El barrio de Las Acacias, un lugar para chiflados (I)

Fotografía tomada desde la torre de “Vista Alegre” propiedad de Juan Salinas en el barrio de las Acacias, con la c/ Pradilla en el centro y el comienzo de Sainz de Varanda. Al fondo, a la derecha, emerge la cúpula de la iglesia de San Fernando entre la vegetación. Parece vislumbrarse el Cabezo Cortado. Los hotelitos retratados, hoy desaparecidos, como símbolo de una burguesía pujante. Fondos Coyne ca. 1906. AHPZ
Fotografía tomada desde la torre de “Vista Alegre” propiedad de Juan Salinas en el barrio de las Acacias, con la c/ Pradilla en el centro y el comienzo de Sainz de Varanda. Al fondo, a la derecha, emerge la cúpula de la iglesia de San Fernando entre la vegetación. Parece vislumbrarse el Cabezo Cortado. Los hotelitos retratados, hoy desaparecidos, como símbolo de una burguesía pujante. Fondos Coyne ca. 1906. AHPZ

A finales del siglo XIX, una serie de ciudadanos acomodados y burgueses se constituyeron como sociedad con el nombre de “La Amistad”, y entre sus muchas actividades, decidieron construir 150 viviendas de recreo, torres acondicionadas y saneadas, así como hotelitos coquetos y diferenciadores del resto de Zaragoza. El lugar elegido, “Las Acacias”, llamado así por el prolijo número de esta especie arbórea que inundaba una parte del adyacente y vecino barrio de Torrero, a las afueras de la ciudad en aquella época.

Tanto la dura raíz como el tronco de las acacias, la belleza amarilla del pompón de su floración, así como su altura y hermosura ornamental, las hacían ideales para el desapacible y ventoso clima de nuestra ciudad, por lo que debieron de hacer las delicias de aquellos que se dejaban caer por un paseo novedoso y llamativo que influyó en la decisión de construir una serie de villas, cada una de ellas con la impronta de sus moradores, rivalizando entre sí, y propiciando además, que a su alrededor se creara un nuevo barrio al que enseguida llegaron críticas y reproches siendo denostado por los más conservadores. Tal era el desprecio, que recibían en la prensa de la época el nombre de chiflados, a los que además acusaban de tener perverso gusto, porque muy loco había que estar para vivir en un lugar tan alejado sin la pertinente urbanización, cuando lugares mucho más céntricos como los terrenos de la ex huerta de Santa Engracia todavía se encontraban sin parcelar ni adecentar a pesar de su adquisición por parte del Ayuntamiento. Al consistorio le pasaba lo que a todas las corporaciones a lo largo de la historia, no tenía dineros en sus cajones para la alineación y rebajes de todas sus calles, por lo que permitía este tipo de edificaciones mientras no le supusiera un desembolso a corto plazo. De este modo, llegaron como decimos, hermosos hotelitos de una o varias plantas con sus terracitas y jardines, huertas y arbolado, que durante los meses de verano, en las fiestas de San Juan con sus hogueras improvisadas o para la Virgen de la Asunción en agosto con sus fuegos artificiales, se llenaban de invitados ocasionales que adornaban e inundaban las calles que iban apareciendo a medida que las casas ocupaban su lugar. Solía decirse que en aquellas casitas de campo como en la afamada del señor Soteras, oscurecía comiendo y amanecía bailando.

Inédito alzado del proyecto de casa de campo propiedad de Pablo Buil y Bayod bajo diseño de Luis de la Figuera en la entrada al barrio de las Acacias. Torrero. 1899. Desaparecida. AMZ
Inédito alzado del proyecto de casa de campo propiedad de Pablo Buil y Bayod bajo diseño de Luis de la Figuera en la entrada al barrio de las Acacias. Torrero. 1899. Desaparecida. AMZ

Apenas llegado 1891, el arquitecto Félix Navarro, había iniciado la edificación del modelo de casas de 1.000 pesetas, primera construcción del nuevo sistema denominado carpintería de ladrillo, solventando aparentemente, el problema de la adquisición de vivienda del obrero medio. Esto sucedía en el camino de las Alcachoferas (por razones obvias como en el caso de las acacias, se llamaba así), actual calle de María Moliner; dando la oportunidad de adquirir una modernísima casita a precios asequibles y que constaba de dos plantas con jardín con todas las comodidades a las que pudiera aspirar en cuanto a higiene y bienestar. Cada una de ellas contenía en su piso bajo “una sala bastante capaz, cocina y despensa y en su piso alto dos departamentos, que en su totalidad pueden dar cabida á un matrimonio con cuatro ó cinco hijos, Las cocinas se hallan dotadas, además del fogón para leña, de una cocinilla económica de tan buenos resultados, que su inventor el conocido industrial, señor Juderías, ha sido también objeto de plácemes. Dichas cocinillas originan solamente un gasto diario de cinco céntimos. Es el súmmum de la economía. Los retretes, colocados en el exterior del edificio, merced á un aparato tan ingenioso como sencillo, son totalmente inodoros y lejos de proporcionar gasto alguno en su limpieza resultan reproductivos.”

Será el mismo arquitecto, Félix Navarro, quien diseñe el trazado del nuevo barrio y algunos de estos hotelitos que en “Las Acacias” inicien su andadura a continuación. Si bien el modelo tendrá similitudes, la realidad demostrará que los inquilinos de estas nuevas construcciones poco tendrán que ver en general, con lo levantado para los titulares de los primeros. Será en agosto de 1891 cuando el propio arquitecto invite a los inscritos en la sociedad “La Amistad” para que vean de primera mano lo construido e inicien de este modo el nuevo modelo residencial. A priori, se preveía como hemos dicho con anterioridad, la construcción de 150 viviendas.

En 1896, Lorenzo Baró, presidente de la citada sociedad y representante del novísimo barrio de titularidad particular; solicitaría a la corporación municipal la alineación, desmonte y rebaje del antiguo Camino de Torrero por la Subida de Cuéllar hasta nivelarlo para favorecer un mejor paso por el antiguo de tranvías, desde la subida, denominada popularmente entonces como “paseo de coches” hasta el conocido “Merendero de Chueca”. Dicho rebaje y alineación debió esperar un poco aún ya que el Ayuntamiento andaba dilucidando por esas fechas la construcción del nuevo Puente de América y la resolución de algunas reclamaciones vecinales que mantenían en vilo a los nuevos residentes de las Acacias, sin olvidar que la Junta del Canal imperial ostentaba determinados derechos sobre el camino y debía contar con su aprobación.

De ese mismo año, 1896, es también la denominación de la calle Simón Sainz de Varanda en agradecimiento por su interés en el embellecimiento del barrio de Torrero cuando este dirigió la alcaldía durante los años 1883-1884 y 1885-1890. El que fuera además Gobernador interino de la ciudad, recibía el honor de ostentar su nombre en el nomenclátor de las calles de Zaragoza, que sigue vigente a día de hoy, propuesta por los propietarios del barrio privado.

Reforma de ampliación realizada por Félix Navarro en 1906 de la Torre “Vista Alegre” sobre la original de planta baja edificada en 1894, sita en la Subida de Cuéllar, en la esquina con la calle de su mismo nombre. Barrio de las Acacias, Torrero. Desaparecida. AMZ
Reforma de ampliación realizada por Félix Navarro en 1906 de la Torre “Vista Alegre” sobre la original de planta baja edificada en 1894, sita en la Subida de Cuéllar, en la esquina con la calle de su mismo nombre. Barrio de las Acacias, Torrero. Desaparecida. AMZ

Como propiedad particular que era, constaba de un cercado y su propia cadena de paso que permanecía cerrada durante las noches, siendo vigilada por su propio rondador, aunque los guardas municipales de arboledas (Policía rural) se paseaban igualmente para dar buena cuenta de la conservación de las mismas durante el día.

Un año más tarde y tras interminables plenos municipales llegaba la mitad del dinero necesario de la mano del alcalde Ladislao Goizueta y Díaz, para el desmonte del Camino de Torrero y la compensación a la sociedad de Tranvías de Zaragoza por la rectificación y recuperación del antiguo trazado.

Algunos de los inquilinos más ilustres del barrio de las Acacias fueron José Gascón, socio fundador de “La Amistad”; Mariano Aladrén, cuyos vecinos eran Miguel Bel a su izquierda y Tomás Bayod a su derecha; también Eduardo Portabella adquirió un terreno donde construyó su casa de recreo, cerca de donde en 1898 inauguraría la magnífica litografía e imprenta, en la actual plaza de Velázquez esquinera al paseo de Sagasta, por desgracia ambas desaparecidas; Juan Salinas levantaría en 1894 la maravillosa “Torre de Vista Alegre”, dando nombre a la calle en la que se ubicaba haciendo esquina con Cuéllar (avenida del Siglo XX) y que hoy en día perdura, la calle, no así la preciosa torre; otros ilustres vecinos fueron Vicente Monforte, Enrique Zoppetti, propietario del Hotel y del Gran café de Europa; Vicente Gasca, Jenaro Checa, Director del Canal Imperial de Aragón; Pablo Buil, quien mandaría construir en 1899 una de las torres de recreo más bellas que ha tenido esta ciudad, también engullida por la codicia y la ignorancia de un desarrollismo sesentero, voraz y cateto… aunque conviene destacar que algunos de ellos eran inquilinos de la zona antes del “boom” del denominado barrio de las Acacias, ya que sus hotelitos fueron edificados con anterioridad a la década de los 90 del siglo XIX.

De los acontecimientos más reseñables acaecidos en el nuevo barrio podemos destacar el eclipse que tuvo lugar el 28 de mayo de 1900, no es que tuviera lugar solamente en este barrio, como es de suponer, aunque desde la terraza del piso superior del hotelito del señor Buil, pudieron reunirse una serie de personalidades importantes para admirarlo e incluso estudiarlo, como Dionisio Casañal, ingeniero y geógrafo; Manuel Menéndez, doctor en Derecho y gran aficionado a la fotografía; Juan Pablo Soler, doctor en Ciencias y encargado del jardín botánico; así como otros notables de la época que debieron disfrutar de lo lindo con el evento.

Imagen tomada unos meses antes de la inauguración de la estatua de Pignatelli en el parque que lleva su nombre. Los vecinos del barrio de las Acacias contribuyeron monetariamente a su traslado desde la Glorieta de Pignatelli. Todavía no había sido instalada la verja que la rodeaba en la glorieta y los montículos acumulados sugieren obras de acondicionamiento. Verano de 1904. Colección Moncho García Coca
Imagen tomada unos meses antes de la inauguración de la estatua de Pignatelli en el parque que lleva su nombre. Los vecinos del barrio de las Acacias contribuyeron monetariamente a su traslado desde la Glorieta de Pignatelli. Todavía no había sido instalada la verja que la rodeaba en la glorieta y los montículos acumulados sugieren obras de acondicionamiento. Verano de 1904. Colección Moncho García Coca

Otros acontecimientos importantes y destacados fueron la inauguración, el sábado 11 de enero de 1902, de la fábrica de cervezas, hielo y malta, “La Zaragozana”, en el Camino de las Alcachoferas, propiedad de Ladislao Goizueta (el que fuera alcalde de la ciudad entre 1896-1897); o la inauguración de la pequeña capilla de Nuestra Señora del Amor Hermoso en 1903, financiada por los propios vecinos y feligreses de la barriada de las Acacias. Dicha parroquia fue reformada y ampliada en 1960, momento de su reinauguración, cuya entrada se realizaba por la calle Pradilla aunque estaba situada al final de la calle Sainz de Varanda. Fue en esta época cuando se añadieron unos jardines anexos y unos callejones a ambos lados sin uso, triplicando su espacio. En la actualidad se sitúa en la avenida de Tenor Fleta.

Destacar además, que en 1904 cuando se traslada desde la Glorieta de Pignatelli, actual plaza de Aragón, la estatua de don Ramón al parque que lleva su nombre; los insignes vecinos del barrio de las Acacias contribuyeron económicamente a ello como la propia sociedad “La Amistad” con 250 pesetas; “La Regeneración” con la misma cantidad, la sociedad de Tranvías con 150, Melchor Camón, 125 pesetas; Eduardo Portabella y Juan Salinas idéntica cuantía, José Gascón, 25; Lorenzo Medana, 15; Serafín Cuber, 10; y así un buen nutrido número de vecinos que se vieron favorecidos con un espacio verde tan necesario para el esparcimiento y el ocio de la ciudadanía, hasta ese momento, sin parques públicos en Zaragoza aunque resulte increíble.

Claro que no todo el mundo estaba de acuerdo con una actuación de este calibre, el desmonte de los terrenos que serían destinados al primer parque de la ciudad. Luis de la Figuera, profesor de la Escuela de Bellas Artes, arquitecto y restaurador de monumentos nacionales; bramaba en un artículo publicado en prensa, en 1900, por la actuación del Ayuntamiento en este asunto, siendo que los vecinos de las Acacias se habían construido sus casas en terrenos de cierta altitud para beneficiarse de la higiénica y acomodada situación de sus viviendas, no comprendía la tropelía que suponía desnaturalizar el entorno a golpe de pico y pala, sin tener en cuenta que podrían emplear esos desniveles para la construcción de cascadas, terrazas y balaustradas con artísticas escalinatas haciendo zigzag; cargando además contra la sociedad de Tranvías, única, a su juicio, beneficiaria de la extracción de las gravas dejando una pendiente más suave y cómoda en subida. Recordemos que hasta octubre de 1902 no se electrifica la línea de Torrero que hasta ese momento funcionaba con coches tirados por mulas. La propuesta de La Figuera pasaba por realizar un túnel para que este medio de transporte atravesara los férreos terrenos sin destruir los montículos. Ya sabemos que eso no llegó a darse, y el barrio de las Acacias, al igual que el parque siguió por otro camino, pero eso es otra historia y la contaremos más adelante…

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Fotografía tomada desde la torre de “Vista Alegre” propiedad de Juan Salinas en el barrio de las Acacias, con la c/ Pradilla en el centro y el comienzo de Sainz de Varanda. Al fondo, a la derecha, emerge la cúpula de la iglesia de San Fernando entre la vegetación. Parece vislumbrarse el Cabezo Cortado. Los hotelitos retratados, hoy desaparecidos, como símbolo de una burguesía pujante. Fondos Coyne ca. 1906. AHPZ