José María Ariño Colás / Doctor en Filología Hispánica

Tiempos inciertos

José María Ariño

Mientras agosto se desangra entre tormentas y oscilaciones térmicas, mientras en Aliaga –este oasis estival– el cielo se viste de gris, las montañas se tiñen de verde y los ríos mantienen su caudal, aparece septiembre en el horizonte con la incertidumbre por bandera y el regreso a una rutina más o menos olvidada. Atrás quedan dos meses surcados por repetidas olas de calor, por noches casi tropicales, por pavorosos incendios, por eventos sin la engorrosa mascarilla y por una aparente vuelta a la normalidad que se sustenta en la precaución y el olvido.

En el horizonte del calendario, en el acelerado transcurso de los días se perfilan los primeros días otoñales y regresan al tapete de la realidad asuntos pospuestos, problemas pendientes y un afán por recuperar el tiempo perdido después del paréntesis veraniego. Eso sí, todavía queda la primera quincena del mes con sus fiestas populares –como las que se celebran en honor de la Virgen de la Zarza del 7 al 11 de septiembre– con los últimos coletazos del calor y con la agenda repleta de reencuentros y celebraciones.

A medida que avance el noveno mes del año, el nudo de la incertidumbre comenzará a desenredarse y desde todos los canales informativos se nos recordará que hay una guerra en Europa que se prolonga más de medio año, que la crisis energética se va a agravar con la llegada del otoño, que el cambio climático va a seguir haciendo estragos y que el virus puede renacer en el momento menos esperado. Los más agoreros intentarán cortar por lo sano el tenue hilo de las ilusiones y los más optimistas buscarán razones ocultas para mantener el tipo ante lo que se avecina en lo que queda de año.

Se mire por donde se mire, casi todos los ámbitos de la vida cotidiana están lastrados por esta prolongada crisis que afecta a lo social, a lo económico e incluso a lo deportivo. Porque la incertidumbre se ha instalado también en el nefasto inicio de temporada de los equipos aragoneses que siguen un año más en el pozo oscuro de la división de plata del fútbol español. Sin victorias en su casillero, sin los refuerzos esperados y deseados, sin una planificación más coherente, la Sociedad Deportiva Huesca y el Real Zaragoza van a seguir deambulando por los estadios con más pena que gloria. En el caso del equipo de la capital de Aragón serán ya –¿es posible? – diez temporadas en segunda división. Todo un récord negativo en la historia de un club que representa a una de las ciudades más importantes de España. La falta de recursos económicos y el famoso y controvertido tope salarial han dejado cojo a un equipo sin jugadores en la punta de ataque que marquen la diferencia. El casillero de goles aún permanece vacío y la masa social de aficionados, que sigue siendo fiel un año más, comienza a mostrar su desencanto ante lo que está contemplando y ante lo que queda por venir.

Uno se pregunta hasta cuándo se va a prolongar esta inflación desbocada, cuándo va a volver a recuperarse el nivel de los embalses, cuándo descenderá el precio de los combustibles, cuándo terminará esta absurda guerra, cuándo se alejará el fantasma de los incendios, cuándo el virus se convertirá en una gripe estacional y cuándo la vida social recuperará su pulso sin altibajos ni bruscas oscilaciones. De momento, la vida sigue transcurriendo por caminos inciertos y habrá que disfrutar del día a día, como si no hubiera mañana, antes de que el otoño se instale en nuestros pueblos y en nuestras ciudades.

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