Luis Iribarren Betés / Licenciado en Derecho

Ucrania o la confirmación de la tiranía de los fanatismos

Luis Iribarren

En la vida parece que todo se nos obliga que se quede corto.

Es una cuestión de márquetin. Debe pasarse de la tienda de campaña para dos a otra con avance para terminar por invertir en una furgoneta camperizada más cara que un piso, combustible aparte, y luego ya cromarla o llenar todo de brilli-brilli.

Como sucede con el fútbol y sus emociones, los obscenos fichajes para mover el dinero, cualquier artículo que se escriba sobre la invasión de Ucrania no prescribe sino que es acumulativo porque Putin lo deja inmediatamente corto.

Que si preparó la escalada (cualquiera que hayáis leído el “Limónov” de Carrère ya lo sentisteis hace diez años), que si se ha sentido estrangulada Rusia, que si de un lado y de otro oligarcas y presidente judíos –a lo que debe añadirse que casi toda la clase dirigente de Israel es de Galitzia y Ucraína Occidental- no acaban de entenderse en ningún terreno neutral.

Estoy releyendo toda mi amada literatura centroeuropea que bordea o afronta de cara la “cuestión judía”, las limpiezas étnicas que se invocan porque los Registros de la Propiedad se quieren actualizar con inscripciones primeras por los delincuentes de unos y otros lados. A costa de quien abandone, tema o, simplemente, deje de pensar en que exista ninguna seguridad jurídica ni se vayan a respetar, por hundimiento de las sociedades de naciones, sus derechos fundamentales.

Se me recuerda en ocasiones que las imágenes de la población que huye de Ucrania, los civiles, en esa estación de Canfranc polaca de frontera que se parece más al paso de Portbou, no son comparables a las espantadas cotidianas de la población africana, o la de gran parte de la de Siria, antes la de Kurdistán, siempre las de Armenia o Georgia y, hay que subrayarlo, la de la cuarta parte de la población nicaragüense o venezolana que vemos todos los días.

Pero precisamente que territorios que han padecido gobiernos de todos los signos en el remoto este europeo, con una población en casi su totalidad escolarizada y educada, que vive en la tierra negra de las obras de teatro de Chéjov, como ya pasó en los Balcanes, sucumba a consignas e interpretaciones televisivas, sea manipulada por todos con semejante facilidad, convierte a la crisis ucraniana en una molesta avanzadilla.

No ha servido la diplomacia como se refleja que no lo hizo con Hitler en las obras de Joseph Roth, Stefan Zweig, Edmund de Wall y tantos otros; que no sucedió tampoco en aquel imperio Austro-Húngaro por tantos arrasado por conveniencia y que se ha echado de menos como contrapoder político y poético a Alemania y Rusia. Ese sistema que dio ferrocarril y educación, no es lo de menos apellidos, a todo el oriente de su falso y blando imperio e impulsó el crecimiento de Odesa como puerto de salida del mejor cereal del mundo.

Recuerdo que en las obras de los años 80 sobre la Guerra Civil española, las de Pierre Vilar y tantos otros, se ponía sobre la mesa que en circunstancias de haber podido educar la República a una parte mayor de la población española del momento, se hubiera podido evitar la confrontación. Que buena parte de los integrantes del Tercio o CNT eran sanguinarios por analfabetos.

Se atribuye como mérito principal de Franco y la transición haber creado una clase media. La misma que la población de la URSS creía tener con acceso a servicios colectivizados y que en ambos ejemplos se ha perdido con la globalización, como en la América profunda del trumpismo financiado, al parecer, por los nuevos señores de la guerra.

Pues no, tenemos invasiones y conflicto en el momento de la historia de la humanidad en que los pantalones de los uniformes ya no pican, los drones podrían no matar humanos, Internet ha liderado la libertad planetaria de comunicaciones (principal fuente de negación de la de Putin de derechos) y se va a buscar a un franco tirador perfectamente educado de Canadá como nuevo “paco” al servicio de la recientemente consolidada nación ucraniana.

El acceso a la educación universal en Europa no se ha traducido en mayor dignidad para todos y el pensamiento propio y libertad individual son quimeras de refugio.

Dice Zweig -murió él mismo sin esperanza- que siempre se descubren tarde en la vida sus valores: la juventud, cuando la perdemos; la salud ni siquiera con ejemplos, cuando es a nosotros a quien abandona; y libertad, no cuando se nos pretende arrebatar sino cuando ya nos ha sido arrebatada. Hablaba glosando la vida del inclasificable clásico francés Michel de Montaigne en términos descaradamente vieneses y autobiográficos.

¿No vivíamos una edad de oro cibernética en que los humanos nos habíamos liberado de la esclavitud del trabajo y de las dictaduras, de que uno decidiera el futuro de cuatrocientos millones?

Cuando la investigación o el propio mercado, por encima de regímenes, ha vivido una edad de oro, no digamos en pasado que ha sido un placer vivir. Que la resistencia rusa no se venda en términos de religión, que todos hemos visto en la costa cómo se la saltan y no se la recetan a sí mismos.

Esta situación sí es mundial porque afecta a unas generaciones que en todos los frentes que al menos son tres del conflicto, China incluida, han disfrutado de becas Erasmus –o las han podido al menos solicitar como clase media- han leído, vibrado y padecido con más o menos recursos. Que, sobre todo, han viajado y por ende amado Kiev, y la bombardean desde el puto conocimiento no virtual.

No hay que animar mucho al fanatismo para que lo reviente todo con su bestialidad como se ha venido haciendo no solamente entre los eslavos del este, más que primos hermanos. Sino por todos y cada uno de los hijastros de la democracia que posan sonrientes con el amo de la cicuta, situación que no entiende de ideologías. Es ásperamente bolsonara la cosa.

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