IES Ramón y Cajal: cuando “dar alas” a los alumnos tiene premio

Profesores del IES Ramón y Cajal

Lleva por nombre y por bandera el del médico aragonés más famoso de todos los tiempos y, como él, pregona el esfuerzo y la innovación como sus valores inquebrantables. “Un centro pequeño y humilde”, así lo describe Guillermo Sánchez, su director, aunque lo cierto es que el IES Ramón y Cajal de Zaragoza pasará a la historia por haber dado pasos muy grandes. Y es que el modelo educativo de este instituto público zaragozano se basa en la igualdad de oportunidades, se venga de donde se venga y se tengan las capacidades que se tengan. “Igualdad, equidad e innovación” son los tres pilares de un lema que rige el día a día en este centro de referencia nacional situado en el Gancho. Un centro que no ha pasado desapercibido para la Fundación Princesa de Girona, que en este 2022 ha querido reconocer su labor con el Premio Escuela del Año 2021.

Cuando Sánchez entró en el equipo directivo de este centro, que actualmente cuenta con alumnos de 36 nacionalidades diferentes, decidió hacer de su heterogeneidad una fortaleza y “tratar esa diversidad desde la individualidad”. El director pensó en ese momento que “el instituto tenía que metamorfosear” y, para ello, creyó necesaria la implantación de “una educación más líquida, que se adaptase a las necesidades de cada alumno”. El Ramón y Cajal dio así un cambio radical en todos los sentidos que se comenzó a materializar con su entrada en el grupo de la Dirección General de Innovación.

“Lo que tenía claro era que no tenía que imponer ningún cambio a la comunidad educativa, sino convencerles de que necesitábamos ese cambio”, explica Guillermo. Y esa convicción fluyó más rápido de lo esperado: “Todo el mundo acogió con entusiasmo esta nueva forma de trabajar, especialmente el claustro, que se ha implicado enormemente”, comenta.

Una tarea que no era fácil con un profesorado exhausto por tener que adaptarse a nuevos cambios cada vez que un partido político diferente entraba a gobernar. “Llevo más de 30 años en la docencia y he vivido ocho leyes educativas. Pero después de tanto tiempo, aunque podría estar cansado y desilusionado, me he sentido como un profesor joven, nuevo, que inicia una etapa diferente”, expresa el director con respecto al vuelco en la metodología del centro, “un empujón motivacional y emocional” que ha compartido la comunidad educativa en su conjunto.

Alumnos en una de las aulas de ESO

Constancia, trabajo y esfuerzo han derivado, a largo plazo, en resultados muy satisfactorios en materia de convivencia y rendimiento escolar, pero lo que el equipo del Ramón y Cajal no esperaba en absoluto era recibir tal reconocimiento por parte de la Fundación Princesa de Girona. “Este premio era una utopía, pero decidimos probar y, unos meses después, nos llamaron para decirnos que el jurado nos lo concedía por unanimidad”, expresa el director todavía sorprendido.

“Es un espaldarazo a la labor de un equipo muy unido, un punto de inflexión que nos dice que vamos por el buen camino”, manifiesta Sánchez. Un equipo que, ante todo, define como “inconformista”, porque cada año es nuevo en este instituto cuyo único reto es dar a sus alumnos “una educación democrática y crítica que les permita tener igualdad de oportunidades al enfrentarse al futuro”. O, lo que es lo mismo, “darles alas”, pero siempre a través del “afecto, la profesionalidad y la calidad”. Alas, define el director, que necesitan como “personas críticas que se van a enfrentar a un mundo con mucha información, mucha de ella falsa, para convertirse en ciudadanos libres”.

La Familia Real entregará en persona este galardón en una visita al instituto zaragozano que tendrá lugar el próximo otoño y que el equipo directivo espera que otorgue “mucha visibilidad” al centro o, al menos, la suficiente para que las Administraciones comiencen a fijarse en sus carencias y traten de suplirlas. “Hace muchísimos años que no hemos tenido inversiones fuertes a nivel de infraestructuras, y el instituto necesita mejoras. Egoístamente, me gustaría que la Administración aprovechara esta visita para arreglar algunas cosas”, ha demandado Guillermo Sánchez.

Formación profesional para personas con discapacidad

Si hay algo diferenciador en IES Ramón y Cajal es, indiscutiblemente, su apuesta por la inclusión. Esta inclusión se manifiesta en uno de los proyectos más gratificantes del centro, que es también el que requiere mayor inversión. El Programa de Cualificación Inicial (PCI) es una Formación Profesional completamente adaptada para alumnos con discapacidad intelectual o, mejor planteado, “estudiantes con necesidades educativas especiales”, tal como describe la coordinadora del PCI en el centro, María Jesús Marco Logroño. Para poder acceder a esta formación deben contar con un dictamen de alumnado Acnee y un informe psicopedagógico actualizado.

Alumnos de Bachillerato, durante una de las clases

Este programa de dos cursos es eminentemente práctico y está enfocado a ayudar a estas personas a integrarse en un mundo que tradicionalmente los ha rechazado, especialmente el laboral. 2.000 horas que culminan con una cualificación profesional oficial y que incluyen 240 horas de formación en empresas. “En el instituto reproducimos el mundo del trabajo: tenemos una máquina de fichar que los chicos tienen que usar al entrar y salir; y, por otro lado, si tienen que ir al médico, deben pedir permiso y traer después el correspondiente justificante”, detalla Marco.

Lavandería y textiles, Fabricación y montaje, y Agrojardinería y arreglos florales son las tres familias del PCI del Ramón y Cajal, cada una integrada por 20 jóvenes, diez por curso. Un total de 60 alumnos a los que guían seis profesores técnicos, en sus clases prácticas, y cuatro expertos en pedagogía terapéutica, en las teóricas. No hace falta adentrarse mucho en el centro para apreciar los frutos del trabajo de este equipo, que se pueden contemplar ya desde la verja por la que asoma un cuidado jardín rebosante de flores. También varios invernaderos, a cargo de los alumnos jardineros del centro, relucen en la parte exterior del instituto. Los del PCI se encargan, además, del mantenimiento de todo el edificio y la organización de actos y eventos.

“Estos chicos brillan cuando vienen aquí, porque es la primera vez en su vida que se juntan con iguales”, explica María Jesús Marco. “Vienen después de haber sufrido problemas de bullying, abandono y exclusión, y de repente aquí se juntan con 60 personas entre las que nadie es raro y nadie los juzga, porque todos somos diferentes. Empiezan a tener novios, grupos de WhatsApp, amigos para quedar. A veces llegan incluso media hora antes al instituto para poder pasar más tiempo con el resto”, añade.

Actualmente, el PCI del Ramón y Cajal tiene un proyecto Erasmus en marcha, Inserta XXI, que tiene como piedra angular la inserción laboral mediante el intercambio de buenas prácticas. “Soñamos en voz alta y se hizo realidad”, comenta la coordinadora. Croacia, Rumanía e Italia participan también en este proyecto con centros de un perfil muy similar y los profesores ya han realizado varios viajes a algunos de estos países para valorar e intercambiar ideas que beneficien al alumnado.

Un alumno del Aula PCI de Fabricación y Montaje

Ideas como, por ejemplo, la de tender puentes comunes entre los estudiantes con discapacidad del PCI y el resto de alumnos de Educación Secundaria. Algo que en el Ramón y Cajal ya llevan a cabo en sus proyectos de convivencia, en los que “todos participan en bloque”, lo que, según Marco, genera un “beneficio mutuo”, y es que “trabajando conjuntamente todos aprenden a apreciar la labor y las capacidades de unos y otros”.

“El PCI es un proyecto precioso. Nuestro único problema es que se nos considera FP en todos los sitios excepto en la Dirección General de Educación”, denuncia la coordinadora. Esto implica no contar con el mismo dinero que cualquier otro centro de Formación Profesional realizando un trabajo que conlleva los mismos gastos o incluso superiores. “Las fundaciones se portan muy bien, pero las aportaciones son justas, nos tenemos que buscar la vida”, lamenta Marco, que asegura que se conformarían con una legislación justa que les considerara FP “y no un programa de atención a la diversidad”.

La emoción del alumnado, el pegamento del aprendizaje 

Otro de los pilares que dio un vuelco de 360 grados a la metodología del Ramón y Cajal y fascinó al jurado de la Fundación Princesa de Girona fue el de la innovación. Con el profesor de Educación Física, Juan Morata, al frente como coordinador, el claustro del centro comenzó a coordinar proyectos interdisciplinares, que unían los contenidos de una materia con los de otra y multiplicaban los resultados de aprendizaje de los estudiantes.

Una idea innovadora que, para Morata, “enriquece, porque juega con la emoción del alumnado que, desde el punto de vista de la neurociencia, es el pegamento del aprendizaje”. Un aprendizaje que el coordinador considera mucho más duradero, “porque los alumnos recrean, juegan y experimentan a través de metodologías activas, en vez de permanecer de forma pasiva como meros receptores de información”. Esto, para Juan Morata, implica diversos factores importantes, como el aumento de la motivación en las clases y, en consecuencia, la disminución de los comportamientos disruptivos. “No solamente aprenden más, sino que además se portan mejor”, asegura.

El IES Ramón y Cajal apuesta por la inclusión con sus aulas PCI

De los 35 proyectos que el instituto ha llevado ya a cabo, Morata es incapaz de escoger solo uno. Desde descubrir, mediante juegos motrices, por qué el propio Ramón y Cajal se llevó el premio Nobel, hasta conseguir salir de un escape room de la Generación del 27, pasando también por los duelos de “florete y pluma” entre Quevedo y Góngora que sumergió a los alumnos en el siglo de Oro español a través de la esgrima. También aprender, desde la técnica, la táctica y el reglamento del rugby, los acontecimientos históricos de Los Sitios de Zaragoza.

Para el coordinador de Innovación, “el juego es un gran conductor de aprendizajes y, la Educación Física, un excelente medio para aprender otras materias”. “A veces, en un instituto de secundaria, los muros entre departamentos suelen ser muy estancos”. Precisamente, uno de los primeros proyectos interdisciplinares que llevaron a cabo fue el de la caída del muro de Berlín, “que es la analogía que queríamos mostrar al claustro con esa metodología: tirar ese muro entre departamentos”, explica Morata.

Un buen día, haciendo limpieza en el Departamento, parte del profesorado se topó con una carta del Frente de Juventudes, en la que se instaba a un inspector de Educación a acudir al centro -que, en aquel momento, era un colegio de primaria- para evaluar su técnica en unas jornadas con carácter de exhibición. Esta anécdota les bastó para querer “tirar de hilo”, algo que continúan haciendo a día de hoy en el proyecto Hipatia junto a la Universidad de Zaragoza.

Con este proyecto innovador, “los alumnos han experimentado las actividades del Frente de Juventudes y su carácter exageradamente machista, así como lo que ocurría entonces con las personas que no entraban dentro de un canon, como las discapacitadas”, asegura Morata. Todo ello, explica el coordinador, “desde un punto de vista muy crítico, sin hacer apologías”. Las materias de Música e Historia, con la búsqueda de canciones de los bandos republicano y nacional, y el análisis de los fascismos, se han sumado también al proyecto, y así “los estudiantes han podido apreciar desde una perspectiva socio, político, militar, histórico geográfica, de dónde viene la actual Educación Física”, concluye Morata.

Lavandería y textiles, Fabricación y Montaje, y Agrojardinería y arreglos florales son las tres familias del PCI del Ramón y Cajal

Observatorio de la convivencia: la importancia de la prevención

La suma de igualdad de oportunidades e innovación en el IES Ramón y Cajal abrió la veda para comenzar a cuidar también la convivencia, algo que desde 2014 el centro pone en práctica con su programa de Mediación y Prevención del acoso escolar y el Observatorio de la Convivencia. Este proyecto de ayuda entre iguales implica a los alumnos: “En cada aula votan a dos o tres compañeros que se encargan de procurar que haya buen ambiente en las clases”, explica el responsable del programa de convivencia, Alberto Martínez.

La observación de estos “alumnos ayudantes” permite prevenir notablemente el acoso escolar. Una vez al mes, estos compañeros se reúnen con un profesor coordinador para trasladarle sus inquietudes sobre lo que han observado y se actúa de acuerdo a ello. “Gran parte de su tarea es invisible, pero ayuda enormemente, actúan como una red de prevención previa a los conflictos”, subraya Martínez.

En esta convivencia participan también los alumnos con discapacidad intelectual del PCI, algo que no sucede en ningún otro centro nacional de educación secundaria. “Hay que destacar que la convivencia es una labor de equipo, de toda la comunidad educativa”, manifiesta el responsable. “Es una buena labor para crear ciudadanos. Para que, cuando sean adultos, afronten los conflictos de otra manera, sin violencia, sin agresividad”, comenta.

Por otra parte, el centro procura que el alumnado sea libre de expresarse libremente en todos los sentidos: “Queremos que se sientan bien y que expresen su sexualidad con libertad si así lo desean”, declara Martínez en apoyo a la diversidad sexual.

Muestra de la diversidad y la equidad es también el Programa de Integración de Espacios Escolares (PIEE). A cargo del educador Miguel Frías, el propósito de este programa no es otro que proporcionar recursos para contribuir a la mejora continua de la calidad de la educación, favoreciendo la participación y el progreso en los aprendizajes de todos los estudiantes.

120 alumnos del instituto -tanto de la ESO y Bachillerato como del PCI- están inscritos en el PIEE, donde acuden por las tardes a participar en diferentes actividades extraescolares o simplemente a pasar juntos las últimas horas del día. Voleibol, K-pop o actuaciones de teatro pero también asambleas feministas y jornadas deportivas se fusionan en este programa que funciona como un centro de ocio o, en palabras de Frías, “un espacio para que las familias estén tranquilas de saber lo que sus hijos están haciendo”.

Todas estas actividades tienen en común que están centradas en la convivencia y en la integración, pero, sobre todo, confluyen en “la tolerancia cero a cualquier insulto o comentario racista o machista”, asegura Frías, que destaca que “lo bien que se llevan los chicos es digno de admirar”. Y, aunque la relación entre iguales es fundamental, el educador del PIEE recalca también otras intervenciones más individuales, “centradas en la educación emocional y en trabajar los sentimientos”.

El Premio Escuela del Año va acompañado de un plan de formación y experiencias en innovación educativa desarrollado por la Fundación, y también por la entrega de una escultura, en bronce con pátina de pizarra, del artista Juan Zamora (Premio FPdGi Artes y Letras 2017), que representa un libro abierto, lo que ilustra muy bien la filosofía de este centro, que recibe a cualquier alumno con las manos abiertas y que ha conseguido ya demostrar que la igualdad, la equidad y la innovación, sin duda, tienen premio.

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