Luis Iribarren Betés / Licenciado en Derecho

Los puentes de Madison oscenses

Luis Iribarren

Para Julio Puente, soriano zaragozano que los tiende en las redes, modalidad contemporánea de uso de su nombre.

Barrancos, foces y torrenteras, paisajes abruptos, han sido salvados por puentes se supone que desde la Prehistoria.

Inicialmente de troncos, de lianas en la cultura africana occidental, de cuerdas para salvar los ríos de los Andes en el caso de los incas (que también contaban con quipus en que cada nudo significaba una cifra según su grosor) o construcciones artesanas como las tibetanas, pasaron a ser el fundamento de la ingeniería de estructuras incorporada a la arquitectura.

No solamente de cruzar vive el hombre y a la posteridad han llegado como símbolos. Los puentes van más allá de su importancia económica, han sido aduana de entrada a localidades-mercado, estratégica para garantizar reinos desde Alejandro de Macedonia, o de mera vecindad.

Son bellos y míticos. En definitiva se tienden puentes como también se puentea cuando se pega un salto sobre el alma de quien sea.

Guardan su propia historia de carabineros en Canfranc, de malentendidos siempre.

A todo el mundo le parece que el de piedra de Zaragoza es romano cuando fue reconstruido producto de inundaciones en el XIV, sufrimos como perros sarracenos con el hundimiento intencionado del de Mostar en las guerras yugoslavas –por lo que significó de aborto de una vida posible en comunidades de la misma etnia pero creencias distintas- o gozamos la vista con los puentes escultóricos como el modernista de San Miguel en Huesca, el gladiolo de imposible mantenimiento de la Hadid en la Expo de Zaragoza o la conservación del puente racionalista de Monrepós, iluminado por la noche, que se ve bajando (no giréis cabeza al subir, por favor y por experiencia).

Qué decir de los abundantes puentes de hierro, herencia todos de la escuela Eiffel, aplicada con belleza y distinción en Oporto. Copiada con brío bilbaíno en el puente colgante de Portugalete.

Pero a todos nos gustan los puentes de sillares y piedreta en sus calzadas erigidos en el medievo sobre tradición romana y revisión, no en Aragón, andalusí. A todos los llamamos cariñosamente “puente romano” aunque su arco suela ser apuntado y, por ende, gótico.

El puente de la calzada de subida a Ansó; el de San Miguel de Jaca del Aragón que es Aragón (así lo llamamos, bañarse en Aragón o Subordán o Veral, que son sagrados) en el camino de Santiago con sus dos arcadas y tan airoso; el que salva la foz de Escarrilla en el Gállego y dio acceso a Panticosa salvando más de cien metros de vértigo y en el mismo río, el maravilloso de Anzánigo o el art-déco curvo de Murillo de Gállego, recientemente pintado al modo de encalar sus pretiles de blanco roto lanzaroteño, parece que hayan resucitado y consultado cómo volar con nada a César Manrique.

En Sobrarbe el emblemático puente de cabecera de San Nicolás de Bujaruelo, que nos susurra sobre la importancia del paso comercial y de peregrinos de Bernatuara, el resonante de los Navarros de Torla –entrada a Ordesa sobre el Ara- que me parece una integración del racionalismo que mejora su entorno, qué decir de los urbanos de Broto y el fantástico barrio puente-ermita con batán de Fiscal.

Los puentes del valle de Vio y Añisclo, los del Cinqueta o alto Cinca, el de entrar a Laspuña… en el río padre de Huesca Este donde también se pasó por nabata y en que más abajo se hallan el puente de las Pilas que da conexión a toda Ribagorza o el de Fraga, referido por Labordeta que ya llega la calor.
Entre Albalate de Fleta y Alcolea, se ven las ripas en cierzo que parece la luz de “Centauros del Desierto” de John Ford, lo que también sucede en los puentes del Guatizalema y Flumen.

Pero mis favoritos son los puentes ribagorzanos de Graus y a su derecha. Los hermosos y bellos del Isábena de un arco apuntado desde Laspaúles hasta más anchos en Capella, con especial atención sentimental a los de La Puebla de Roda y el especialísimo de Serraduy, tres arcos de llorera de emoción. El Móstar aragonés.

Conmociona el conjunto de pasarelas y puentes de Montanyana y Pont de Montanyana, hoy tan visitados por los usuarios tan numerosos de las pasarelas del congosto de Mont-Rebei. Puentes que hablan de la historia confederada aragonesa y catalana.

Todos comprendimos por qué Meryl Streep no quiso cruzar el puente ni pagar el peaje, a cambió aprendió a volver a mirar a través de un forastero sus puentes y a amar renunciando. Eastwood nos devolvió nuestro pequeño país con puentes erigidos para hacerlo, que fueron su cimiento.

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