Enrique Guillen Pardos
Enrique Guillén Pardos / Profesor y periodista

Los ‘nuevos’ médicos aragoneses

Enrique Guillen Pardos
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Enrique Guillen Pardos

Seis mil quinientos jóvenes aragoneses iniciaron ayer las pruebas de acceso a la universidad, conocidas popularmente como la Selectividad. Muchos de ellos, sobre todo quienes aspiran a plaza en titulaciones con alta nota de corte, viven su primera experiencia de competencia académica, sabiendo que un pequeño error o una situación de mala suerte pueden echar por tierra el futuro que han soñado. Para los demás, la prueba puede hasta no ser relevante porque ya han decidido matricularse en estudios universitarios con exceso de plazas o baja nota de corte o, incluso, porque piensan cursar un grado superior porque les acerca más al empleo que desean.

En los dos últimos cursos la nota más alta de acceso a la Universidad de Zaragoza la ha dado el doble grado de Matemáticas y Física. Hasta que se puso de moda la economía de datos, Medicina acumulaba cursos siendo la facultad con nota de corte más alta. Incluso hoy quienes aspiran a ser los médicos de mañana saben que por debajo de trece puntos, sobre catorce posibles, no tendrán opción de estudiar en Zaragoza o Huesca. Desde hace tiempo, la Universidad de Zaragoza oferta alrededor de doscientas cincuenta plazas para los estudios de medicina, por lo que decenas de jóvenes aragoneses quedan fuera de su vocación por ese criterio tan selectivo.

En los últimos años diversos hospitales y centros de salud aragoneses han denunciado la falta de médicos especialistas y de familia para atender las necesidades asistenciales. De hecho, el problema no afecta a las áreas sanitarias de Zaragoza ciudad, sino sobre todo a Teruel y a las comarcas menos pobladas de Aragón. Una amiga me contaba ayer por la mañana con sorpresa que, mientras entrevistaban a una joven médica, ella justificó su negativa a ocupar una plaza de neuróloga en el hospital de Barbastro porque allí no podía compaginar su puesto público con la sanidad privada. No deja de ser un caso particular y esta conducta tampoco carece de precedentes en un pasado próximo, pero pone de manifiesto algunos vicios de la prestación del servicio sanitario que daña en especial al Aragón despoblado.

Cuando escuchaba esta justificación, el cámara que grababa la entrevista no pudo dejar de decir que en su profesión nadie se permitiría el lujo de no ocupar una plaza en Barbastro o en otras zonas de Aragón porque los aspirantes superan con mucho la oferta laboral. Es sabido que los Colegios Oficiales de Médicos defienden desde hace años un númerus clausus alto en medicina, aduciendo que, de no ser así, no resulta posible mantener la calidad de las prácticas universitarias que exige esa titulación. Sin usar estos argumentos, esta mañana el rector de la Universidad de Zaragoza, José Antonio Mayoral, ha afirmado en el programa La Rebotica de la Cadena SER que la solución a este problema está en una mayor oferta de plazas MIR, no en que la facultad de medicina aumente su matrícula. Sin embargo, en la elección de plazas MIR de este año han quedado sin cubrir en España doscientas plazas de médicos de familia, una parte de ellas en Aragón.

Un amigo catedrático de la facultad de medicina me contaba hace unos días la satisfacción académica que producía comprobar en clase y en los exámenes que todo el grupo de alumnos comparte capacidad, preparación e interés en el aprendizaje. Pero, no puedo olvidar tampoco el comentario que escuché a un cualificado médico, de larga trayectoria profesional, lamentando la falta de empatía de estas nuevas generaciones con el paciente, es decir la pérdida del componente vocacional en favor de valores pragmáticos como el dinero a ganar o la posición social. Él, como otros médicos ya de salida del sistema de salud por jubilación, preferirían que hubiera más alumnos de notable, en lugar de tanto sobresaliente, pero que amaran de verdad su profesión.

Desde hace unos años, los alumnos que obtienen las mejores calificaciones en el examen nacional para Médicos Internos Residentes aprovechan su ventaja en la elección de plaza para optar por las especialidades que, como cirugía plástica y dermatología, permiten ganar más dinero y de la forma más rápida. Paradójicamente, especialidades tradicionalmente médicas, como medicina interna o cardiología, tienen plazas libres hasta bien avanzada la elección. Más allá de la coyuntura, queda la sensación de que la vocación de servicio público, algo básico para la forma de atender al paciente, ha dejado paso a una visión de la profesión médica como negocio.

Cuando ya hemos convertido las emociones o la mente en mercancía, no debería sorprender tanto que esa lógica comercial se apropie también de la salud. Pero, desde la crisis de 2011, la sanidad pública parece sobrevivir a duras penas en medio de esa marea alta que prima ajustar costes sobre la calidad del servicio. Esa lógica ha traído ya la precariedad a quienes trabajan en la sanidad pública y el deterioro de la asistencia a los pacientes, sin que el Gobierno de Aragón se decida a invertir suficiente en personal, tecnología y hospitales o centros de salud. Este horizonte parece amenazar los sueños económicos de las jóvenes generaciones médicas, aunque quizá reproduzca en su interior la desigualdad que acumula la sociedad. Los jóvenes aragoneses que buscan estos días su sueño de ser médicos deberían tener en cuenta esta doble cara tan dispar de su futura profesión.

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