde la que también podría entrarse directamente.

El escenario, que seguiría siendo elevado respecto al salón del café, se orientaría de modo que las actuaciones pudieran ser igualmente seguidas tanto en éste como en la sala de fiestas, también utilizada para banquetes.

A partir de entonces, la animación musical correría a cargo de agrupaciones de marcado estilo swing, tal fue el caso de la Orquesta Rey, en muchas ocasiones acompañadas por cantantes. La lírica no dejaría de tener su hueco en el programa con la actuación de vocalistas de la cantera que trataban de hacerse un hueco en el oficio. En 1944 Zaragoza se rendía ante una jovencísima promesa del barrio de San Pablo, Lorenza Pilar García, que con su voz prístina y amplia tesitura encandilaba a todo tipo de público interpretando los éxitos del momento: A la lima y al limón, Tatuaje y el pasodoble Miguelito Litri. Con el tiempo, y mucho esfuerzo, la señorita, que adoptaría el nombre artístico de Pilar Lorengar, se convertiría en la mejor soprano aragonesa de todos los tiempos.

Este puede ser un buen momento para acabar nuestro viaje en el tiempo de este gran café, historia viva que fue de la ciudad, y grabar en la memoria colectiva su recuerdo en todo su apogeo. Ni que decir tiene que muchas más historias guardaba el Ambos Mundos el infausto 1 de septiembre de 1955, en que cerró definitivamente sus puertas. Tantas, seguro, como zaragozanos vivieron entre los setenta y cuatro años de intensa vida del mismo. No fueron pocos quienes lloraron su desaparición. No somos pocos los que, aun sin conocerlo, lo echamos de menos.

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