La vida del «intelectual» Azaña aterriza en el Museo de Zaragoza tras 80 años de su fallecimiento

La exposición recorre diferentes periodos de la vida de Azaña: su infancia y juventud en Alcalá de Henares, su posterior desarrollo en Madrid // Foto: Laura Trives

Si algo le caracterizaba a Manuel Azaña era su papel como intelectual. Defensor de la democracia, comenzó su andadura política en el Partido Reformista, pero tras la dictadura de Miguel Primo de Rivera abandonó la formación y se declaró partidario de la República Española. En ella, actuó como jefe de gobierno e impulsó un amplio programa de reformas que han dejado huella: desde la legalización por el matrimonio civil y el divorcio, la puesta en marcha de una reforma agraria o la concesión de la autonomía a Cataluña.

Su vida, sus logros y sus inquietudes se pueden conocer desde este viernes en la exposición “Azaña intelectual y estadista: a los 80 años de su fallecimiento en el exilio” que acoge el Museo de Zaragoza. Así lo ha reconocido el presidente del Gobierno de Aragón, Javier Lambán, quien ha puesto en valor la figura de este político. “Rememorar la figura de Azaña y traerla al tiempo presente es algo que, a aparte de satisfactorio desde el punto de vista intelectual y moral, es muy útil en todos los sentidos de la palabra política”, ha asegurado.

El acontecimiento de Casas Viejas le hizo dimitir, pero Azaña no se separó de la política. En 1933, formaba Izquierda Republicana y poco después se integraba en el Frente Popular, con todas las fuerzas de izquierdas, para las elecciones de 1936. Tras su triunfo, se convirtió en presidente de la República y retomó su programa reformista, pero apenas tuvo tiempo; comenzó un golpe de Estado que dio paso a una cruenta guerra civil en la que Azaña no dejaba de defender un “final negociado” ante la perspectiva de derrota. Una postura que, precisamente, ha defendido el presidente autonómico.

“Creo que en estos tiempos que está viviendo España, que está viviendo la política, traer al debate actual, la conversación de los españoles, a nuestra actualidad a un hombre que trató por todos los medios de superar la política española en términos de confrontación entre las dos Españas es absolutamente fundamental”, ha sostenido Lambán, tras remarcar el “perfil político y moderado” de Azaña apostaba por una “democracia liberal sin necesidad de desmontar el andamiaje de la monarquía pero, en contra de sus desvelos, los acontecimientos discurrieron por otros derroteros”.

En este sentido, ha recordado que el político “promovió leyes progresistas y trabajó en una dirección en la que solo encontró obstáculos con la Guerra Civil y fue traicionado y vilipendiado hasta el punto de tener que tener que ser enterrado en Montabán sin un apoyo del régimen de Vichy”.

Azaña intelectual y estadista: a los 80 años de su fallecimiento en el exilio

La exposición recorre diferentes periodos de la vida de Azaña: su infancia y juventud en Alcalá de Henares, su posterior desarrollo en Madrid. Además, se adentra en las tres etapas cruciales de la historia de España: la Segunda República, la Guerra Civil y el Exilio. La muestra, que cuenta con cerca de doscientas obras, proporciona una imagen completa del hombre que fue en su triple dimensión: humana, intelectual y política, subrayando, además de su labor como ministro, jefe del Gobierno y presidente de la República, su condición de intelectual de prestigio.

“Azaña intelectual y estadista: a los 80 años de su fallecimiento en el exilio” ha sido organizado por el Ministerio de Presidencia, Relaciones con las Cortes y Memoria Democrática, a través de la Secretaría de Estado de Memoria Democrática, y Acción Cultural Española, con la colaboración de la Biblioteca Nacional de España, y cuenta, en Aragón, con la financiación del Departamento de Educación, Cultura y Deporte.

Comisariada por Ángeles Egido y Jesús Cañete, la exposición repasa la vida Manuel Azaña, presidente de la II República entre 1936 y 1939, y una de las figuras más relevantes de la historia contemporánea de España, que falleció en el exilio en Montauban (Francia), en noviembre de 1940.

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