Vicente Calatayud Maldonado / Catedrático Emérito. UNIZAR

Prostituciones

Vicente Calatayud

La prostitución es hoy objeto de ariscas discusiones y furtivos comentarios entre las distintas parcelas legislativas, y también, por supuesto, en el seno de los movimientos llamados feministas. Los debates no son nuevos. Todos aceptan ese concepto como «mantener relaciones sexuales con otras personas, a cambio de dinero».

Persisten las controversias acerca de los regímenes legislativos, que se mantienen similares a los de hace más de un milenio, como si los cambios sociales y culturales no hubieran alterado las relaciones prostibularias ni los modos de pensar, ejercer y practicar la prostitución.

Pero el diccionario académico define así prostituir: «Deshonrar, vender su empleo, autoridad, etc., abusando bajamente de ella por interés o por adulación» y también: «Hacer un uso deshonroso de un cargo, autoridad, etc., generalmente para obtener dinero u otro beneficio». Práctica que iguala o supera a la de la actividad sexual, frecuentemente incluida en el mismo paquete, sin cargo supletorio, como complemento a la traición y al ascenso ‘diplomático’ de categoría laboral o política».

Habitualmente, en los medios audiovisuales y escritos hay ambigüedades para tildar la prostitución con tachas racistas, sexistas, clasistas, fascistas o con calificativos focalizados solo en algunos actores o aspectos del mundo prostibulario de cualquier nivel. Además, el modo mismo de nombrar las prácticas y connotar a sus actores reproduce ideologías y posicionamientos políticos.

Una cosa está clara; en la forma de la prostitución no sexual no se reconoce la prostibular asimetría entre varones y mujeres, se pierde el goce subordinado, unos y otras reconocen la misma angustia, la misma necesidad y la misma autonomía de la otra persona, quien pone su poder (político económico, administrativo, cultural, deportivo, constitucional) al servicio del otro, con la finalidad de obtener beneficios personales familiares, administrativos o gubernamentales. Puede ello acompañarse de viajes gratis y de tributos a la sexualidad, transitorios o permanentes, así, la secuela será mas satisfactoria. Un caso tal sería de «biprostitucion político-sexual consensuada».

La prostitución política es un síntoma de un orden social injusto con instituciones que explotan económicamente mediante los impuestos a los ciudadanos, electores o no. Rechaza que el poder económico, del que hace uso indebido, sea la variable causal, al quedar sin identificar ni impugnar la cuantía de, por ejemplo, las coimas sobre las subvenciones a las entidades que prostituyen.

Se está promocionando la prostitución social como industria del político. Ello genera un proceso por el cual la política se constituye en mercancía. La prostitución es, por un lado, la forma más extrema y cristalizada de la explotación sexual; pero, también, la condición política y base de la subordinación de los ciudadanos, incluyendo la participación de diversas industrias relacionadas con empresas públicas e internacionales, aerolíneas, establecimientos, sex clubs, locales de juego y sedes diplomáticas. Puertas giratorias.

Contrastar estas situaciones, permite observar y distinguir diferentes formas de analizar esta cada vez mas frecuente temática, permitiendo localizar directamente las prácticas, así como múltiples y complejos contextos que constituyen el mundo prostibulario en todas sus vertientes.

En los últimos años, nuevas modas sociales, como las perspectivas «queer-políticas», muestran que, en medio de las diversas confrontaciones, parecen predominar las posturas proclives a conceptualizar la prostitución como doble trabajo político-sexual, aunque predominen posturas abolicionistas.

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