Lugares de otra época. Momentos de quienes los sienten

Foto de Jorge Monserrat
Foto de Jorge Monserrat

Volvemos a volcar sobre este blog palabras y vivencias, que como siempre quiero compartir con quienes me leen. Que por cierto, no son pocos en este primer nativo diario digital de Aragón.

Lo fácil sería sentirlo, vivirlo, y simplemente dejar que lo efímero de cada momento se desvaneciera, que lo mío fuera eso, solo mío, ¿pero que sentido tendría la vida si no compartiéramos los momentos?

Hablando de momentos, que mejor que compartir con vosotros un viaje al pasado, al 1919, época que supuso el fin de la Restauración y que fue antesala de todo lo que acontecería en el Siglo XX en nuestra querida España. Época de toreros únicos, con una solera y sabor añejos que encandilaba a quienes los veía pasar ante sí, Joselito El Gallo, Juan Belmonte o el polifacético y para mí admirado Ignacio Sánchez Mejías, que en este año tomaría la alternativa en Barcelona de manos de estos dos genios del la historia del toreo.

Época en la que los principales espadas actuaban en ciudades que tenían estación, pues por aquél entonces el tren era su principal medio de transporte y conexión. Época en la que el torero comenzaba a relacionarse con la cultura y la aristocracia y tenía la capacidad intelectual de cualquier otro miembro de la generación del 27; Lorca, Vallé-Inclan, Zuloaga, Pérez Ayala o Alberti, todos ellos primeros espadas de nuestra cultura española.

Foto de Jorge Monserrat
Foto de Jorge Monserrat

Un viaje que en mitad de la Semana Santa de 2022, durante uno de mis muchos tentaderos de preparación para afrontar la nueva temporada me hizo conectar con todo ello al pasar una portalada a pocos km de Niebla (Huelva) donde ponía bien claro; Finca La Ruiza, donde pastan los legendarios toros de Prieto de la Cal, descendientes directos de los toros de un encaste fundacional de la raza del toro de lidia, los Veraguas, jaboneros, idiosincrasia única.

Junto a mi, Cristián, un buen amigo y Jorge, el cámara que inmortaliza todo aquello que hacemos. He de reconocer que ya había estado alguna vez en mi etapa de novillero, pero once años después La Ruiza, su solera, su solemnidad, su majestuosidad y su torería no deja de sorprender.

Se abre la puerta de caserón blanco, construcción de principios del Siglo XX, y de el sale un hombre alto, con facciones de saber que es el campo, paso firme. ¡Buenas tardes! ¡Buenas tardes! Saludos cruzados. Era D. Tomás Prieto de la Cal, actual propietario de la Ganadería, tras de sí la Marquesa de Seoane, reconocida y afamada ganadera española.

Foto de Jorge Monserrat
Foto de Jorge Monserrat

Mientras me cambio en una de esas habitaciones por donde ha pasado toda la historia del toreo del siglo pasado, veo por la ventana como Jorge y Cristian disfrutan del momento. Y el momento ha llegado, todos ponemos pies en polvorosa y nos vamos hasta la plaza de tientas, ataviados, como merece la ocasiones, con el traje de corto al completo. Bajo las indicaciones de doña Mercedes y don Tomás, bajo la mirada de la familia, mayorales y vaqueros, suena el ¡Vaca va!, la marquesa da la orden de comenzar el tentadero.

Vacas exigentes, de comportamientos diferentes que me hacen emplearme, sacar a relucir la técnica y adaptarme a sus embestidas. No soy yo, lo sabéis todos, torero muy pinturero, más bien soy como dicen por mi tierra, torero de mil batallas, pero en esta ocasión las de D. Tomás me dejaron disfrutar de bonitos pasajes, y pensar en el padre, que saldrá por los chiqueros de San Agustín de Guadalíx el día 11 de junio. Un compromiso serio.

Foto de Jorge Monserrat
Foto de Jorge Monserrat

He disfrutado el momento, y mis amigos, que me acompañan puedo decir que mucho más que yo. Podemos decir que en pleno siglo XXI a tan solo mil km de nuestra casa, hemos vivido lo que vivían nuestros genios cien años atrás. En La Ruiza, hemos vivido lo que es el toreo en sí, una liturgia única que sobrevive con su esencia, años, modas y tendencias.

Antes de regresar a tierras mañas para seguir con los tentaderos, decidimos, como no, en plena Semana Santa parar a cenar en Sevilla, cerca de nuestra gran princesa, La Maestranza, muy tranquilo había estado el viaje, y muy serio, como dice el bueno de Cristian, había estado yo también, hasta que al final del día, llega la «Imanolada», en plena Semana Santa, no se nos ocurre otra cosa que cruzar el puente de Triana con el coche, a lo que nos dimos cuenta estabamos en medio de una procesión, un poco más y los costaleros se nos echan al hombro. Salimos del entuerto con torería, como habría hecho Juncal. Y despedimos el día cenando a los pies de la princesa.

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