La Aljafería, el exquisito palacio que se convirtió en fortaleza (I)

Acuartelamiento de La Aljafería y torre de la Iglesia castrense de San Martín. Mariano Júdez ca. 1860. Archivo Municipal de Zaragoza
Acuartelamiento de La Aljafería y torre de la Iglesia castrense de San Martín. Mariano Júdez ca. 1860. Archivo Municipal de Zaragoza

Posiblemente la imagen de cabecera pueda ser la fotografía más antigua que se tiene de la Aljafería. Datada hacia 1860, presenta un aspecto desolador. Totalmente desnaturalizada de su original función palaciega, se nos muestra como un edificio en su faceta cuartelera más decadente. Escondidos sus encantos artísticos en el interior, se perciben en mayor medida los añadidos con los que se adecuó a su función militar, allá por el XVIII. Hasta volver a lucir el aspecto que tiene hoy en día sufriría muchos cambios más, algunos desharían sus entrañas con actuaciones irrecuperables, otros seguirían sumando elementos externos que, con la debida asimilación histórica, llegarán a incorporarse en el conjunto monumental del que actualmente podemos disfrutar.

Hablar de la Aljafería es hablar de nuestra Historia. Pasear por su espacio, por el que tantos personajes (reales o ficticios) lo han hecho es inmiscuirse en la Zaragoza taifal de eruditos, artistas y filósofos de la primera escuela andalusí; presenciar los grandes fastos de los reyes cristianos; oír las lamentaciones de los presos de la Inquisición; oler la pólvora detonada por los mosquetes, notar el suelo que vibra con los taconazos de las botas militares; y, por último, asistir a los turnos de réplica y contrarréplica de los representantes ciudadanos en unas lides que, si bien igualmente arduas, ya no se presentan sangrientas.

Existe un relato romántico que narra como, en una sola noche, se hizo realidad el anhelo de Aben Aljafe, el mítico rey de Sarakusta, de poseer un alcázar “…con estucados de pórfido y nácar, torreones altísimos y columnas delgadas y gentiles como las palmeras de Rabat”.

Se cuenta que andaba el rey recorriendo los parajes que se extendían extramuros de la ciudad cuando se encontró con un anciano semidesnudo sentado sobre un peñasco. Se presentó éste como El Ebro, que cansado de una vida sin amor en sus palacios cristalinos deseaba encontrar el que siempre se le había negado. Conocedor también de las añoranzas del rey le propuso hacer realidad su sueño de tener el deseado palacio a cambio de que le fuera entregada a su favorita, Halifa. Cerraron el trato y Aben Aljafe quedó dormido. Al despertar se encontró tendido en una rica otomana, rodeado de paredes de nácar con alicatados de marfil, artesonados de ébano, mosaicos de coral… Comprendió que el viejo Ebro había cumplido su palabra y vio realizado su deseo. Al atardecer, de vuelta a la Azuda, se le informó que, sin saber cómo, su favorita había desparecido.

De esta manera idealizaba el romanticismo del siglo XIX el nacimiento de aquel fabuloso palacio que había degenerado, con el pasar de los siglos, en una suerte de enorme acuartelamiento gris, que poco o nada recordaba su esplendor pasado.

Pórtico norte, del Salón Dorado. La delicada rehabilitación reproduce fielmente el espacio de entrada a las estancias norte del palacio andalusí. Eugene Casselman (Fondos de la Universidad de Wisconsin)
Pórtico norte, del Salón Dorado. La delicada rehabilitación reproduce fielmente el espacio de entrada a las estancias norte del palacio andalusí. Eugene Casselman (Fondos de la Universidad de Wisconsin)

La historiografía reconoce la construcción de la Aljafería en el siglo XI, época reinante del segundo monarca de la dinastía Banu Hud, Abu Yafar Ahmad Ibn Sulayman, de cuyo pronombre Abu Yafar derivaría el nombre del palacio al-Yafariyya.

Sobre la base de una edificación ya existente de carácter militar, que más tarde se convertiría en la Torre medieval del Homenaje, Abu Yafar acometió las obras de su palacio a la par que gobernaba su reino protegiéndolo de los intereses del califato cordobés y del afán de conquista de los cristianos aragoneses. En estas andaba el monarca sarakustí, por tierras del norte cercanas a Huesca, cuando recuperó, con una inteligente maniobra militar, la importante plaza de Barbastro. Los cronistas, deshaciéndose en grandes alabanzas hacia él, lo nombraron Al Muqtadir bi-llah (Poderoso gracias a Dios), título con el que diez siglos después todavía es recordado en algunos rincones del palacio.

Al igual que hizo con la ciudad, protegiéndola de los enemigos por una muralla nueva de rejola en aquellos lugares donde la población había traspasado la vieja romana, así fue también el palacio rodeado por una muralla cuadrangular, en cuyos ángulos se disponían cuatro torreones circulares y en sus lados doce más de traza ultra-semicircular. De todos ellos, tan solo los que figuraron en la muralla oriental se han vuelto a reconstruir.

La conquista en 1118 por Alfonso I de Zaragoza modificaría poderosamente su interior, con una infinidad de importantes intervenciones, algunas de las cuales totalmente crueles con la herencia musulmana. Se simultanea el uso religioso, dirigido por una pequeña comunidad de monjes crasenses, con el de residencia real. Como consecuencia de esto último hubo, habitualmente, Cortes Aragonesas en Zaragoza, y se reunían en la Aljafería.

A partir de Pedro IV, se construye la parte mudéjar a la par que se recrece con dos plantas más el torreón fortificado hasta alcanzar la altura con que hoy podemos admirarlo. Otras muchas intervenciones se hicieron en el interior. Salas y espacios que los estudiosos del arte mudéjar han dado en definir como “la arquitectura de Pedro IV”. Aparte de su interés por admirar los edificios, en sus estancias en palacio gustaba el rey observar todo tipo de animales que en él había provisto, preocupándose continuamente de su correcta manutención, en especial la del oso Anteón, su preferido.

Interior de la iglesia medieval de San Martín, que albergaría el Santo Cáliz, en su fase de rehabilitación llevada a cabo en los ochenta. Eugene Casselman (Fondos de la Universidad de Wisconsin)
Interior de la iglesia medieval de San Martín, que albergaría el Santo Cáliz, en su fase de rehabilitación llevada a cabo en los ochenta. Eugene Casselman (Fondos de la Universidad de Wisconsin)

Pero si en algo sobresalió Pedro IV fue en el aspecto protocolario. Prueba de ello es que fue “el Ceremonioso” quien dejó regulado el rico ceremonial por el que debieran ser coronados en adelante los reyes de la Corona: La tarde de la víspera partiría la comitiva real desde la misma Aljafería procesionando por las calles de los Predicadores y Mayor hasta la Seo, donde el futuro reinante debía velar sus armas toda la noche. Tras su coronación, la de la Reina, e investidura de sus caballeros, marchaba de nuevo tan importante cortejo al Palacio haciendo el mismo recorrido por el antiguo decumano. A su paso, bajo los balcones engalanados con tapices y luminarias, el pueblo se deshacía en grandes vítores al grito de “¡Aragón, Aragón…!”.

El segundo hijo reinante del Ceremonioso, Martín I, fue el artífice de un acontecimiento importante para la iglesia caesaraugustana y que iba a tener lugar en La Aljafería. Tal suceso fue el traslado a la ciudad, por voluntad del propio monarca, del Santo Cáliz desde el cenobio de San Juan de la Peña, donde se custodiaba. Para ello se construyó, posiblemente sobre la vieja mezquita palatina de la esquina nororiental, la iglesia de San Martín, donde se depósito la sagrada reliquia hasta su traslado a Valencia, donde sigue venerándose.

Tras la celebración del matrimonio de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón asistimos al momento de mayor impulso constructivo en el palacio. De finales del XV data el fastuoso palacio levantado en el ala norte del antiguo recinto islámico, al que se accede por una magnífica escalera noble con pretiles de yeserías caladas e iluminada por dos parejas de arcos de medio punto angrelados. En su desembarco se encuentra el corredor superior a través del cual se accede a las diversas salas. Algunas de estas lo eran de gobierno y diplomacia, con el fastuoso Salón del Trono en el que la riqueza de su artesonado empequeñecía embajadores aunque de grandes estados lo fueran. Prestigiosos maestros mudéjares trabajaron en él, labrando en sus casetones el yugo y las flechas del “Tanto Monta”, de cuyo centro y de los nodos de sus nervaduras caen las que dicen piñas, pero que bien podrían ser granadas, a tenor de conquistas coetáneas. Recientemente en tareas de rehabilitación han sido encontrados entre sus maderas dos pergaminos con escritura cúfica que refieren suras coránicas. Entre las estancias privadas, por otro lado, se encuentra la alcoba de Santa Isabel, donde la tradición dice que nació la santa Reina de Portugal.

Ventanales renacentistas de la escalera noble, que da acceso al Salón del Trono y otras dependencias utilizadas por los Reyes Católicos. Ca. 1878. Jean Laurent. Fondos de la Universidad de Zaragoza
Ventanales renacentistas de la escalera noble, que da acceso al Salón del Trono y otras dependencias utilizadas por los Reyes Católicos. Ca. 1878. Jean Laurent. Fondos de la Universidad de Zaragoza

A raíz del asesinato, perpetrado en la Seo de Zaragoza, del inquisidor Pedro Arbués, atribuido a un grupo de herejes y judaizantes, el mismísimo inquisidor general Torquemada, visita el palacio en 1486. Junto a los Reyes Católicos deciden destinar parte del mismo a albergar el tribunal del Santo Oficio. Algunas salas y calabozos, ubicados en la Torre del Homenaje, serían testigos de juicios sumarísimos, destinándose otras a habitación de oficiales y familiares. Por algunos viajeros de época sabemos de la salida de aquellos condenados por herejes, “marranos” o falsos conversos, súbulos y sodomitas que, en patética procesión, se dirigían al lugar donde se desarrollaría el auto de fe. Según el castigo podría ser la Seo y, si iban a ser ajusticiados (quemados), en la plaza del Mercado, donde se ubicaba el “brasero”. Por fortuna, no se oían gritos ni alaridos pues los fueros aragoneses, mientras estuvieron vigentes, no permitían la tortura. Tal importancia cobra la actividad del Santo Oficio que, hasta su traslado a las nuevas dependencias de la plaza de la Santa Cruz, el palacio sería conocido como “de la Inquisición”.

El acontecimiento más sonado y que repercutió finalmente en la ampliación y fortificación de su recinto, fue las llamadas “Alteraciones de Zaragoza”. Los hechos así llamados tuvieron lugar en 1591 cuando el secretario real Antonio Pérez huyó de la Corte acusado de asesinato por el mismísimo Felipe II. En llegando a Zaragoza Pérez pidió acogerse al “Privilegio de Manifestación”, figura procesal del Fuero Aragonés por el que el Justicia podía intervenir las decisiones de tribunales y oficiales reales cuando el procesado, que debería ser aragonés de origen o procedencia o tener domicilio en el Reino, alegaba injusticia. Intentó resolver el monarca la situación promoviendo un proceso inquisitorial (el Justicia no tenía tal privilegio con los tribunales de la Inquisición), por lo que el dicho Antonio Pérez fue trasladado de la cárcel de Manifestados (en uno de los torreones de la Puerta de Toledo, al final de la calle Manifestación) a las del Santo Oficio, en la Torre de La Aljafería. Una turba exaltada, celosa de sus fueros, animada por algunas personas principales, se dirigió allí y, armados con piedras y toda clase de armas arrojadizas, consiguió entrar y liberar al preso. Pérez, a los pocos días, huyó a Francia. De allí pasó a Inglaterra, donde se relacionó con círculos nobles y aún con la mismísima Reina Isabel I a la que ayudó en sus acciones bélicas contra el Imperio Español. La más sonada fue la que, codirigiendo la flota de corsarios ingleses acabó con el incendio, en Puerto Real, de las naos españolas del tráfico de Indias, lo cual provocó la quiebra de la Hacienda Española. Sus intrigas con reyes y reinas, corsarios, sus relaciones con poetas y literatos, hacen de él un personaje de novela. Hasta tal punto es así que el personaje de don Adriano Armado, en “Penas por amor perdidas” (de las primeras obras teatrales de Shakespeare), se supone basado en su persona.

Es sabido de todos que el final de la historia acabó mal para los aragoneses. El joven Justicia, Juan de Lanuza fue decapitado y, si bien las instituciones aragonesas no fueron suprimidas, la Corona aprovechó los desórdenes para ejercer un fuerte poder sobre las mismas.

Vista septentrional de La Aljafería, con la Torre del Homenaje (más tarde rebautizada como “del Trovador”) en cuyas plantas bajas situaba la Inquisición sus calabozos. Ca. 1905. Archivo María Pilar Bernad Arilla
Vista septentrional de La Aljafería, con la Torre del Homenaje (más tarde rebautizada como “del Trovador”) en cuyas plantas bajas situaba la Inquisición sus calabozos. Ca. 1905. Archivo María Pilar Bernad Arilla

De que no volviesen a ocurrir semejantes alborotos por parte de la díscola plebe zaragozana quiso encargarse personalmente el rey Felipe. Para ello debía establecerse una fortificación capaz de albergar tropas y disponer cañones que, si se terciara, apuntaran a la población. Uno de sus principales ingenieros en obras militares, el italiano Tiburcio Spanochi, aportó la idea definitiva de convertir el palacio real de la Aljafería en fortaleza. Se acondicionaría como una ciudadela, con foso de 26 varas de anchura y al menos 8 de profundidad. Se levantarían, además, adosados a la vieja muralla musulmana, habitáculos para el alojamiento de tropas y caballerizas. Y entre éstos y el foso se trazaría un camino de ronda, protegido con un alto pretil o cortina, que circunvalaría todo el conjunto. Por último, en las esquinas del mismo aparecerían cuatro baluartes defensivos: a los ubicados en el levante se les dio los nombres “del Portillo” y “de Santa Lucía”, los de poniente fueron llamados “de San Lamberto” y “de San Felipe”. Sobre cada uno de ellos un pequeño edificio para albergar las tropas y se posicionar cañones y demás armas artilleras.

Alzado oriental, proyecto de fortificación del alcázar de La Aljafería, confeccionado por el ingeniero Tiburcio Spanochi. Archivo Simancas
Alzado oriental, proyecto de fortificación del alcázar de La Aljafería, confeccionado por el ingeniero Tiburcio Spanochi. Archivo Simancas

Con el final de tales obras queda la Aljafería convertida en una impresionante fortaleza, aunque sin perder su carácter de residencia real. Irremisiblemente, tal circunstancia conllevaría, en el transcurso del tiempo, a ser usada en toda su extensión como un mero establecimiento militar. De las profundas transformaciones que sufriría La Aljafería hasta la actualidad y del paso, como hemos dicho, de toda suerte de personajes reales o ficticios nos ocuparemos en una próxima entrega.

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Acuartelamiento de La Aljafería y torre de la Iglesia castrense de San Martín. Mariano Júdez ca. 1860. Archivo Municipal de Zaragoza