El cubrimiento del Huerva, un río invisible

Río Huerva desde el puente de Santa Engracia. Entramado de tablones y maquinaria para el cubrimiento del río. A la derecha el Hospital Universitario, seguido de La Veneciana y al fondo la fábrica de sombreros de Gregorio Hernández. Archivo familia Navarro. 05-01-1925
Río Huerva desde el puente de Santa Engracia. Entramado de tablones y maquinaria para el cubrimiento del río. A la derecha el Hospital Universitario, seguido de La Veneciana y al fondo la fábrica de sombreros de Gregorio Hernández. Archivo familia Navarro. 05-01-1925

Zaragoza ha sido una ciudad que ha vivido de espaldas a sus ríos, ofreciéndole las traseras, por no pecar de irreverente y decir los traseros, de sus edificios, incluso de los más emblemáticos. Utilizados como escombreras o directamente como cloacas, el querido “padre Ebro”, por ejemplo, ha sido durante siglos un muro que solo se traspasaba para salir o entrar a la ciudad pero que no se incluía en ella. Costó dar el salto, si no contamos el barrio del Arrabal, y ver el río como un paseo al que se podía integrar más que como algo molesto que interrumpía el desarrollo urbanístico. Todo daba la espalda al rio… hablamos de las traseras del Pilar, las traseras de la Lonja, las de San Juan de los Panetes,…. Nada mostraba su cara al río, al contrario de otras ciudades como Venecia, donde los palacios muestran sus mejores galas al espejo de las aguas que la atraviesan.

Muro de contención y estructura de tablones vistos desde debajo del puente de Santa Engracia, con la fábrica de sombreros de Gregorio Hernández al fondo. Archivo familia Navarro. 14-03-1925
Muro de contención y estructura de tablones vistos desde debajo del puente de Santa Engracia, con la fábrica de sombreros de Gregorio Hernández al fondo. Archivo familia Navarro. 14-03-1925

Menos suerte aún ha tenido otro de nuestros ríos, la Huerva, o el Huerva, que durante la mayoría de los siglos de existencia de Zaragoza ha pasado rodeándola, pero que conforme esta crecía comenzó a constituir una barrera que dificultaba su expansión. Estrecho y encajonado entre vertientes con un desnivel de hasta 8 o 9 metros de profundidad, esta situación no ayudaba mucho para integrarlo a modo de paseo fluvial urbano. Igual que el padre, el hijo Huerva se tenía que conformar con ver las traseras de edificios que embellecían una de las más hermosas zonas de la ciudad, la Glorieta de Pignatelli, luego plaza de Aragón, en la que los burgueses de la época construían sus preciosos hotelitos, con fachadas imponentes y una reja que delimitaba los jardines con la glorieta, pero que ofrecían sus menos esmeradas fachadas al río, que recibía los desechos de tan ilustres habitantes. Si las recayentes a la glorieta se podían comparar con la cara de los hotelitos, podemos deducir lo que eran las traseras.

Río Huerva aguas abajo del puente de Santa Engracia, que aparece al fondo. A la izquierda, el edificio del Colegio del Salvador de los Jesuitas y a la derecha se ven las traseras de los hotelitos de la Plaza de Aragón, con parte del edificio de la Facultad de Medicina y Ciencias que sobresale al fondo. Archivo familia Navarro. 30-06-1925
Río Huerva aguas abajo del puente de Santa Engracia, que aparece al fondo. A la izquierda, el edificio del Colegio del Salvador de los Jesuitas y a la derecha se ven las traseras de los hotelitos de la Plaza de Aragón, con parte del edificio de la Facultad de Medicina y Ciencias que sobresale al fondo. Archivo familia Navarro. 30-06-1925

Si bien hubo algún proyecto de cubrir el Huerva por parte de Félix Navarro en su “Ensanche parcial de la ciudad hacia el Mediodía y Parque de Zaragoza», o incluso de desviar su cauce ya en la década de 1880, el primer proyecto serio de acometer la obra nacía en marzo de 1898, cuando por parte del Ayuntamiento de Zaragoza presidido por el Sr. Girauta se elevó al Gobierno la petición de ayuda para realizar el cubrimiento del río aguas arriba del puente de Santa Engracia y “en todo el trayecto que el edificio de la Facultad de Medicina comprende”. Este edificio, que se había finalizado de construir apenas cinco años antes, combinaba las funciones de Facultad y de Hospital Clínico, y de sus salas partió un informe, firmado por dignos profesores de Medicina, en el que se indicaba la suma conveniencia de la obra. En él se hablaba del escaso caudal del río y de la gran cantidad de materia orgánica putrefacta que recibía de los pueblos y fábricas situadas en sus orillas, así como de la multitud de colonias bacilares que podían ser un peligro constante de las más graves infecciones. La sección de policía urbana corroboraba las aseveraciones de los profesores, añadiendo que si la insalubridad resultaba perniciosa para la población en general, más lo sería para los enfermos que se encontraban en el hospital, bañado casi por el río-cloaca. No se olvidaban de otros vecinos, como la Compañía de Jesús o la población recientemente construida en la orilla izquierda, léase los hotelitos anteriormente mencionados, quienes también sufrirían de las miasmas dañinas, pero…”considerando que se trata de un edificio oficial en que el Estado ha invertido algunos millones de pesetas”, la petición se circunscribía al tramo contiguo a la Facultad. Eso sí, se esperaba que “sirva de ejemplo y estímulo para completar la reforma que ahora inicia la Facultad de Medicina”. Resumiendo, algo así como que primero me tapas el río al lado de casa, que ya más adelante veremos qué pasa con los demás…

Traseras de la fábrica de don Basilio Paraiso, "La Veneciana", que asoman sobre el desnivel en el que se realizan los trabajos de encauzamiento del río antes de su cubrimiento. Archivo familia Navarro. 12-02-1925
Traseras de la fábrica de don Basilio Paraiso, «La Veneciana», que asoman sobre el desnivel en el que se realizan los trabajos de encauzamiento del río antes de su cubrimiento. Archivo familia Navarro. 12-02-1925

Apoyada la idea por el Sr. Moret, se llegó a elaborar un proyecto en el que el Estado se haría cargo del encauzamiento y la bóveda de la estructura, mientras que el Ayuntamiento pagaría la urbanización de la parte que aquellas comprendían. Durante los años siguientes se sucedieron las reuniones entre Ayuntamiento y Gobierno para hacer el seguimiento del proyecto, pero las habituales dificultades financieras dieron finalmente al traste con él.
Hubo que esperar al 21 de abril de 1924, cuando desde la alcaldía se presentó un concurso para contratar las obras del “Proyecto del cubrimiento del río Huerva para saneamiento y preparación de las obras de ensanche y Parque de Zaragoza”, publicado en la Gaceta de Madrid del 26 de abril de 1924. El autor del proyecto fue el arquitecto Miguel Ángel Navarro y el presupuesto para las obras ascendía a 4.635.000 pesetas.
El proyecto se dividía en dos partes, una aguas arriba del puente del paseo de Sagasta, con una longitud de 422 metros, desde la Facultad de Medicina y Ciencias hasta la prolongación de la calle Lagasca, junto a la fábrica de sombreros de Gregorio Hernández, en la curva llamada de “La Veneciana”, por la fábrica ubicada en esa zona y propiedad de don Basilio Paraíso. La segunda zona era el trayecto aguas abajo desde el Colegio de los Padres Jesuitas, con una longitud de 505 metros hasta la alineación de los edificios Museo Provincial y Escuela Industrial, junto a la fábrica de harinas de Samper.

Entramado de las vigas que componían la cubierta del cubrimiento del río hasta su desmontaje en 2009. Archivo familia Navarro. 1925
Entramado de las vigas que componían la cubierta del cubrimiento del río hasta su desmontaje en 2009. Archivo familia Navarro. 1925

Desde el punto de vista técnico, el cubrimiento se propuso a base de hormigón armado en tablero compuesto de losas nerviadas sobre vigas maestras en conjunto dilatable, apoyado todo sobre muros de hormigón en masa para sostenimiento de las tierras.

El 29 de mayo de 1924 se acordó adjudicar las obras a la empresa “Ángel Aísa Hermanos”, que presentó un presupuesto rebajando la cantidad exigida y comprometiéndose a ejecutar las obras en un plazo de tres años, frente a los cinco estipulados en el concurso, comenzando poco después las obras preliminares que consistieron en arrancar todo el arbolado de la zona afectada, para después comenzar el replanteo general de la obra, la construcción de desagües y la elevación de muros.

Las obras avanzaban a buen ritmo y el concejal Sr. Armisén propuso incluso a los contratistas que permitieran al público ver el curso de las obras con cierta frecuencia, para darse idea de la importancia del proyecto, e incluso uno de los tenientes de alcalde, el Sr. Baraza, expresó la idea de que se colocaran fotografías para que los zaragozanos pudieran ver, en una suerte de exposición al aire libre, la evolución de las obras e incluso se impresionase una película. Sus buenos deseos divulgadores quedaron en un mero proyecto y lo que pudo ser la primera exposición fotográfica en una zona luego tan utilizada para ello quedó en nada.

Apenas un año después, buena parte de los muros ya estaban levantados y dispuestos para el comienzo del cubrimiento propiamente dicho, que se iniciaría desde la rasante de la Facultad. Al mismo tiempo se procedía al terraplenado de las calles laterales de la prolongación central, para lo que se aprovecharon las tierras sobrantes de los derribos de la ex Huerta de Santa Engracia y las extraídas para la cimentación de los muros laterales. La Gran Vía resultante se consideraba como extensión del paseo de la Independencia, y el cubrimiento del río como tal debía ser la prolongación de la faja central de dicho paseo. También se había finalizado ya la desviación de la curva que hacía el antiguo cauce del río en el pozo llamado “El Recuenco”, para que el discurrir del río fuera lo más recto posible.

Las obras no solo tuvieron que salvar los grandes desniveles entre ambas orillas del río, sino también circunstancias derivadas de inundaciones debido a grandes crecidas, como la del 9 de septiembre de 1925, que provocó la retirada de la maquinaria, bombas de desagüe y vagonetas para evitar su pérdida, aunque la crecida arrasó con la rampa que unía la zona alta de las obras con el cauce del río.

Curva de “La Veneciana” en el tramo final de la primera fase del cubrimiento del Huerva. Al fondo, la Facultad de Medicina y Ciencias seguido de las traseras de la iglesias de Santa Engracia, el puente homónimo, el colegio de los Jesuitas y las traseras de los edificios 6 y 8 de Sagasta. Fondos Coyne. Archivo familia Navarro. 01-04-1925
Curva de “La Veneciana” en el tramo final de la primera fase del cubrimiento del Huerva. Al fondo, la Facultad de Medicina y Ciencias seguido de las traseras de la iglesias de Santa Engracia, el puente homónimo, el colegio de los Jesuitas y las traseras de los edificios 6 y 8 de Sagasta. Fondos Coyne. Archivo familia Navarro. 01-04-1925

Y mientras las obras continuaban, antes de que la nueva avenida tomara forma ya había propuestas para bautizarla, como la realizada en octubre de 1926 por la Junta del Centenario de Goya de llamarla, cómo no, “Gran Vía de Goya”, aduciendo que la calle dedicada el ilustre pintor era estrecha y secundaria y que la nueva terminaría en el nuevo parque de Buenavista y en el rincón que dedicaron los artistas aragoneses al pintor de Fuendetodos. A la vista está que la moción no prosperó.

Cinco meses después, la prensa ya recogió la noticia de la finalización de las obras, el 4 de marzo de 1927. La empresa Aísa Hermanos había terminado su trabajo en mucho menos tiempo del establecido y ahora quedaba que el Ayuntamiento colocara los bordillos e hiciera el terraplenado de las calzadas, trabajos presupuestados en 50.000 pesetas.
Aún quedaban por hacer las pruebas de carga para comprobar que la obra estaba completa y preparada para su uso, que comenzaron el 26 de septiembre y que se dieron por concluidas el 1 de noviembre. El alcalde Allué Salvador pudo entonces anunciar que la nueva Gran Vía quedaría abierta en breves días, y el día 3 de noviembre de 1927 invitó a todos los concejales a un acto para inaugurar el cubrimiento del Huerva al tránsito público.

Pocos días después se inspeccionó por el propio alcalde el alumbrado de la zona, en la que se colocaron bombillas jalonando las aceras laterales y postes con dobles bombillas en ambos lados del paseo central, aunque no dejaba de ser un alumbrado provisional hasta que Eléctricas construyera el transformador que iban a instalar junto a la Facultad y que sigue ahí.
Dicen que lo que no se ve no existe, y esto se puede aplicar a muchos zaragozanos que en 2009 “descubrieron” que bajo la Gran Vía, hoy recién bautizada como de Ramón y Cajal, discurría un río, ese en el que nadie repara en los tramos en los que sigue al descubierto, cuando se renovó la cubierta para adecuar la zona al nuevo tranvía. O un puente, el de Santa Engracia, que algún cronista había dado por desaparecido años atrás.

Aquí hemos hablado solamente de la primera fase del cubrimiento del río, hubo una segunda acabada en los años 30 aguas abajo del puente y una tercera en los años 60 que prolongaba la segunda, pero el relato de su realización ya no cabe en estas líneas.

Muros de contención y colocación de la cubierta desde el cauce del Huerva con el puente de Santa Engracia al fondo. Archivo familia Navarro. 1925
Muros de contención y colocación de la cubierta desde el cauce del Huerva con el puente de Santa Engracia al fondo. Archivo familia Navarro. 1925

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Río Huerva desde el puente de Santa Engracia. Entramado de tablones y maquinaria para el cubrimiento del río. A la derecha el Hospital Universitario, seguido de La Veneciana y al fondo la fábrica de sombreros de Gregorio Hernández. Archivo familia Navarro. 05-01-1925